miércoles 14 de abril del 2021
OPINIóN UNA PROPUESTA
10-01-2021 02:00

Los dos mayores desafíos de la Argentina: productividad e inclusión

Debemos cambiar discursos floridos por hechos novedosos conducentes al desarrollo y a menor pobreza y desigualdad. Se necesitan acuerdos básicos de todos los sectores.

Juan Llach*
10-01-2021 02:00

Desde hace varias décadas la economía política argentina ha oscilado entre promover un crecimiento basado en la productividad –a veces solo una reactivación– o, con mayor frecuencia, la inclusión centrada en un gasto público en crecimiento incesante, y a la larga insostenible, como se ve hoy mismo con el gasto previsional, entre otros. No preocupaba que tales políticas fueran sostenibles en el tiempo. Lo cierto es que productividad e inclusión se necesitan mutuamente, y de modo especial en la Argentina, que no ha crecido en la década que termina y declina hace varias décadas respecto de muchos países. 

El resultado de estas políticas, oscilantes y de eficacia decreciente para la Argentina, ha sido perder muchas posiciones en los indicadores de desarrollo y de crecimiento. Así, la magra inversión, de sólo el 13% del PIB, nos ubica en el puesto 170 sobre 184 países. Nuestro comercio exterior en proporción al PIB, es apenas 31%, relegándonos al puesto 163 sobre 170 países. En fin, el crecimiento anual per cápita entre 2000 y 2019 ha sido apenas 0,8% anual, menor al de 152 países sobre un total de 179. Sí, nos estamos cayendo dramáticamente del mapa global, pero, citando a Albert Hirschman, los más disconformes optan por irse (exit) -del país o de la arena política- y es insuficiente la reacción social o política (voice), lo que empeora la situación.

Pese a este panorama, no son muchos los que aceptan que, sin productividad, la inclusión no puede financiarse y, sin inclusión, la productividad no puede sostenerse ni social ni políticamente. Estas realidades nos movieron a iniciar el proyecto Productividad Inclusiva (PI) en el IAE-Business School y en la Facultad de Ciencias Empresariales (Universidad Austral), basándonos en trabajos académicos propios y ajenos y en un cuidadoso análisis de las políticas públicas vigentes y de las posibles.  

Para su realización, la PI requiere el siguiente tríptico. 1) Aumentar en calidad y cantidad la inversión en capital humano -educación, salud y vivienda y hábitat- y en capital físico; 2) crear de tal modo muchos empleos formales, con protagonismo del sector privado y 3) reducir así, drásticamente, la pobreza y la desigualdad.

La PI, o una propuesta análoga, debería ser el rumbo que, desde hace mucho tiempo, carece la Argentina. Las políticas públicas se centran en “la macro” de corto plazo (inflación, déficit fiscal, dólar, planes de ayuda y, a veces, reactivación), sin dudas imprescindible, pero no suficiente. No parece advertirse que el rumbo y “la macro corta” se necesitan y se potencian, mutuamente. Más aún, si el rumbo estuviera hoy claramente anunciado y comprometido, la Argentina podría crecer más que lo proyectado por el propio gobierno y se morigerarían significativamente las privaciones, sobre todo para los más necesitados, vinculadas a la imprescindible reducción del déficit fiscal. Esto es tan obvio que el hecho de que el gobierno lo omita, transcurrido ya más de un año de gestión, lleva a muchos inversores potenciales a pensar que podrían sobrevenir nuevos “vicentines” o intervencionismos dañinos para la inversión, el crecimiento y la inclusión. 

Por cierto, la tarea no es sólo un pendiente del gobierno, sino también de los trabajadores, de los empresarios y de sus asociaciones. Respecto de las empresas, hay estudios recientes, sobre todo de Nicholas Bloom (Princeton) que muestran el rol decisivo de la calidad de las prácticas de management, no sólo para las empresas (obvio) sino también para la PI. La Argentina tiene en esto muchas oportunidades de mejora. Según Bloom, está muy por debajo de los países más desarrollados, detrás también, pero bastante cerca, de Chile, España o China y levemente mejor que Brasil y, más claramente, también que India o Colombia.

Un muestreo no aleatorio realizado en noviembre pasado por el IAE, a 571 dueños o ejecutivos de empresas grandes, medianas y pequeñas, 80 % nacionales y 20% extranjeras, mostró resultados interesantes. Un 91% cree que la productividad es prioritaria o importante y 72% la mide sistemáticamente. La evidencia más alentadora es que el 85% cree posible aumentar la productividad por ocupado sin reducir el personal (68%), o aun aumentándolo (17%). En fin, 60% de los entrevistados cree posible la PI en la Argentina de hoy, aun con insuficiente apoyo oficial, y el 32% ha encarado en los últimos años un proyecto similar a la productividad inclusiva. Por cierto, esta evidencia está en vías de mejoras, con un muestreo aleatorio y con algunos estudios de casos (de los 300 que el proyecto PI tiene en carpeta). Pero ya se pueden destacar dos cosas. Hay “reservas” de PI en las empresas argentinas y, si el rumbo se aclarara podría haber un salto importante en la inversión. 

Por cierto, lograr un anclaje profundo de la PI o similares en la Argentina no es un cuento de hadas. Entre otras cosas, porque estas estrategias llevan bastante más de 4 años y por ello son imprescindibles acuerdos básicos entre los partidos políticos mayoritarios, los trabajadores y los empresarios. Sin ellos, la credibilidad será menor, y por lo tanto habrá menos PI, dado que se necesita mucha inversión y la incertidumbre es su enemiga. Subrayo que si se lograra un acuerdo tipo PI en este período de gobierno aumentaría sustancialmente la probabilidad del salto inversor, por inesperado. 

En cuanto a los acuerdos, hay que subrayar que varios países los lograron, en circunstancias tanto o más desafiantes que las de Argentina hoy, tales como España, Chile, Sudáfrica o Uruguay. Hace rato que llegó la hora de cambiar discursos floridos por hechos novedosos conducentes al desarrollo y a menor pobreza y desigualdad.

*Economista y sociólogo, IAE Business School y Facultad de Ciencias Empresariales (Universidad Austral).

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