jueves 07 de julio de 2022
OPINIóN Deslegitimación

La derecha, la hegemonía y la falta de imaginación

04-06-2022 23:55

En un contexto global donde los extremismos de derecha crecen, no es casual que algo similar suceda en Argentina. A diferencia de la derecha tradicional, estos nuevos movimientos de extrema derecha aseguran que vienen a romper, más que a conservar, lo que ya existe. Aprovechan una suerte de vacío: uno de los principales problemas que muestran hoy la izquierda, el progresismo, o los movimientos nacional-populares es la falta de imaginación para crear nuevos proyectos o representaciones. Básicamente, la falta de audacia para buscar una alternativa a un sistema que, como dice Francisco, “ya no se aguanta”. Si bien esta frustración existía ya antes, la pandemia fue un catalizador que aceleró los procesos. Ningún oficialismo logró ganar una elección nacional en América Latina desde marzo de 2020. En los países latinoamericanos, quienes llegaron a la segunda vuelta o resultaron triunfadores ni siquiera pertenecen a un partido tradicional.

Las últimas dos elecciones importantes en la región fueron las de Chile y Colombia. En ambas, llegaron al ballottage dos hombres ajenos al establishment político. En ninguno de los dos ejemplos, el oficialismo se metió en la segunda vuelta. En Chile, la salida de la crisis fue por izquierda. Aún no está claro qué es lo que sucederá en el país cafetero; sin embargo, cualquiera de los dos candidatos rechaza de manera tajante el sistema político imperante desde finales de los años 50. La contracara de esto podría ser Brasil, donde se espera que el experimento bolsonarista finalmente concluya a manos de Lula Da Silva. Paradójicamente, o no, Washington hoy parece sentirse más cómodo ante un regreso del líder del PT, que con un Bolsonaro a quien consideran un Trump latinoamericano.

El fenómeno libertario en Argentina no es ajeno al resto del mundo y de la región. Con sus características propias, replica lo que sucede en otras partes del mundo. Los referentes internacionales de los libertarios son variopintos. Oscilan entre la extrema derecha populista, como Trump o Bolsonaro, y los neoliberales clásicos de la década de los 80. Tanto Reagan como Thatcher son referentes políticos ineludibles para los jóvenes más informados de este sector, que asegura ser la “nueva política”. La derecha tradicional-liberal local por momentos no sabe muy bien qué hacer con este fenómeno. Por un lado, reivindica gran parte de sus ideas pero, al mismo tiempo, se muestra incómoda, generando ruidos y rispideces hacia adentro de la coalición opositora de JxC. Las constantes diatribas de los principales referentes libertarios contra los radicales, a quienes señalan como socialistas, no ayudan.

La extrema derecha parece haber logrado construir algunas claves para su consolidación: un relato aglutinador, símbolos potentes y un aura de “rebeldía e incorrección” que atrae a los jóvenes. Incluso toman conceptos gramscianos, como el de la “batalla cultural”. Curiosamente, no dejan de ser características extremadamente populistas dentro de un movimiento cuya autopercibida razón de ser es combatir al populismo. La alt-right está edificando un nuevo “sentido común” que genera casi tantas adhesiones como alertas. No es la primera vez en la historia que movimientos extremistas buscan hegemonizar el debate.

Sin la construcción de Estados de bienestar eficientes para establecer políticas igualitarias que superen la lógica electoral, la política continuará su camino de deslegitimación. Francisco es uno de los principales enemigos de estos movimientos, quizá porque se anima a desarrollar una alternativa real, la cual “no es precisamente más individualismo, sino lo contrario, una política de fraternidad, arraigada en la vida del pueblo”. Es imprescindible recuperar la capacidad de llevar adelante proyectos políticos colectivos transformadores, con capacidad de solucionar problemas concretos. Aunque hoy parezca difícil siquiera imaginarlo, al decir de Mark Fisher: “Tenemos que inventar el futuro”.

*Becario doctoral del Conicet.