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OPINIóN / Política
jueves 26 diciembre, 2019

La señal geopolítica del 10 de diciembre

La relación con el imperio dominante en la región y las maneras de asumir la complejidad de esa relación siempre es riesgosa.

por Modesto Emilio Guerrero

Alberto Fernández y Cristina Fernández durante la asunción presidencial. Foto: Juan Obregón.
jueves 26 diciembre, 2019

El desplante del enviado de Trump al gobierno de Alberto Fernández huyendo del acto por la insoportable presencia del enviado oficial del gobierno chavista, terminó al final de la jornada como un serio revés diplomático para el gobierno de Estados Unidos.

Un percance relativo, sin escala, pero revés en sí mismo. El gobierno norteamericano tuvo que soportar la primera decisión autónoma de su nuevo par argentino. Esa es la marca diplomática del 10 de diciembre. El resto es abalorio protocolar.

La tarde de ese mismo día Fernández tuvo que impedir una charla pública del enviado bolivariano a varios movimientos argentinos que incluía a La Cámpora, pero eso no impidió a Santiago Cúneo juntar al vicepresidente venezolano Jorge Rodríguez con un grupo de Moyano. También fue visible la presencia oficial de la hija de Chávez, representando un Programa de la ONU… Para el embajador yanqui fue una afrenta mayor ver a la hija del inventor de Maduro y Jorge Rodríguez.

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El hecho parece baladí pero no lo es. De él se desprende uno de los desafíos centrales del nuevo gobierno argentino. Tan central como el hambre o la deuda externa.

La relación con el imperio dominante en la región y las maneras de asumir la complejidad de esa relación siempre es riesgosa. En esa complejidad geopolítica América Latina enfrenta tres desafíos aunque no lo sepa y Fernández está en el centro de ese lío, junto con López Obrador y Nicolás Maduro, aunque suene raro. Los tres Estados tienen sobre sus hombros la responsabilidad de constituir una sola frontera geopolítica contra la recolonización estadounidense.

Son tres los escenarios posibles en el futuro más mediato. El primero, que Estados Unidos derrote toda resistencia y recolonice el continente, que sería como que el ALCA hubiera ganado la batalla de Mar del Plata en 2005. El segundo, que EE.UU. sea derrotado por China más Rusia, o por las armas en el territorio venezolano en caso que invada militarmente. El tercero es que Argentina, México y Venezuela lo contengan diplomáticamente.

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La relación entre los tres gobiernos y Estados Unidos, es inevitable. Todo lo demás se subordina. Este es el punto de partida de la fase geopolítica a la que ingresan nuestro continente y el gobierno de Alberto Fernández.

Las notables distancias entre los tres gobiernos, su diferente peso específico regional, el tipo de sus sistemas políticos, sus economías y tradiciones sociales y políticas, también distintas, no modifican en nada lo esencial: los tres deben enfrentar la nueva versión de la Doctrina Monroe.

El intelectual mexicano Axel García Enciralo retrata de esta manera: “Lo que ha posicionado a México como líder regional es haber sido el país que le dio la vuelta a los triunfos de derecha en la región, su respeto a la soberanía venezolana, el asilo a Evo Morales y su constante retórica antineoliberal.  En menos de un mes, México recibió la visita de Rafael Correa, José Mujica, y Alberto Fernández”.

Esta nueva realidad geopolítica no surge por casualidad o azar. Está impuesta por las condiciones internacionales acumuladas desde 2013.

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La responsabilidad geopolítica de los tres países crece en la medida que aumenta la voracidad imperial y se evidencia como riesgo de intervencionismo. Esto lo que manifestó el desplante del enviado yanqui el día 10 de diciembre mientras Alberto juraba. Toda una señal.

Sería pusilánime y suicida creer que las diferencias entre los tres gobiernos latinoamericanos define la relación con Estados Unidos.


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