OPINIóN
el rodrigazo

La crisis del tercer gobierno peronista y la cuenta regresiva del golpe del ‘76

Este 4 de junio se cumplieron 46 años del más brutal shock ortodoxo que haya sufrido la economía argentina, implementado por Celestino Rodrigo durante el gobierno de Isabel Perón.

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Protagonistas. Casildo Herrera y Lorenzo Miguel, que encabezaron la resistencia del sindicalismo ortodoxo que terminó por voltear tanto el plan económico como al “Brujo”. | afp / cedoc

El Rodrigazo del 4 de junio de 1975 fue un “golpe de timón” del gobierno de Isabel Perón con la intención de provocar un shock ortodoxo en una economía desbordada por la inflación galopante, la puja distributiva y las presiones cruzadas del sindicalismo y las entidades empresarias. Estos elementos, junto al poder militar, la violencia cruzada de la guerrilla y el terror paraestatal, completarían un cóctel explosivo en el país. 

Ese día de 1975 se cumplían, además, 32 años de la revolución militar del 4 de junio del 43, que fue cuna del peronismo, pero también del antiperonismo. Y días más tarde, el 16 de junio, el 20 aniversario de los bombardeos en Plaza de Mayo que precipitarían el golpe de Estado del 55 y la partida de Perón al exilio. Curiosas coincidencias de junios fatídicos. En este caso, la cuenta regresiva que culminaría el 24 de marzo de 1976 con la caída del tercer gobierno peronista y la instalación de la última dictadura. 

Estallan las tensiones. Con la aparición en escena de Celestino Rodrigo en el Ministerio de Economía y el anuncio de un plan de ajuste con un drástico incremento en el precio de los combustibles que se proyecta a todos los bienes y servicios, el país comienza a vivir una hiperinflación inédita. Las mesas paritarias seguían deliberando, a pesar de que su labor debía haber terminado en mayo. El frente de la protesta gremial estaba liderado por los metalúrgicos de la UOM y el sindicato de mecánicos Smata, que eran los principales gremios industriales.

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El 4 de junio, Rodrigo, un ingeniero que venía del equipo que secundaba a José López Rega en el Ministerio de Bienestar Social, anunciaba un paquete de medidas que trascendería bajo el célebre título de Rodrigazo. Buscaba salir del Pacto Social que habían firmado sindicalistas y empresarios con el gobierno en 1973, con el protagonismo del ministro José Ber Gelbard. El plan de shock determinaba brutales aumentos generales de tarifas: el gas aumentaba un 60%; la electricidad y el transporte colectivo, un 75%; el subte, un 150%; los segmentos de la canasta familiar, un 200%.

En tanto, los salarios de los trabajadores quedaban en un 38% promedio, que se había dispuesto para ser cobrado a fines de ese mes. Las paritarias, regidas por la Ley 14.250, se suspendían hasta nuevo aviso. El inspirador de las medidas era el economista Ricardo Zinn, secretario de Programación Económica, vinculado a José Alfredo Martinez de Hoz.

A pocas horas del anuncio de estas medidas, la reacción sindical no se hizo esperar. Las bases empujaron a la dirigencia a paralizar las actividades y movilizarse en los principales distritos industriales del país. En Córdoba y Santa Fe hubo paros de 48 horas de mecánicos y metalúrgicos. Se sumaron trabajadores del Gran Buenos Aires. Todos tenían un leit motiv: pedidos de aumento del 100%. Los partidos y agrupaciones de izquierda empujaban a una mayor confrontación, algunos al margen de las conducciones sindicales. Esta oposición frontal al plan económico se extendió a otras ramas industriales: papeleros, gráficos, alimentación, obreros del caucho y la construcción, entre otros rubros, hasta involucrar a los trabajadores estatales.

Los gremios dicen no. El 19 de junio, el ministro de Trabajo, Ricardo Otero, que había regresado de urgencia desde Ginebra, donde se realizaba la 60a Conferencia Internacional de la OIT, alcanzó en una reunión con empresarios y gremialistas un principio de acuerdo para reajustar salarios. El ministro Rodrigo, al tomar conocimiento, solicitó un decreto que fijara topes a los incrementos y no homologara cualquier acuerdo fuera de este marco. 

Posteriormente, Isabel mantuvo en Olivos una tensa reunión con la cúpula de la CGT. Con momentos de dramatismo, según trasciende luego. Después de escuchar al representante sindical, el vocero de la CGT Adalberto Winer –“Nuestro pedido, señora, es la homologación de la convención colectiva de trabajo: cumplir con la ley”–, Isabel sollozó y, ya repuesta, dijo que daría su respuesta al día siguiente. Fue negativa. 

La CGT tomó, entonces, una resolución drástica: la primera huelga general que se declaraba a un gobierno peronista. Se trataba de un paro general por 48 horas, el 27 y 28 de junio. Además, incluía otra medida excepcional para esta protesta que llegaba a los umbrales de la Casa de Gobierno: la marcha hacia la histórica Plaza que tantas veces había recibido a las columnas sindicales para apoyar al gobierno y a su líder, Juan Domingo Perón, de cuya muerte se cumplía un año el 1º de julio.

El primer día, decenas de miles de personas se reunieron en Plaza de Mayo reclamando la renuncia de Rodrigo y López Rega. La huelga se cumplió masivamente en la zona sur y oeste del Gran Buenos Aires. En la Capital, Córdoba, Santa Fe, Rosario, Mendoza, Bahía Blanca se paralizaron todas las actividades. También se acató el paro en ciudades donde anteriormente no se habían producido movimientos de fuerza ni manifestaciones obreras tan contundentes, como La Plata, Berisso, Mar del Plata, San Juan, Río Gallegos, Corrientes, Paraná y Catamarca.

Intrigas y censura. Estas medidas de fuerza, que abarcaron todo el país, estaban dirigidas a un solo objetivo: la salida de Rodrigo del gobierno, dejar sin efecto las medidas de shock anunciadas y la renuncia de López Rega, el poderoso ministro de Bienestar Social y secretario privado de la presidenta.

En el entorno presidencial cundía el marasmo. Las intrigas y especulaciones en los despachos oficiales estaban a la orden del día, en un clima social y político enrarecido y alterado por la violencia de las organizaciones armadas de izquierda y derecha, que provocaba decenas de muertes a diario. El encargado de la Secretaría de Prensa y Difusión de la Presidencia, José María Villone, que respondía a López Rega, imponía una censura informativa sobre los canales de televisión y radios. Los cronistas acreditados en la Casa de Gobierno fueron invitados a abandonarla. Allí se desarrolló una reunión de gabinete que contó con la presencia de Raúl Lastiri, el titular de Trabajo, Otero, quien renunció días después, y las cúpulas de la CGT y las 62 Organizaciones, lideradas por Casildo Herrera y Lorenzo Miguel respectivamente.

El poder sindical, frente a López Rega. Ante el agravamiento de la crisis, la CGT y las 62 Organizaciones habían resuelto el inmediato regreso al país de sus conducciones, que se encontraban en Ginebra participando de la Asamblea de la OIT. López Rega planteó la posibilidad de intervenir la CGT, idea que fue rechazada por el ministro del Interior, Alberto Rocamora. Poco después la señora de Perón, junto a su gabinete, recibió a los dirigentes de la CGT en la residencia de Olivos. Según los gremialistas presentes, la jefa de Estado estaba visiblemente nerviosa, sollozando en varias ocasiones, mientras señalaba su preocupación por el hecho de que la concentración en la Plaza de Mayo y su propio mensaje “habían llevado las cosas a un punto de muy difícil retorno”. 

La crónica periodística registró las peleas dentro del gabinete: un violento enfrentamiento se produjo el 27 de junio entre los ministros Otero y Rodrigo, mientras la presidenta estaba ausente. Otero anunció su dimisión el 29 de junio “por razones de salud”. Al día siguiente, Isabel anunció la anulación de las paritarias y un aumento del salario mínimo vital y móvil de $ 2 mil a $ 3.300 y, en un discurso, comparó al país con “un enfermo al que hay que operar para salvarle la vida”.

De inmediato, los plenarios de las 62 y de la CGT, luego de prolongadas deliberaciones, formularon abiertas críticas contra el ministro de Bienestar Social: para Miguel y Herreras, había “ciertos asesores de la Casa de Gobierno” que tienen carácter de “intrigantes”, mientras, en varias zonas fabriles se conformaban coordinadoras de base que empujaban la movilización.

Coincidieron, además, en la realización de un posible paro de 48 horas para el 7 y 8 de julio, en apoyo a Isabel pero en defensa del cumplimiento de los convenios colectivos de trabajo que habían sido anulados, y en repudio al “uso discrecional del poder que tiende a generar enfrentamientos sin precedentes en la historia de nuestro movimiento”. 

La suerte estaba echada: el “todo poderoso” José López Rega renunció el 11 de julio y abandonó el país subrepticiamente. Dos días después, renunciaron Rodrigo y Zinn. Habrá nuevos recambios en el gabinete, pero no alcanzaron para revertir la cuenta regresiva que ya se había iniciado para el gobierno de Isabel Perón, huérfano de liderazgo y sin rumbo cierto. López Rega solo retornará esposado tras la recuperación de la democracia, reclamado por la Justicia argentina y capturado por orden de Interpol en Estados Unidos, en julio de 1986, durante la gestión de Raúl Alfonsín. Procesado por asociación ilícita, secuestros y homicidios, por su actuación como organizador de la banda parapolicial conocida como Triple A, murió en prisión, esperando ser juzgado, el 9 de junio de 1989.

 

Las ideas de Celestino Rodrigo

S.S.G./F.B.

En un libro editado en 1973, Espíritu y revolución interior en la actual sociedad de masas (Cuadernos de Cultura Espiritual Nº 6), Celestino Rodrigo afirmaba que “la creciente presión de la sociedad de masas sobre el individuo, el incremento del poder anónimo de las organizaciones al servicio del bienestar material de una minoría y el debilitamiento de los valores fundamentales de la existencia en la mayoría han generado en millones de hombres un fenómeno de progresiva deshumanización asociado a un sentimiento de pérdida del ser, que se manifiesta como la nota dominante de la sociedad de nuestro tiempo”.

Quien pasaría a la historia por los turbulentos días que lo tuvieron como ministro de Economía resumía allí su concepción general de la vida. Se mostraba como enemigo del “consumo masivo”. La pequeña obra, un opúsculo de seis páginas, revela las ideas de este hombre, desconocido hasta el momento y que luego dio origen a uno de los más severos conflictos y crisis socioeconómicas de la Argentina contemporánea. Crítico de la “sociedad de masas”, no pretendía cambiar la sociedad ni modificar sus estructuras, sino “transformar el alma de cada ser humano”. Para eso, proponía “la armonía de valores humanos y divinos” y señalaba “los medios que posibilitan alcanzar la conciencia de ser”. Con estas ideas básicas y enredados relatos, Rodrigo alcanzará un protagonismo impensado que, en pocos días, precipitó el agravamiento de la crisis económica y fiscal que sufrió la Argentina y el clima de violencia armada que recorrió sus territorios. Fue una de las decisiones de la elite gobernante que abrieron el camino hacia la dictadura militar.

 

*Periodistas e historiadores. Colaboró con informes Vittorio Hugo Petri.

 


 

“Isabel, coraje, al brujo dale el raje” 

Carlos Ruckauf*

La decisión de Isabel Perón de salir del agotamiento del Pacto Económico y Social mediante el recurso de “sincerar las variables económicas” que le propusiera Jose López Rega desató una crisis monumental que iba a pasar a la historia como el Rodrigazo.

La suba de tarifas y servicios provocó la inmediata respuesta de las organizaciones sindicales y la discusión de nuevas condiciones salariales en convenciones colectivas de trabajo que no eran homologadas. La renuncia del ministro de Trabajo, Ricardo Otero, puso en su lugar a Cecilio Conditti, otro hombre de extracción sindical pero cooptado por el lopezreguismo.

Los principales dirigentes de la CGT y las 62 Organizaciones (Casildo Herrera y Lorenzo Miguel) estaban en las reuniones de Ginebra de la OIT y el malestar general llevó a una reunión en la Asociación Obrera Textil, donde la segunda línea de los sindicatos resolvió un paro y movilización para el 27 de junio “en apoyo a Isabel Perón y pidiendo la aprobación de las nuevas paritarias y la renuncia de Rodrigo”.

Decenas de miles de argentinos concurrimos a esa movilización que, poco a poco, tuvo una sola consigna: “Que llueva, que llueva, que muera López Rega”.

Luego del acto, los convocantes fuimos citados a Olivos por la presidenta. Allí nos recibió, junto a López Rega. Por supuesto que se negó a toda modificación y la sonrisa siniestra de Lopecito rubricó la reunión.

El movimiento obrero no se arredró y mantuvo sus reclamos. Las manifestaciones crecían ahora con la consigna “Isabel, coraje, al Brujo dale el raje”. Finalmente (luego de una grave falta de respeto de López Rega a la presidenta, el coronel Jorge Sosa Molina, jefe del Regimiento de Granaderos a Caballo, desarmó la peligrosa banda que rodeaba al ministro de Bienestar Social, que debió renunciar el 11 de julio. El 17 de julio hizo lo propio Celestino Rodrigo. Lo reemplazó Pedro José Bonanni.

*Ex vicepresidente de la Nación y ex canciller, fue ministro de Trabajo del gobierno de Isabel Perón, tras la renuncia de Rodrigo y la salida de López Rega. Tenía 31 años...