OPINIóN
Estilos e ideas

¿Kilómetro cero del cambio?

El triunfo peronista en Marcos Juárez tras 53 años prende alarmas en la Casa Rosada y deja una lección: la unidad define quién gana y quién pierde.

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El juego de la silla. | Pablo Temes

El triunfo del peronismo en Marcos Juárez después de 53 años enciende alarmas para la Casa Rosada. No por su tamaño demográfico sino por su peso simbólico: se trata de un bastión histórico del antiperonismo cordobés, cuna del radicalismo local, que durante más de medio siglo le había sido esquivo al justicialismo.

La lección fue clara: el sector que se une, gana, mientras que el que se divide, pierde. Mientras que el oficialismo buscará afianzar su lugar como tal, por el lado del polo opositor el kirchnerismo y el no peronismo saben que hay luz al final del túnel si aplican pragmatismo político. La pregunta que empieza a circular en los despachos de ambos espacios es la misma: ¿alcanza con leer bien el resultado, o hace falta además tener la voluntad política de actuar en consecuencia?

De la lección ya tomaron nota dirigentes como Mauricio Macri, que conoce muy bien la localidad cordobesa al ser el principio de una consolidación de liderazgo nacional en 2014 que lo llevó a la presidencia. Aquel Marcos Juárez de hace más de una década funcionó como laboratorio de una estrategia que después se replicó a escala nacional. Si bien persiste su doble juego, el del apoyo al gobierno vía el tándem Ritondo-Santilli y el de un costado más crítico de la mano de Hernán Lacunza, todo indicaría que el primero se terminaría imponiendo. Si bien sabe que tiene una pequeña capacidad de daño a Milei, el temor por la vuelta del peronismo/kirchnerismo lo terminaría marcando, tal como ocurrió en cada bifurcación relevante de los últimos dos años.

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Uno de los protagonistas del triunfo del domingo fue Sergio Massa. Desde las tinieblas, lejos de los micrófonos y de la primera línea que ocupó hasta hace poco, se encargó de unir a todas las expresiones locales y provinciales del peronismo cordobés. Comprendió que con la unidad electoral los resultados llegan, incluso en un terreno tan hostil como el cordobés para el justicialismo. A diferencia de otros dirigentes de su espacio, no solo muestra señales de que se puede sino que él se encarga de que se pueda, dato no menor de cara a sus ganas de revancha. Es una forma de reconstrucción silenciosa, hecha de gestos y llamados telefónicos antes que de discursos.

¿Y el resto de las fuerzas políticas? Karina Milei y Diego Santilli trazan la línea de ruta oficialista a partir de un único y gran objetivo: conseguir la reelección de Milei. Saben que hacerlo en primera vuelta es casi imposible, y que al momento hay un escenario de empate técnico en un eventual balotaje. Frente a esta incertidumbre, el plan toma claridad. A los gobernadores aliados, todo. Mientras que donde no hay gobierno propio, se buscará alianza con sectores afines en la ya quemada bandera del cambio (término que por cierto emplean todos los esquemas opositores desde el regreso de la democracia, cada uno con su propio significado y con resultados dispares).

En el primer caso, frente a un escenario de desdoblamiento, seguramente se acordará no molestar los intereses de los mandatarios provinciales a cambio de apoyo de aparato en la elección nacional. Para el segundo caso, en términos de nuestro principal clivaje, se buscará liderar la bandera del antiperonismo, siendo el famoso riesgo “kuka” la carta de presentación. Unir todo detrás de esa bandera que es más anti que propia. Pero que aún reviste de capital político, principalmente para un elector que no está muy convencido con Milei, pero lo votaría con tal de que no vuelva el kirchnerismo. Ese votante, más que un converso, es un rehén de la polarización.

Desde el lado opositor, hay una posibilidad que no se debería descartar. Hay un 40% de la población que no estaría dispuesto a votar ni a LLA ni al PJ. La oposición no peronista –y a esta altura no populista– tiene la chance de capitalizarlo. Tiene que ser muy precisa, porque la ventana es muy justa. La evidencia favorece a la tendencia bipolar y a la resolución final entre dos opciones. Es por ello que debería aceitar los mecanismos para que, desde el hoy en día tercer lugar, se afine para ser la opción opositora en el balotaje. Para ello debería mostrar no solo que puede, sino que tiene con qué. Tiene que salir de las internas carnales y ponerse el traje de candidato con vocación de poder, algo que hasta ahora le costó incluso a sus dirigentes con mejor imagen.

Hay dirigentes de estos espacios que empiezan a dar señales de que lo comprenden. Ahí el desafío es reforzar y acordar, dos verbos que la política argentina suele conjugar mal. Insisto, con la mirada puesta en llegar a ser la opción competitiva del polo opositor que compita contra el oficialismo, y no simplemente en sumar bancas o gobernaciones sueltas sin proyección nacional.

¿Será el kilómetro cero para la oposición? Dependerá mucho de los reflejos oficialistas y de la astucia opositora. Marcos Juárez, ese punto en el mapa cordobés que hasta el domingo pasado parecía un dato de color, puede terminar siendo, con la distancia que da el tiempo, el lugar donde empezó a escribirse el capítulo siguiente.

* Analista político.