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OPINIóN / Alfonsín, 10 años
domingo 31 marzo, 2019

Del intento alfonsinista a la acción: porqué fracasan todos los gobiernos

Hay un hilo conductor desde la presidencia de Raúl Alfonsín hasta nuestros días. Qué es lo que une a todos aquellos que quisieron “ponerse el país al hombro”.

por Sergio Berensztein

Raúl Alfonsín Foto: CEDOC

“No pude, no supe, no quise”. Esa fue la frase que más sigue impactando de todas las que pronunció Raúl Alfonsín. Expresa la frustración de alguien que en efecto estaba convencido de que con la democracia bastaba para resolver los principales problemas de la sociedad. Es decir, que con el mero hecho de votar se constituía automáticamente el capital político necesario para brindar los bienes públicos esenciales (educación, salud, justicia, seguridad, infraestructura básica y cuidado del medio ambiente) y asegurar, así, al menos un piso mínimo de igualdad de oportunidades.

Su compleja y turbulenta presidencia nos enseñó que, además de contar con legitimidad de origen, es igual de importante (o más) el tener legitimidad de ejercicio. Esto implica, en la práctica, una enorme capacidad por parte del Estado, tanto nacional como provincial e incluso municipal. En efecto, es imprescindible tener capacidad de recaudar impuestos y ejecutar de forma eficiente y transparente el gasto público. Esto, a su vez, requiere una organización racional del aparato del Estado, con recursos humanos, tecnología de la información e infraestructura adecuada.

Según una encuesta, Alfonsín sigue siendo el mejor presidente de la democracia.

De esto último carecía la Argentina cuando gobernó Alfonsín y, lo que es aún muchísimo peor, llegamos hasta nuestros días sin haber construido ese requisito básico para lograr un mínimo umbral de gobernabilidad democrática. Por eso en Argentina fracasan todos los gobiernos. Peor aún, muchos creen que con un “Riquelme”, un “Cavallo”, etc, las cosas se podrían arreglar casi mágicamente. O suponen que hace falta más aguante, sacrificios personales, sufrir una larga travesía en el desierto para alguna vez, no se sabe bien por qué, estar mejor. De lo que se trata es de hacer Política con mayúsculas. De pensar y actuar estratégicamente. De armar en serio (en vez de declamar) equipos profesionales, plurales y competentes de política y de gestión.

Alfonsín fue clave también en la reforma de la Constitución, de la que se cumplen 25 años. Gran intento, lamentablemente frustrado, de mejorar la calidad institucional del país atenuando la perversa concentración de poder que acumula el hiper presidencialismo en nuestra cultura política. En Argentina fracasan todos los gobiernos en parte porque los presidentes, al margen de su identificación partidaria o inclinación ideológica, creen casi siempre que no tienen que compartir el poder con nadie, que tienen “que cargarse el país al hombro” y terminan aislados y debilitados, imaginando conspiraciones (que a veces existen) y mascullando bronca y frustración. Desgraciadamente, la reforma constitucional no logró el objetivo buscado: todo lo contrario, hemos acentuado el hiperpresidencialismo con el abuso de los DNUs y la explosión del gasto público. Pero el intento fue válido y constituye una hoja de ruta para la agenda de reformas que, más temprano que tarde, tendremos que encarar.


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