martes 28 de junio de 2022
OPINIóN Análisis

La violencia social y sus consecuencias

La sociedad actual propone una exaltación de la individualidad, una utopía: la realización individual con indiferencia de lo social.

23-08-2019 18:08

Los episodios de violencia que se han vivido en los últimos tiempos nos llevan a hacer algunas reflexiones necesarias.

Deben rechazarse todo tipo de análisis reduccionista, ya que la antinomia entre buenos y malos no nos sirve para entender situaciones humanas y sociales de un gran nivel de complejidad.

El orden económico mundial (con las diferencias en los niveles locales), la ética dictada por el mercado, los poderes públicos, y las instituciones en manos de dirigencias incompetentes y corruptas, han destruido las bases de la convivencia social.

La puesta en valor del consumo como un acto en sí mismo, el individualismo en que se pretende educar a las nuevas generaciones, el derrumbe de la palabra y el pensamiento en pos de la imagen y la acción, y el fracaso en la comunicación conducen a la acción directa e impulsiva.

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La sociedad actual propone una exaltación de la individualidad, una utopía: la realización individual con indiferencia de lo social, con empobrecimiento subjetivo que genera mayor sometimiento y aislamiento social.

Hay una ruptura del lazo social que se establece a través del lenguaje y la narrativa, y una interpretación hostil de las intenciones de los demás.

Los mecanismos de identificación son de supervivencia y autoconservación y no se basan en el amor sino en el temor a la exclusión. Como respuesta defensiva se ataca antes de ser atacado.

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El fracaso en las políticas púbicas de seguridad que debieran ser resorte exclusivo del Estado proporciona el caldo de cultivo para la ejecución cada vez más frecuente de “justicia por mano propia”.

Freud decía que cada siglo engendra su peste, lo característico de estos tiempos es lo descartable y en este contexto mercantilista los humanos también son desechables.

La flexibilidad laboral, el trabajo precario, la cantidad de gente que vive en la calle centran el interés colectivo más en la supervivencia que en la convivencia, dejando a las personas como representantes de lo posthumano sin sensibilidad y sin esperanza.

Este es un circuito perverso que hace que los ciudadanos “no criminales” se encierren cada vez más puertas adentro con rejas, en barrios cerrados, y demanda de más seguridad. El temor al crimen genera una alerta permanente y hace que se pierdan los lazos sociales y que se disminuyan las respuestas solidarias provocando con esto más aislamiento social y exclusión.

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No se puede dejar de nombrar en este contexto el incendio de la Amazonía donde la codicia es capaz no sólo de aniquilar miles de especies, sino también de quitarnos el aire que respiramos.

Dijo Sir Francis Bacon, filósofo y estadista británico (1561-1626) :“El egoísta sería capaz de prender fuego a la casa del vecino para hacer freír un huevo”.

El verdadero enfrentamiento de esta problemática debe hacerse a nivel preventivo con políticas libres de corrupción, de equidad social que incentiven los desarrollos regionales que lleven la educación y la salud a todas las regiones del planeta.

Deben ejecutarse políticas de apoyo a la crianza saludable, promover la integración social, fomentar el protagonismo infantil, la narrativa, brindar espacios seguros de juego y aprendizaje, prevenir los embarazos adolescentes y la multiparidad frecuente.

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Cuando nos preguntamos ¿Qué mundo le dejamos a nuestros hijos?, también deberíamos preguntarnos ¿Qué hijos le dejamos a nuestro mundo? Porque es nuestro deber enseñarles a cuidar de sí mismos y de los demás, a cuidar el ambiente y el resto de las especies, a ser estudiosos, honestos trabajadores, solidarios, cooperativos, generosos y con buen humor.

Esto depende de nosotros padres, médicos, docentes, adultos responsables.

Una reunión de científicos de todo el mundo, en Sevilla, (Unesco, 1986) concluye que: Así como la guerra nace en la mente de los hombres, de la misma manera puede ocurrir con la paz”.