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OPINIóN
lunes 2 septiembre, 2019

Recuperar lo perdido

La política con sus interlocutores de turno, los dirigentes, no ha sabido contener el estallido social. La economía no se autogobierna por sí sola con fines sociales loables. Es preciso dirigirla, conducirla. Allí resulta clave la estrategia, la visión, la misión que tenga el mandatario de tuno.

Foto: Pixabay
lunes 2 septiembre, 2019

Esperanza deriva de esperar. Alude al estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea (Real Academia Española).

Argentina se mece en una relación pendular entre ese estadio que anhela alcanzar y el mapa actual que atraviesa la dura realidad en la que se encuentra inmersa la sociedad en su conjunto. El óleo está pintado de incertidumbre. Sería minimizar la situación aludir todas las responsabilidades a la economía. Aquí la protagonista es la política.

La política con sus interlocutores de turno, los dirigentes, no ha sabido contener el estallido social. La economía no se autogobierna por sí sola con fines sociales loables. Es preciso dirigirla, conducirla. Allí resulta clave la estrategia, la visión, la misión que tenga el mandatario de tuno.

Ahora bien, ¿qué sucede cuando la visión no resulta acertada o peor aún, se adolece de la misma? Ese descarrilamiento de todas las variables comienza a rodar cuesta abajo.

Podemos trazar un paralelo entre la pasividad, el exceso de circunspección del Hamlet de Shakespeare y el Príncipe moderno de hoy, el Gobierno en el conflicto con la gobernabilidad de la economía.

A diferencia de lo recomendado por Maquiavelo, en medio de lo azaroso, lo incierto y contingente, el Príncipe no actúa. ¿Por qué? Sin duda, el espíritu de Hamlet se vio atravesado por la impotencia. Quizás enfrentar la muerte de su padre era una misión demasiado pesada para él. Se le podría atribuir a esa ineptitud un exceso de sensibilidad, de escepticismo, incluso de actividad intelectual. Sin embargo, Nietzsche analiza la vacilación en el personaje principal asociándola al carácter atroz de la verdad.

En ciertas ocasiones enfrentarse a la verdad produce parálisis. El miedo obnubila las mentes. Para Hamlet actuar significaba asesinar a una persona, su tío Claudio, rey y marido de su madre. Encerraba en sí un dilema doble. Por un lado, no puede incumplir el mandato de su padre de vengar su muerte. Vive en un mundo atravesado por la “moral de la honra”, la “ética de la venganza”. Pero, por el otro, no puede acatar esa orden atroz porque lo convertiría en aquello que quiere destruir: un criminal. Esa es la tragedia de Hamlet.

La tragedia es un instrumento útil para pensar la política bajo un mismo paraguas que alberga conflicto y fragilidad. Un mismo escenario que enfrenta valores y acción. Mauricio Macri bajo la ética de la responsabilidad debe lidiar con llegar a buen término al 27 de octubre. Alberto Fernández bajo la ética del compromiso hacia la palabra empeñada se enfrenta con la tarea de coadyuvar al trazado de puentes que acerquen posturas no empañando la estatura de liderazgo político hoy traducido en más del 49% de los votos obtenidos el 11 de agosto.

Las decisiones del Príncipe oscilan bajo el péndulo de la fortuna y la virtud. De la fortuna sólo dependen la mitad de nuestras acciones, a nosotros nos queda dirigir la otra mitad. Para Maquiavelo el problema es dilucidar a cuál acogerse conforme a las circunstancias. Hay tiempos que reclaman prudencia y circunspección; otros que exigen audacia y ferocidad.

La imposibilidad de trazar reglas infalibles es justamente lo que torna a la política en un arte incierto y temerario en términos maquiavélicos. Una de sus frases más conocidas reza que ante la duda “es mejor ser atrevido que circunspecto”. Así, el Príncipe ante lo desconocido debe actuar, tomar el toro por las astas, desafiar a la fortuna sometiéndola. He aquí el carácter trágico de la política. Aún haciendo uso de la virtud, no designando precisamente un valor moral sino mas bien una capacidad para lidiar con el destino, el margen de error puede existir. La “otra mitad” de las acciones se encuentra bajo los dominios de la fortuna.

Reperfilar la deuda emitida en pesos algunos la consideran una medida que conlleva al default selectivo o restringido por un eventual incumplimiento de contratos con un grupo puntual de acreedores. Lo que está en juego no son los montos sino los tiempos. El Gobierno devolvería a sus prestamistas mismo capital e intereses pactados aunque más tarde de lo previsto. Enviar el proyecto al Congreso abrirá además un partido interesante para el seno mismo de la oposición. Aquí es donde se pondrán a prueba los discursos tendientes a la disponibilidad del diálogo y los gestos mayúsculos que espera la ciudadanía en su conjunto. Claro que la alícuota de responsabilidad prepondera sobre el Gobierno pero es la oposición quien no debe escatimar gestos de liderazgo político acordes al resultado de las PASO de agosto.

El sector exportador no se queda atrás. Las medidas que analiza el BCRA para reforzar las reservas incluyen plazos máximos para que los exportadores liquiden los dólares del comercio exterior. Hoy las cerealeras no cuentan con plazos para liquidar esas divisas. Hasta diciembre de 2015 el mismo era de 30 días.

¿Por qué ahora, por qué no antes? ¿Qué le sucede al Príncipe de hoy? ¿Por qué la inacción del Gobierno frente al desplome del aparato productivo? ¿Bajo qué lenguaje debemos decodificar las señales de morigeración del alud financiero y cambiario que puso en jaque la credibilidad de esta gestión? ¿Lectura tardía, lectura forzada, desesperación?

La política como tal existe porque las palabras no tienen significados únicos. De hecho el conflicto medular en Hamlet pasa por resignificar el crimen de su padre.

Una de las diferencias sustanciales entre la tragedia antigua en autores como Esquilo y Sófocles con la tragedia ática, cómica o nueva shakespeareana es el pasaje entre el uso de la música al uso de las palabras. En la antigüedad el coro cobraba un papel protagónico. No representaba a una multitud sino a un enorme individuo. La música coral unísona de los griegos ofrecía una impronta especial que guiaba el lenguaje y el gesto en el escenario. Más tarde, la dialéctica se impondría a la melodía. Lo esencial para la comedia ática sería la presencia de intrigas bajo el foco del drama y la acción. Ya no se apreciaría el “arte total”: la hermandad entre poesía y arte musical, sencillez y riqueza en la expresión rítmica. Se observaría todo por separado.

El pasaje de la música a las palabras; de la unicidad a la multiplicidad de apreciaciones da cuenta de la efectividad en cada una de ellas. La música puede trocar pasión por compasión. La palabra sólo puede hacerlo con rodeos. Para Nietzsche “…la palabra actúa primero sobre el mundo conceptual, y sólo a partir de él lo hace el sentimiento… En cambio, la música toca directamente el corazón, puesto que es el verdadero lenguaje universal que en todas partes de comprende”.

Cuando hablamos de música nos referimos a la pluralidad de sonidos que se aprecian como un todo homogéneo: una melodía. Los discursos hirientes entre los simpatizantes del Gobierno y la oposición, los desplantes mediáticos y la insolencia del individualismo sectorial que incluye a los empresarios llevan a la lógica imperante del “sálvese quién pueda” y, en el medio de este péndulo está la sociedad expectante y hastiada de esta comidilla retórica.

Si ambas partes, tanto Gobierno como oposición llevan el grado de desacuerdo a una escalada tal que es imposible decodificar una cosmovisión universal que ponga fin al desentendimiento mutuo, estamos en graves problemas.

¡No hay nada más bello ni más agradable que ver a los hermanos vivir juntos y en armonía! (Salmo 133:1). Así como el coro de la tragedia antigua griega sonaba como un enorme hombre, de esa forma es como debería conciliarse una solución al enfrentamiento retrógrado. No se trata de la preeminencia de un color político sobre el otro sino de dar a luz un modelo de crecimiento económico necesario para todos los argentinos. Solo así se habrá recuperado lo perdido: la esperanza.


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