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OPINIóN / Economía
jueves 25 julio, 2019

Cuán real es la ayuda del FMI para la Argentina

La estrategia de Donald Trump, hacia nuestro país, parece ser de muy corto plazo.

por Eduardo Conesa

La economía argentina y el FMI. Foto: Imagen de Arek Socha en Pixabay.

En el decenio de 1920, después de la Primera Guerra Mundial, los tipos de cambio reales de Alemania e Inglaterra quedaron fuertemente sobrevaluados y, a raíz de ello, estos países no exportaron lo suficiente como para pagar sus deudas externas. Como consecuencia vivieron una fuerte recesión con alta desocupación y, finalmente, cayeron en default. En aquellos tiempos, Estados Unidos y Argentina, experimentaron el fenómeno contrario: sus tipos de cambio quedaron muy devaluados y sus pujantes exportaciones alentaron un crecimiento económico extraordinario. 

En el siguiente decenio de los años 30 del siglo XX, los distintos países, incluído Estados Unidos, devaluaron fuertemente sus monedas para salir de la terrible crisis económica que comenzara en 1929. Pero la devaluación de un país implica necesariamente la revaluación de la moneda de los demás, y viceversa. Por eso, en el decenio de 1940, se llegó a la conclusión que la cuestión cambiaria era de naturaleza internacional y no nacional. Y, en 1944 se creó el Fondo Monetario Internacional (FMI), cuya finalidad era precisamente la de ser el arbitro internacional de los tipos de cambio reales de todos los países del orbe. 

También, en ese año, se llegó a la conclusión de que la Segunda Guerra Mundial tuvo su causa profunda en la sobrevaluación cambiaria alemana del decenio de 1920, la que generó una alta desocupación y un gran resentimiento político, que a su vez provocó el surgimiento del dictador Adolf Hitler y luego, guerra con 60 millones de muertos. 

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Sin embargo, hacia 1945, el FMI se estableció en Washington D. C., a dos cuadras de la Casa Blanca, y el organismo quedó fuertemente influenciado por la política exterior de los Estados Unidos. El gran país del norte tenía un especial interés en que la economía de Alemania occidental, país capitalista, creciera fuertemente para mostrar al mundo la superioridad del capitalismo sobre el comunismo, que era el sistema económico de Alemania oriental, país comunista sometido a la influencia soviética. Por eso, Alemania Occidental, en 1948, devaluó fuertemente su marco, de 2 a 4,2 marcos por dólar. El país creció extraordinariamente sobre la base de un veloz desarrollo de sus exportaciones, llegando a tener un nivel de vida 4 veces superior al de Alemania oriental, a pesar de tratarse de dos países con la misma raza, la misma religión y el mismo nivel educativo. Estados Unidos trataba de mostrar al mundo entero la superioridad del capitalismo sobre el comunismo.

También, por razones estratégicas, el General Douglas MacArthur, a la sazón dictador del Japón, devaluó el yen japonés, de 100 yenes por dólar a 360, en 1948. En los siguientes treinta años las exportaciones del Japón se multiplicaron 60 veces, en términos reales, por lo que se consolidó como un rico país capitalista, aliado de los Estados Unidos. Dado que el crecimiento veloz de las exportaciones se probó como un fuerte motor del crecimiento económico, el gran país del Norte promovió también fuertes devaluaciones estratégicas y desarrollistas en algunos países clave. Corea del Sur, en 1961. Brasil, desde 1964 hasta 1984. Chile, desde 1983 en adelante. Y otros. Pero los países seleccionados debían ser muy pocos y estratégicos, pues si todos los países devaluaran sus monedas en términos nominales, ninguno devaluaría en términos reales. 

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A partir de 1946, la Argentina de Perón comenzó a hacer lo contrario: revaluar su moneda en la creencia de que la reevaluación del tipo de cambio mejora los salarios reales. Ello puede ser cierto en el muy corto plazo. Pero el problema con esta estrategia consiste en que, al no crecer las exportaciones, el país se estanca y los salarios reales también. 

En efecto, desde 1920 a 1946, Argentina era un importante país exportador: registró el 3% de las exportaciones mundiales y alcanzamos a ser el quinto país del mundo en ingreso per cápita. Ahora tenemos solamente el 3 por mil de las exportaciones mundiales, es decir, 10 veces menos que en 1920-1946 y, como consecuencia de ello, caímos al número 60 en ingreso per cápita, en el ranking de las Naciones. En 1950 nos superó en PBI per cápita Alemania occidental; en 1951 lo hizo Francia; en 1960, Italia; en 1970, España; en 1980, Japón; en 1990, Corea del Sur y, en el 2000, Chile. Y ahora, sumidos en nuestra decadencia, la pobreza alcanza al 35% de nuestra población.

En la mayor parte de últimos 73 años, nuestra economía soportó enormes sobrevaluaciones en el tipo de cambio real combinadas con endeudamientos externos, fugas de capitales y esporádicas depreciaciones cambiarias que convirtieron a la economía argentina en un casino. En una ruleta.

¿Y qué pasa ahora con el FMI y nuestro país?  En principio, el Fondo debió ser arbitro internacional imparcial de los tipos de cambio reales entre los distintos países del orbe. Pero quizá nunca lo fue. Por lo pronto, Estados Unidos no parece tener hacia la Argentina una estrategia de ayuda de largo plazo como la tuvo en su momento con Alemania occidental, Japón, Corea del Sur o Brasil y otros pocos países. Solo se trata de una ayuda circunstancial al gobierno del Presidente Macri para evitar que la Argentina se contagie de una tragedia como la de Venezuela.

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A partir de 1976, el FMI dejó de ser el árbitro, supuestamente imparcial, de los tipos de cambio reales entre los países y se convirtió meramente en el auditor de la banca prestamista internacional. En efecto, en 1976 se modificó la carta orgánica del FMI, que es un tratado internacional y esa entidad ya no fomenta tipos de cambio de equilibrio para el comercio de bienes y servicios reales, sino tipos de cambio fluctuantes que varían según jueguen las tasas de interés internacionales frente a las tasas de interés locales y el endeudamiento externo de cada país. El equilibrio de los tipos de cambio no está determinado actualmente por la oferta y la demanda de divisas proveniente de las exportaciones e importaciones de bienes y servicios reales, sino por los movimientos especulativos de capitales que se mueven, de un país a otro, según las tasas de interés de cada país y el riesgo de devaluación o revaluación de la moneda respectiva. 

En otras palabras, actualmente y desde 1976, las finanzas internacionales son una timba, y todo país que quiera desarrollarse seriamente no debe entrar en ella. Por eso, el gobierno de Macri debió establecer de movida, en 2016, un tipo de cambio fijo, alto e indexado que permitiera obtener dólares mediante las exportaciones. Además, para evitar la fuga de capitales debió indexar todos los depósitos a plazo fijo con el índice de precios al consumidor. También inducir una repatriación de los capitales argentinos fugados, que superan los 300 mil millones de dólares. Por el contrario, nuestro gobierno, por el consejo equivocado del ministro Nicolás Dujovne, optó por la política exactamente contraria y fracasó. Ante ese fracaso, no le quedó mas remedio que acudir al FMI.

En realidad, el FMI presta actualmente dinero a nuestro país con un triple propósito: primero, que Macri gane las elecciones para que la Argentina no se convierta tal vez en otra Venezuela, ante el triunfo de Cristina Fernández de Kirchner. Segundo, para que repaguemos la deuda externa con la banca internacional privada con los dólares que nos presta. Y, tercero, para que los argentinos fuguemos capitales a un tipo de cambio sobrevaluado de 43 pesos por dólar. Con respecto a este último punto, el informe del Fondo finaliza diciendo que los riesgos del programa económico de Dujovne son elevados por la posible huída de los inversores de activos en pesos hacia el dólar. Afirma que sería necesario, en consecuencia, tomar cualquier oportunidad para extender el plazo de las deuda.

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Además, según el reciente informe del FMI, la inflación para este año en Argentina será del 46,8%. Y la caída del PBI será de un 1,2%, sin dudas, debido a las altísimas tasas de interés vigentes, causantes de la quiebra de empresas y de la desocupación. En otros tiempos, Perón cometía el terrible error de sobrevaluar nuestra moneda, pero al menos lo hacía con tasas de interés bajas y controles de cambio.

Para el año que viene, el Fondo prevé un magro crecimiento argentino de solamente el 1,1%, y una inflación del 34,5%. Mientras que el ministro Dujovne, en contradicción con su salvador, anuncia un futuro crecimiento del 3,5% y una inflación mucho menor. Con sus pronósticos pesimistas, es evidente que el FMI tiene un pobre concepto de nuestra conducción macroeconómica. Sus funcionarios técnicos nos ayudan, a pesar de sus deseos, simplemente por una orden de arriba.

CP


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