Durante las últimas cuatro décadas, estrategas y analistas internacionales advirtieron sobre un escenario capaz de desencadenar una nueva guerra global: un ataque directo a gran escala de Estados Unidos e Israel sobre Irán. Durante muchos años ese escenario fue tratado como una hipótesis extrema de los locos de la geopolítica contemporánea. Hoy dejó de ser así gracias a los locos de la real politik. El conflicto ha entrado en su segunda semana en el campo de batalla y comienza a poner a prueba uno de los últimos tabúes que sostenían el equilibrio internacional: el umbral nuclear.
A diferencia de lo ocurrido en Venezuela, donde la intervención norteamericana destinada a decapitar al régimen, poner en su lugar un gobierno afín y reorientar el flujo petrolero hacia el Norte fue, en términos militares, lo más parecido a una cacería de patos ciegos - y en términos políticos tuvo escasas repercusiones regionales-, el ataque a Irán es un punto de inflexión mucho más sensible.
Banalización nuclear
No se trata simplemente de un cambio de régimen o de la apropiación de la renta petrolera en la periferia del sistema, sino de una operación dirigida contra un actor regional con una importante capacidad militar, alianzas estratégicas con potencias nucleares y un lugar central en el equilibro energético y geopolítico de medio planeta. En ese contexto, cualquier escalada corre el riesgo de disparar dinámicas de confrontación mucho más amplias.
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La destrucción de la infraestructura petrolera que alimenta las grandes fábricas de China, por un lado, y proveedora de armamento barato a Rusia por otro, no será observada pasivamente por estas potencias que, lejos de cruzarse de brazos como señalan algunos ingenuos, tienen una activa participación en el conflicto, proveyendo a la República Islámica de información de inteligencia estratégica y tecnología militar. Como hace la OTAN con Ucrania.
Lo verdaderamente singular del momento actual no es, sin embargo, la intensidad o la asimetría del conflicto abierto, sino la ligereza con que muchos de los líderes mundiales actuales se refieren a sus posibles consecuencias.
Después de los campos de concentración, Hiroshima y Nagasaki, a partir de la segunda mitad del siglo XX, la política internacional estuvo organizada alrededor de un tabú implícito: las armas nucleares están ahí, pero su uso y proliferación quedaban al margen de la acción política aceptable.
Más allá de algunos roces propios de la Guerra Fría, ese tabú fue uno de los pilares invisibles de la estabilidad estratégica posterior a agosto de 1945. Hoy, sin embargo, ese límite parece diluirse gradualmente como el agua entre las manos. La posibilidad de dar otro paso y cruzar el umbral nuclear comienza a insinuarse en el lenguaje de la geopolítica.
En paralelo, la guerra mundial que parecía desarrollarse en cámara lenta –con la formación progresiva de bloques de poder que disputan territorios, recursos estratégicos y zonas de influencia al margen de toda legalidad internacional- podría comenzar a acelerarse vertiginosamente. Los conflictos en Ucrania, en torno a Taiwán o en los territorios palestinos ocupados por Israel forman parte de un mismo proceso de reconfiguración del orden global por la fuerza, como en los viejos tiempos.
Esos conflictos se venían desarrollando a través de guerras indirectas, colaboraciones solapadas al enemigo de mi enemigo, sanciones económicas, bloqueos y disputas diplomáticas, pero a medida que las potencias se involucran de forma más directa y activa, los bombazos dejan de ser tan “proxy” y empiezan a adquirir un carácter más frontal y contundente.
En este contexto deben leerse las recientes declaraciones de Dmitry Peskov, portavoz del Kremlin, quien afirmó que existían indicios de conversaciones entre Francia, Reino Unido y Ucrania para transferir tecnología nuclear en el marco del conflicto con Rusia. Tanto París como Londres negaron esas acusaciones y el Kremlin no presento más pruebas que su propia palabra. Sin embargo, en materia nuclear, la percepción y la persuasión estratégicas pueden ser tan decisivas como los hechos mismos. Si una potencia militar que se sienta sobre miles de ojivas nucleares se siente amenazada y cree que su adversario está cruzando ciertas líneas rojas, puede actuar en consecuencia, incluso si esa amenaza no es del todo real y la evidencia es ambigua o incompleta.
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El problema de fondo es que, en la medida que esas hipótesis comienzan a circular con naturalidad y fluidez en la agenda pública, el umbral nuclear deja de percibirse como una frontera infranqueable. Lo que flota en el aire ya no es la pregunta sobre si la humanidad puede evitar una guerra nuclear, sino cuánto tiempo más puede seguir posponiéndola. En ese desplazamiento casi imperceptible, se revela el verdadero signo de estos tiempos de guerra: la banalización del umbral nuclear.
Durante miles de años, los conflictos armados pudieron pensarse en términos relativamente claros: vencedores y vencidos. Con ciertos matices históricos, como las victorias pírricas, esas dos categorías organizaron las disputas entre Estados. Incluso, el orden jurídico internacional derivado de las dos Guerras Mundiales del siglo XX fue construido sobre la base de esa distinción.
Pero la proliferación de arsenales nucleares capaces de destruir el planeta 100 veces y la amenaza cada vez más irresponsable de usarlos, rompen esa lógica clásica: en una guerra que cruce ese umbral no podrá haber vencedores y vencidos, sino administradores de diferentes grados de aniquilación compartida. Si es que alguien queda vivo.
*Sociólogo / Consultor