OPINIóN
Segunda vuelta

Imitar a Milei perjudicaría a Brasil

La caída de los salarios reales, el aumento del desempleo y las dificultades para sostener la desinflación ponen en cuestión el modelo económico que el bolsonarismo propone replicar en Brasil.

Javier Milei y Flávio Bolsonaro 05102026
Javier Milei y Flávio Bolsonaro. | X @BolsonaroSP

Las elecciones presidenciales de Brasil van rumbo a una segunda vuelta: Flávio Bolsonaro —hijo del desacreditado expresidente Jair Bolsonaro—superó en la primera vuelta al actual presidente Luiz Inácio Lula da Silva, pero ninguno de ellos obtuvo la mayoría necesaria para ganar en esa instancia.

Los bolsonaristas promueven el programa económico del presidente argentino Javier Milei como modelo para Brasil, pero olvidan las circunstancias en que Milei llegó al poder y los resultados de sus políticas.

Cuando los argentinos eligieron a Milei, el problema más acuciante de Argentina era la inflación, del 211 % en 2023. La inflación brasileña, por el contrario, se sitúa en torno al 4,2 %, aunque las tasas de interés extremadamente elevadas están agravando las presiones fiscales. El mandato inmediato en materia de política económica para el Gobierno de Brasil es aumentar el ingreso real de los trabajadores y crear puestos de trabajo de mejor calidad, además de reducir las tasas de interés lo suficiente como para estabilizar la relación entre deuda y PBI, y dejar margen para un aumento sostenido de la inversión (lo que ampliaría su capacidad productiva y le permitiría mantener o acelerar el crecimiento sin impulsar la inflación).

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¿Qué hizo realmente Milei? Su programa económico se basó en tres pilares; el primero era la rápida eliminación del déficit fiscal primario, para terminar con el financiamiento inflacionario del Tesoro por parte del banco central. Esto se logró principalmente con un recorte del gasto en infraestructura pública, ciencia y universidades públicas, y permitiendo que la inflación erosionara el valor real de las jubilaciones y los salarios del sector público. El Gobierno redujo además los impuestos a los más ricos y ofreció generosas desgravaciones fiscales para las grandes inversiones, especialmente en los sectores de materias primas.

Un país con baja inflación como Brasil no puede imitar la estrategia de Milei de dejar que la inflación erosione el valor real del gasto público. A diferencia del caso argentino, la falta de margen fiscal brasileña no se debe al desequilibrio fiscal primario, sino, casi en su totalidad, al elevado costo del servicio de la deuda (que representa el 8 % del PBI).

Luego estaba el tipo de cambio, que el Gobierno aprovechó como arma principal contra la inflación; y, por último, la promesa de Milei de desmantelar el Estado mediante la reducción del gasto y una desregulación generalizada. Como suele ocurrir con Milei, la retórica superó con creces a la realidad.

Se suponía que estas políticas acabarían con la inflación; Milei prometió que «la inflación mensual empezaría con cero a mediados de 2026» (es decir, que caería por debajo del 1 %). Se suponía que, mientras tanto, la inversión se dispararía y lograría que «Argentina vuelva a ser grande»; ese eslogan se basa en un mito nostálgico, según el cual las exportaciones de cereales y carne vacuna de finales del siglo XIX la convirtieron en una potencia económica.

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Pero el Gobierno de Milei sobreestimó la velocidad con la que descendería la inflación y subestimó el daño que sus políticas infligirían a la economía y al mercado laboral. La inflación ha bajado, aunque dista de cero: la última tasa interanual es del 33,5 %... y es dudoso que el modelo actual de desinflación resulte sostenible a mediano plazo.

La inflación se redujo en parte gracias al fortalecimiento del tipo de cambio, respaldado a su vez con financiamiento externo (que incluye un nuevo préstamo del Fondo Monetario Internacional, obtenido sin amplio apoyo político). Si a ello se suma la cantidad récord que Argentina pidió prestada al FMI en 2018-2019, el país debe ahora 57.000 millones de dólares que no podrá devolver según el calendario actual, lo que la dejará dependiendo del Fondo durante muchos años.

Los argentinos han pagado un alto precio por el experimento de Milei: los salarios reales cayeron el 8 % desde que asumió el cargo; el desempleo aumentó del 5,7 % al 7,9 %; y el empleo informal también aumentó a medida que los trabajadores desplazados aceptaban empleos mal remunerados en el sector de servicios.

La caída del ingreso real llevó a que cada vez más hogares sufran dificultades para pagar sus deudas: la tasa de incumplimiento llegó a máximos históricos, el 12,8 % de los préstamos bancarios de los hogares está en mora, cuando hace un año era del 4,5 %. Estamos hablando de seis millones de argentinos, más de una cuarta parte de los prestatarios y, por lejos, el nivel más alto de hogares en dificultades financieras desde que el Banco Central comenzó a registrar esa estadística.

El consumo y la inversión también están cayendo: la inversión se redujo el 11,1 % interanual en el segundo trimestre, lo que no augura nada bueno para el futuro del país. Con el crédito real en rápida caída, el sector financiero se está contrayendo... y todo esto ocurre a pesar de unos términos de intercambio inusualmente favorables.

No es de extrañar, pues, que la economía haya comenzado a contraerse. El PBI se redujo el 0,6 % en el segundo trimestre y la actividad económica cayó el 2,9 % en julio con respecto al mes anterior, lo que llevó a JPMorgan a revisar a la baja sus previsiones de crecimiento para el país. Se prevé que el PBI se contraerá aún más en el tercer trimestre, lo que técnicamente dejará a la Argentina, a pesar de las promesas de Milei, en recesión.

La fragilidad del modelo de Milei quedó al descubierto en 2025 cuando Argentina sufrió dos corridas contra el peso. Ambas obligaron al Gobierno a solicitar rescates: durante la primera corrida, en abril de 2025, el FMI intervino con un nuevo préstamo de 20 000 millones de dólares, de los cuales ya desembolsó 15 000 millones; la segunda se produjo en las semanas previas a las elecciones legislativas de octubre de 2025, cuando el Tesoro de EE. UU. intervino para apuntalar el tipo de cambio.

Sin esos rescates externos, el peso se hubiera depreciado y la inflación hubiera vuelto a subir. Fueron intervenciones costosas tanto en términos de nuevos compromisos financieros externos como de política exterior. Ahora que depende del apoyo estadounidense para evitar que la inflación se dispare, Argentina se ha convertido, de hecho, en un Estado cliente de Estados Unidos (país que, bajo la presidencia de Donald Trump, viene utilizando frecuentemente su poderío económico en favor de sus propios intereses sin tener en cuenta al derecho o las normas internacionales).

El experimento de Milei ha fracasado y el costo de su único éxito parcial, la reducción de la inflación, ha sido enorme: el sistema productivo de Argentina es más pobre, sus trabajadores tienen menos oportunidades y el sector público, aún más endeudado con el FMI que cuando Milei asumió el cargo, depende peligrosamente del apoyo externo para mantener a flote la moneda.

Brasil no ha recurrido al FMI desde que liquidó íntegramente su deuda en 2005, esto le ha brindado una considerable independencia económica, que haría bien en mantener y reforzar.

Brasil y Argentina son los dos miembros más grandes del Mercosur y, como tales, debieran aspirar a más de lo que ofrece el modelo de Milei. Las elecciones presidenciales de Brasil enfrentan dos futuros económicos muy diferentes: uno busca una economía más desarrollada con una base productiva diversificada, innovadora y más rica; el otro apunta hacia una mayor dependencia de las materias primas, un mercado interno en retroceso y a convertirse en Estado cliente de Estados Unidos. En la segunda vuelta entre Lula y Bolsonaro no solo está en juego la democracia de Brasil, sino también la prosperidad económica que tanto le costó conseguir.

Laura Carvalho es directora de Prosperidad Económica y Climática de las Open Society Foundations y profesora asociada de Economía de la Universidad de San Pablo. Martín Guzmán, exministro de Economía de Argentina, es profesor de la Escuela de Asuntos Internacionales y Públicos de la Universidad de Columbia y miembro de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales y de la Comisión del Jubileo del Vaticano. Joseph E. Stiglitz, premio nobel de Economía, fue economista jefe del Banco Mundial y presidente del Consejo de Asesores Económicos del presidente de Estados Unidos. Es profesor de la Universidad de Columbia y su libro más reciente es The Road to Freedom: Economics and the Good Society (W. W. Norton & Company, Allen Lane, 2024).

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