30 nov 2020
OPINIóN |Columna
lunes 19 octubre, 2020

Invierno Sueco, René Descartes y el Psicoanálisis

De la zarza ardiente a la cura por sueños; del cogito, ergo sum a la revelación del diván.

Matías Wiszniewer*

René Descartes Foto: Cedoc Perfil
lunes 19 octubre, 2020

“Soy El que Soy”: tal el pronunciamiento de aquella Voz tras la zarza ardiente, cuando Moisés le pregunta, a Eso que le habla, cuál es Su Nombre.
Quienes leen la Torá en hebreo saben que tal traducción no es correcta (porque en hebreo no existe el verbo “ser” en tiempo presente), y que entonces, Eso o Ese, que en algún momento comenzó a ser aludido como “Dios”, en realidad le responde a Moisés que se llama “Seré lo que Seré”.
Las letras hebreas del verbo que da sentido a la mencionada sentencia, son las mismas que constituyen el Tetragrama impronunciable del Nombre de Dios en el texto bíblico. “Ser” es, en ese momento y por la eternidad del tiempo, una potestad divina.
La liberación de los esclavos liderados por Moisés –producida a continuación de esos fuegos narrados en el Libro del Éxodo– dio lugar, tras el pasaje por el Desierto y la recepción de la Ley, a la constitución del pueblo hebreo, o judío, o de los israelitas.
Ya bajo el Imperio Romano, un profeta judío radicalizado, de nombre Yoshúa o Jesús, generó una inmensa escisión en la comunidad de los hebreos. Y esa escisión –el cristianismo– terminó provocando, cuatro siglos después, la disolución del Imperio. La nueva era se llamó Edad Media, y la capital siguió siendo Roma. Pero el trono ya no fue ocupado por un César, sino por un Papa.

Freud produjo un malestar en la cultura que hoy sigue vigente

En abril del Año del Señor de 1521 cierto joven monje, cristiano y alemán, que acababa de ser excomulgado debido a sus despiadadas críticas contra el Papa, se presentó en la ciudad de Worms ante los delegados papales y la persona del nuevo Sacro Emperador: pretendieron que se arrepintiese y abjurase de todos sus escritos, pero él rechazó la orden con el argumento de que “mi conciencia es prisionera de la Palabra de Dios, y no puedo ni quiero revocar nada, porque que no es seguro ni correcto actuar contra la conciencia”. Momento clave: irrupción de la subjetividad en el mundo. Con Martín Lutero (tal el nombre del referido sacerdote, que produjo la más grave escisión de la Cristiandad occidental), el Ser empieza a compartir su morada: ya no habitará sólo en “la Palabra de Dios”, sino también en “mi conciencia”.
Neuburg, Alemania. Noche de San Martín, del 10 al 11 de noviembre de 1619, a orillas del Danubio. Un René Descartes de 23 años se aleja del jolgorio callejero, se encierra en su habitación –junto al fuego de una gran estufa–, se queda dormido y sueña. Sueña que el Espíritu de la Verdad le dicta el camino a seguir en la vida. Después, inspirado en aquella visión juvenil, Descartes escribiría su obra, y en las Meditaciones Metafísicas, luego de poner en duda la totalidad de sus saberes (sobre el mundo y sobre sí mismo), arribará a la certeza: “Yo soy, yo existo”.

Psicoanálisis: polémica por su uso en política

Descartes profundizaría así la senda iniciada por Lutero, mientras un contemporáneo inglés, William Shakespeare, a través de Hamlet, se preguntará a sí mismo en un devaneo sin Dios: “¿ser, o no ser?”.
Pero si todo cambia, también todo retorna. Sigmund Freud necesitó regresar al lugar donde iniciamos esta columna: su última gran obra fue Moisés y la religión monoteísta. Y Jacques Lacan –que gustaba afirmarse como responsable del “retorno a Freud”– dijo en el Seminario XI que “el modo de proceder de Freud es cartesiano”. El psicoanalista argentino Rolando Karothy, siguiendo a Lacan, escribe que, “sin el acto del cogito” emprendido por Descartes, nunca se hubiera podido fundar el psicoanálisis.
Durante el largo viaje de investigación y reflexiones que me llevó a la escritura de Invierno sueco, el último viaje de René Descartes, yo, que no soy psicoanalista pero sí practicante, lector y admirador del psicoanálisis, fui arribando a la idea de que, del mismo modo en que Lutero y Descartes vieron la eternidad de lo que es –revelada a Moisés ante la zarza ardiente– en la claridad de la propia conciencia, así el diván constituye uno de los sitios por excelencia para que el sujeto contemporáneo se descubra a sí mismo, tramitando su verdad singular, en el encuentro con “el Ser”.
Pero no estamos hablando de cuestiones tan novedosas. Cuenta Peter Kingsley que en tiempos presocráticos de místicos y profetas, pululaban ciertas técnicas de iniciación donde la sabiduría universal se alcanzaba a través de los sueños.

 

El autor presentará su libro Invierno Sueco. El último viaje de René Descartes, vía zoom, el jueves 29/10 a las 19.30. Actividad abierta y gratuita. Informes: letraviva.edit@gmail.com

 

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* Matías Wiszniewer. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires. Posgrado en Historia de la Filosofía (Antigua, Medieval y Moderna). Fotógrafo.


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