OPINIóN
Comunidades del horror

Nueva frontera de violencia

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Santa Fe. Tiroteo en la escuela Nº 40 de San Cristóbal. | captura de pantalla

Hoy no alcanza con hablar de internet como una herramienta. Debemos entenderla como un ecosistema donde conviven el aprendizaje y el peligro extremo. Durante años pusimos el foco en el grooming, el bullying y, más recientemente, en la ludopatía infantil. Sin embargo, estamos asistiendo a una mutación mucho más oscura: la consolidación de las “comunidades del horror”. Los hechos recientes en San Cristóbal (Santa Fe), donde un adolescente de 15 años protagonizó un tiroteo en la Escuela N° 40 vinculado a la red internacional True Crime Community (TCC), confirman lo que venimos advirtiendo: estamos ante una nueva frontera de violencia digital.

Estos grupos, que operan en las sombras de foros y redes sociales, no son hechos aislados. Son el puerto de llegada de una cadena de violencias desatendidas. El proceso suele empezar en el patio del colegio con un bullying que hoy no termina al sonar el timbre, sino que se potencia 24/7 en el mundo digital. Ese chico o chica que sufre acoso y no encuentra refugio en el mundo analógico, se vuelve el blanco perfecto para el grooming o para el reclutamiento en redes de odio.

Es ahí donde aparecen las comunidades que reivindican masacres o crímenes reales (como la True Crime Community). En estos espacios, la vulnerabilidad del adolescente es capitalizada por adultos o pares radicalizados que transforman el dolor en resentimiento y la soledad en violencia. El menor, muchas veces afectado también por la ansiedad que genera la ludopatía digital –ese consumo problemático de apuestas que desregula sus emociones–, encuentra en estas comunidades un sentido de “pertenencia” que el Estado, la escuela y/o la familia dejó vacante.

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Otros ejemplos de llegar tarde lo vemos en casos de bullying grave o suicidios adolescentes. El caso de la Escuela Secundaria N° 38 de Mar del Plata es una muestra brutal de esta desidia. Un alumno de 14 años terminó internado con fracturas en el rostro tras ser atacado en el aula con un banco. No fue un “hecho aislado”; fue la consecuencia de protocolos que no se aplican y de una mirada que prefiere ignorar la agresión temprana antes que escale. Cuando el sistema no interviene a tiempo ante el bullying, el resultado es la tragedia física o, peor aún, el suicidio, como el doloroso caso ocurrido en Merlo, que nos recuerda que la falta de acompañamiento institucional es letal.

Prevenir el bullying garantizando una sana convivencia escolar, así como diversos riesgos virtuales promoviendo el uso responsable de las nuevas tecnologías, es en última instancia, evitar que nuestros jóvenes caigan en estos abismos de horror que prometen una identidad falsa a cambio de su salud mental o de la seguridad de terceros. La alfabetización digital es la urgencia de nuestro tiempo; es la única forma que la tecnología sea un puente y no una trampa. Para ello, el Estado debe ponerse los pantalones para con los pibes y las familias: aplicar la mano justa (ni blanda ni dura), sino la necesaria para prevenir y asistir, así como para hacer valer las responsabilidades ante la tragedia.

Es momento que desde toda la sociedad nos hartemos de seguir llegando tarde. Debemos entender que, si un chico se aísla, se vuelve agresivo, si sus consumos cambian drásticamente hacia estéticas violentas o si se sumerge en el mundo de las apuestas online, estamos ante un grito de auxilio. Familia, escuela y Estado deben estar ahí para acompañarlo.

*Abogado y docente especialista en problemáticas digitales. Colaborador de Fundación Lea y Fundación Metropolitana.