sábado 31 de julio de 2021
OPINIóN Columna
23-09-2020 11:13

Las cacerolas suenan distinto en Perú

El clima enrarecido se mantiene flotando en el aire, al igual que las hipótesis de una fallida conspiración. Así, la oposición ganó más repudio que adeptos.

23-09-2020 11:13

Sudamérica no logra vivir en armonía. Esta vez, el escenario del conflicto es Perú, un país sumido en tres crisis simultáneas, que le quitan oxígeno a su pueblo y derrumban todo tipo de expectativas. La pandemia de covid-19 que puso fin a muchas vidas, llegó a Lima escoltada de un huracán económico que se llevó empleos y oportunidades, y de un terremoto político-mediático que produjo inestabilidad y genera incertidumbre, a menos de un año de las elecciones presidenciales. Estos fenómenos dramáticos entrelazados, convulsionan la vida de las peruanas y los peruanos. En materia política, el deseo de destitución del presidente que suda la oposición, se encontró cara a cara con el respaldo popular al mandatario Martín Viscarra –un miembro del partido Peruanos Por el Kambio, que asumió la presidencia del país, después de formalizarse la renuncia de Pedro Kuczynski, de cuyo gobierno había sido primer vicepresidente–. 

Vizcarra evitó la destitución, pero sigue enfrentado con el Congreso

A Vizcarra, la oposición lo señaló públicamente por unas grabaciones que supuestamente demostrarían, que mintió sobre sus vínculos con el cantante Richard Swing, a quien se lo investiga por recursos económicos que recibió en virtud de contrataciones efectuadas por el Ministerio de Cultura. Ante esta acusación, el sonido de las cacerolas en la capital del país, logró neutralizar las voces acusatorias de la oposición en las calles. En el Perú real –no en el ciberespacio– la percepción de que los diputados de los partidos Acción Popular, Podemos Perú y Alianza para el Progreso quisieron usar un supuesto acto de corrupción para avanzar unos centímetros en las encuestas, y defender sus intereses por las leyes contra la corrupción y por la reforma universitariaque impulsa el gobierno, es mayoritaria. Y esta visión se afianzó, cuando el juicio político a Vizcarra naufragó, al ser rechazada la declaración de "incapacidad moral", en votación mayoritaria, el 18 de septiembre. Los votos en el Congreso evitaron la salida de Vizcarra. Quienes impulsaron con énfasis la vacancia presidencial, lograron 32 votos de los 87 que necesitaban para cumplir su objetivo. No obstante, estas situaciones siempre erosionan la legitimidad y dejan heridas, que habrá que ver cómo evolucionan en un presidente al que le quedan diez meses de mandato constitucional. El clima enrarecido se mantiene flotando en el aire, al igual que las hipótesis de una fallida conspiración. Esto hizo que la oposición ganara más repudio y desconfianza, que adeptos.}

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Ciertos medios, previo a la votación en el Congreso, publicaron notas sugiriendo que el trastabillar de Vizcarra se convertiría en caída. Pero en las calles, las cacerolas expresaron una posición diametralmente opuesta al ruido del cacerolazo de 2001 en Argentina –en el que pedían “que se vayan todos”– y a las manifestaciones actuales en varios países de América Latina, donde el ruido suele estar ligado a colectivos de personas que piden ruidosamente (con amplias dosis de odio y violencia verbal y gestual) la destitución de un mandatario, elegido por el voto popular. En Lima, los cacerolazos recientes expresaron otra cosa. Tal vez fueron consecuencia de un hartazgo generalizado, fruto de constantes interrupciones institucionales. Un sondeo de opinión pública de Ipsos Perú, revela que el 79 por ciento se expresó en contra de la vacancia presidencial. Atentos a este dato, y pensando en la carrera presidencial de 2021, líderes políticos como Keiko Fujimori –del partido Fuerza Popular– ordenaron a sus bancadas votar en contra del pedido de destitución de Vizcarra que habían apoyado días previos. Aparentemente, en la evaluación costo-beneficio, ir contra la voz mayoritaria del pueblo, no era una buena opción, ya que hubiera incrementado aún más el rechazo del electorado.

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Pero Vizcarra no debe confundir los votos oportunistas que frenaron su salida de la presidencia, con apoyo ante los cargos que pesan sobre él o con respaldo a su gobierno. Sobrevivir políticamente, a pesar de los embates de la oposición, no le otorgan motivos para celebrar. Los discursos en el Congreso cuestionaron duramente su gestión y solicitaron que se investiguen los hechos en los que se lo involucra.

Es cierto que, en las calles, las cacerolas limeñas no sonaron contra Vizcarra; sino que expresaron repudio contra quienes quisieron sacarlo del poder. La imagen negativa de los promotores de este proceso (muchos de ellos involucrados en casos de corrupción); el miedo a la inestabilidad que podría suscitar un cambio de gobierno en medio de la pandemia, el poco tiempo que resta para el fin del mandato, y las elecciones ya convocadas, pesaron fuertemente en la opinión pública peruana que se hizo oír.

Las cacerolas limeñas no sonaron contra Vizcarra; sino que expresaron repudio contra quienes quisieron sacarlo del poder.

 

El estudio de Ipsos Perú mencionado en párrafos anteriores, muestra también, que a pesar del cimbronazo que padeció Vizcarra, éste mantiene una aprobación del 57 por ciento (solamente 3 puntos menos que hace un mes). Este elevado apoyo comparado con el que tienen otros líderes políticos, puede ser un motivo suficiente para que varios opositores lo ubiquen en la cima de una lista de dirigentes a quienes desearían sacar de la ruta política. Es posible que esta movida de la oposición, haya obedecido más a una lucha de poder y posicionamiento electoral que a una férrea convicción de combatir la corrupción. Y no es un dato menor, que en una era en la que las fake news copan las redes, y los algoritmos son usados (no pocas veces) para manipular mediante mentiras que alimentan versiones que impactan en la sociedad, el caso peruano se presenta como una excepción a la regla. Las conjuraciones que reemplazaron a los debates políticos de los temas realmente importantes para el país, agotaron la paciencia del pueblo, y este pareciera ser el motor de los cacerolazos recientes.

Sucede que, en Perú, política y cárcel, parecieran ser componentes imposibles de escindir. La historia política moderna, del país donde dejaron sus valiosos legados los Incas, podría inspirar una novela repleta de traiciones, operaciones y turbios episodios. La presidencia de Pedro Kuczynski se desplomó por temas de corrupción. Alan García se quitó la vida cuando fueron a buscarlo para exigirle explicaciones por sus vinculaciones con la empresa Odebrecht. Ollanta Humala fue a la cárcel tras finalizar su mandato. Alejandro Toledo no retorna a su país, quizás porque las denuncias que pesan sobre sus hombros, podrían enviarlo a vivir entre rejas. Y Alberto Fujimori fue condenado por crímenes y secuestros. Muy lejos quedó la imagen de honorabilidad que se ganó Fernando Belaunde Terry, en sus dos mandatos como presidente (1963-1968 y 1980-1985), tanto en el plano interno como en el ámbito internacional –principalmente por su noble rol de mediador en la Guerra de Malvinas y por la ayuda brindada por Perú a la Argentina durante el conflicto bélico de 1982–.

En el Perú actual, al igual que en varias democracias contemporáneas, hay fuertes pujas de intereses, que suelen disfrazarse con banderas políticas y maquillarse con invocaciones a “causas patrióticas”, como la protección de la República y la democracia. Estos dos últimos conceptos tan importantes en los sistemas políticos sudamericanos, últimamente parecen ser excluyentes, porque hay personas que gruñen exigiendo el respeto a la República, pero que se rehúsan a oír y aceptar la voz de la democracia, es decir: los resultados de las urnas.

Así las cosas, es probable que, en Perú, las batallas entre el Ejecutivo y el Legislativo continúen en paralelo con la crisis sanitaria y los problemas económicos. Los problemas de legitimidad de la política, la disconformidad de la ciudadanía y las polarizaciones en auge, constituyen el nudo de los conflictos sociales.

Los analistas políticos deberán fijar la vista en el horizonte, en lo que vendrá. Y estudiar si las cacerolas que recientemente rechazaron el intento de interrupción del mandato presidencial, reproducen la misma melodía cuando se encuentren con nuevas olas de desestabilización, que seguramente vendrán.

 

*Analista internacional especializado en la Universidad Nacional de Defensa de Washington; director y profesor de Gestión de Gobierno en la Universidad de Belgrano.