miércoles 28 de septiembre de 2022
OPINIóN Columna de la USAL

Las relaciones internacionales en horas oscuras de tensión

El mundo de hoy está convulsionado. El sistema internacional muestra facetas cada vez más tendientes a una ruptura. Y las posturas parecen irreductibles.

07-09-2022 10:39

El mundo de hoy está convulsionado. El sistema internacional muestra facetas cada vez más tendientes a una ruptura. La heterogeneidad que supo caracterizar al sistema luego de 1945 muestra nuevamente su presencia. La política y los valores morales que moldean y le dan forma al sistema disienten cada vez más, lo que dificulta un acercamiento entre los actores. Las posturas parecen irreductibles.

La conflictividad pone en entredicho la existencia misma del sistema. Como bien señalaba Raymond Aron, el sistema internacional que nació luego de la guerra de los treinta años y que perduró hasta 1945 mostraba una conflictividad latente pero que no ponía en jaque la existencia misma del sistema porque los Estados obedecían a una misma concepción de la política. En contrapartida, el sistema originado en la guerra fría luego de la segunda guerra mundial y el actual, se caracterizan por una centralidad de la conflictividad, en donde los disensos sobre la concepción de la política y los valores contradictorios amenazan un quiebre del sistema. 

En un contexto signado por la heterogeneidad, la guerra se nos presenta como un fenómeno normal y legítimo en las relaciones internacionales como bien sostenía Carl Von Clausewitz, siendo la misma una continuación de la política por otros medios en un ecosistema internacional signado por la anarquía. Éste principio ordenador de las relaciones internacionales, nos conduce a sostener que la guerra se nos presenta como un medio a través del cual podemos recurrir para saldar disputas de intereses contrapuestos, a la vez que se manifiesta como un posible agente de transformación en la política internacional, ya que gran parte de los cambios se produjeron luego de conflictos armados.

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Ésta concepción antropológica sustentada sobre una visión pesimista nos guía sobre el rol acotado de los organismos internacionales, quienes deberían ser aquellos que ayuden a matizar o moldear conductas en pos de la construcción de ideas, valores e intereses comunes que permitan la articulación de los recursos de poder de los Estados y que éstos se puedan transformar en resultados concretos. Esta ausencia del proceso político internacional, que se lleva a cabo en el marco de los organismos, no sólo nos priva de una instancia de acercamiento para los intereses contrapuestos, sino que incrementa la incertidumbre, la cual marca el ritmo del sistema internacional al no poder predecir los resultados de los procesos políticos internacionales.

Como si fuese poco, éste último rasgo altera la percepción acerca del equilibrio de poder. ¿Dónde se encuentra un punto de equilibrio adecuado en un sistema internacional heterogéneo, incierto y anárquico? ¿Dónde encontramos esas fuerzas equilibradoras que le pueden traer estabilidad al sistema internacional?

Las respuestas no son sencillas a estos planteos. Hans Morgenthau sostenía que la incertidumbre en un entorno anárquico se acentúa en la medida en que se nos dificulta establecer con precisión los recursos de poder de los otros actores involucrados en la lucha por el poder. Ésta irrealidad nos conduce a un dilema de seguridad. Cómo cada unidad política debe garantizar su propia seguridad y no sabemos con precisión los recursos del otro actor, debemos incrementar nuestros propios recursos para garantizarnos un mínimo de error y de seguridad generando temor en el resto de los actores y que los mismos actúen de manera similar.

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Al equilibrio de poder en este contexto se le dificulta su accionar, ya que en un sistema anárquico y heterogéneo el balance se establece en la medida que hay valores compartidos en cuanto a la importancia que tiene la paz y la estabilidad del sistema, y claramente la heterogeneidad nos plantea una discrepancia entre los actores en relación a ese punto. Por lo tanto, es complejo que en estos términos podamos hablar de una sociedad internacional ya que la destrucción de una moral universal compartida trae aparejada como consecuencia la destrucción de la sociedad internacional, como bien decía Morgentahu apelando a la fórmula del reconocido historiador inglés Edward Carr. 

En este proceso de transición intersistémica donde nos encontramos con una reconfiguración del poder mundial, lo nuevo no aparece y lo viejo no perece y por ende la construcción de un nuevo orden se demora más de los previsto. Los cambios son graduales pero el gasto militar sigue en aumento como consecuencia de la conflictividad y las rivalidades geopolíticas.

La alta política (relaciones diplomáticas- estratégicas) vuelve a ocupar una centralidad en la agenda de seguridad internacional vinculada al uso del instrumento militar. La OTAN que veló por la seguridad internacional de sus miembros mediante un sistema de seguridad colectiva en el período de la guerra fría, estableció en la Cumbre de Madrid una nueva estrategia sustentada sobre la “disuasión y defensa, prevención y manejo de crisis y seguridad cooperativa”. En el mismo documento le puso nombre concreto a quienes son las amenazas: Rusia y China.

De esta manera, también está definiendo de alguna manera cuales son las regiones más trascendentales y sus intereses vitales y “los puntos fuertes” en materia de seguridad sobre los cuales desplegará su accionar. Una situación y una estrategia similar a la que plantea el prestigioso diplomático George Kennan luego de 1945 cuando proyectó el abandono de su concepto inicial de “perímetro defensivo” y la adopción de “los puntos fuertes” que se concentraban sobre Europa y Asía y la focalización sobre el control de los grandes centros industriales militares junto con las fuentes indispensables de materias primas y líneas de comunicación seguras. El rol de la tecnología militar era clave. Hoy los puntos fuertes son los mismos, la investigación y el desarrollo son factores clave en lo tecnológico que pueden mantener la asimetría. La OTAN es consciente de ello cuando en su estrategia plantea como elemento clave el fomento de la ventaja tecnológica brindando interoperabilidad para los miembros de la alianza. Estados Unidos será el garante. 

En esta transición intersistémica que estamos viviendo donde la configuración de un nuevo orden se demora, la heterogeneidad y la incertidumbre incrementan la conflictividad en un entorno anárquico donde el equilibrio de poder se resiste a funcionar y proporcionar estabilidad que es su función. Cabe preguntarnos ¿Lo nuevo es realmente nuevo y lo viejo realmente viejo? Quizás tan solo estemos cambiando una hegemonía por otra siendo un capítulo más para la historia…. 

*Gonzalo Salimena es Doctor en Relaciones Internacionales (USAL) y director de la Diplomatura en Seguridad Internacional (USAL).