OPINIóN
Política y literatura

Sarmiento y Avellaneda o cómo hacer cosas con palabras

Cuando Justo José de Urquiza fue asesinado, el ministro de Justicia del Presidente Sarmiento escribió una Proclama condenando el crimen. Sarmiento lo suscribió, pero no sin antes reescribir algunas frases. Si el entrerriano no era santo de su devoción, ¿por qué lo hizo?

Sarmiento y Nicolás Avellaneda 04062026
Sarmiento y Nicolás Avellaneda. | Collage

“Sarmiento llega más lejos que nadie; en verdad, hay que decir: el mejor escritor argentino del siglo XIX llegó a presidente de la República” (Ricardo Piglia)

El 11 de abril de 1870, el gobernador de la provincia de Entre Ríos y expresidente, Justo José de Urquiza, era asesinado en la intimidad de su palacio y delante de sus hijas en San José -hoy Museo y Monumento Histórico Nacional-, por sicarios que respondían al caudillo Ricardo López Jordán. Como no podía ser de otra manera, este magnicidio tuvo una fuerte repercusión en la turbulenta vida política argentina de entonces.

Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Hoy más que nunca Suscribite

Frente a este hecho, el por entonces ministro de Justicia e Instrucción Pública del presidente Domingo F. Sarmiento, Nicolás Avellaneda, de 33 años, escribió con fecha 20 de aquel mes, el borrador de una Proclama condenando el violento hecho.

Sin embargo, en la página 119 del tomo VII de Escritos y discursos de Nicolás Avellaneda en donde fuera publicado dicho borrador, su puntilloso e inteligente editor y biógrafo, Juan M. Garro, consignó la siguiente nota al pie: “Entre los manuscritos del doctor Avellaneda encontramos este borrador. El Presidente Sarmiento, al suscribirlo, le hizo modificaciones y agregados. La proclama, con su redacción definitiva, está publicada en el tomo XXI, pág. 309. Obras de Sarmiento”. 214edq sw

La primera parte de aquel borrador del joven ministro, salvo en algunas cuestiones de estilo y puntuación, es idéntico al texto que publicaría Sarmiento en tanto reconstrucción y descripción del atroz hecho delictivo.

Así reza el original: “Un general del Entre Ríos, oculta su espada para tomar el puñal de asesino, premedita una muerte, y eligiendo sus adeptos entre aquellos que el crimen ha hecho más famosos, atraviesa con ellos una larga distancia, se aposta en un lugar vecino y envía sus sicarios a asaltar la residencia del Gobernador de la Provincia. No necesito recordaros los detalles de la tragedia que vino en pos, porque los llevaréis por muchos años impresos en vuestra memoria.

Grandes plumas inmortalizan a Sarmiento

“El Gobernador de Entre Ríos fue muerto por los asesinos al caer las primeras sombras de la noche, rodeado por sus hijas, que intentaban sustraerlo a los puñales, y sin que la presencia de un solo hombre pudiese dar a ese acto la apariencia de un combate. La Legislatura se reúne después, bajo el estupor de este crimen, y estando presentes los que lo habían cometido elige, cediendo a sus intimidaciones, al general López Jordán Gobernador de la Provincia, pro el tiempo que faltaba a aquel a quien hizo matar. El asesinato era así sancionado por este acto como medio legítimo para la sucesión en el mando”, concluye.

Sin embargo, bien diferentes son ambas versiones de la más medular segunda parte del texto. En efecto, no solo algo más de veinte años de vida y la condición de Presidente de la República separan al autor del borrador de la proclama, firmada finalmente por la más alta autoridad política del país para condenar la violencia.

Pero se trataba, clara, nada más y nada menos, que de Domingo F. Sarmiento, alguien que sabía cómo hacer palabras pero, fundamentalmente y parafraseando al gran filósofo del lenguaje Austin, de alguien que sabía cómo hacer cosas con palabras. La segunda parte del texto -no más extensa que la del borrador-, es bien otra. Radicalmente bien otra.

Sarmiento, realizativo

La invocación inicial del texto del ministro tucumano a sus conciudadanos “Aborrezco los conflictos que pueden conducirnos a derramar sangre argentina; amo la paz”, será rápidamente desechada por la pluma vehemente del presidente sanjuanino.

En su reemplazo, un texto que pretende no dejar dudas: “Esto no puede ser, esto no será mientras haya un hombre en la República que condene el asesinato. El General Urquiza ha muerto víctima del asesinato, sujeto a las leyes ordinarias, ejecutado por reincidentes en el crimen y dirigido por aquel que lo ordenaba para elevarse. En Entre Ríos no hay administración de justicia, porque los criminales se han apoderado del gobierno”.

Y de forma inmediata, la contundencia del autor de Facundo se combina, como siempre habrá de hacerlo, con una honestidad y grandeza política: “Sabéis cuán pocos vínculos ligaban al General Urquiza con las personas que gobiernan la República. No es la comunidad de causa lo que me induce a condenar su muerte, y a desconocer el gobierno de sus asesinos: son las instituciones que nos rigen, el decoro y la dignidad humana, lo que el Gobierno Argentino debe salvar a toda costa de todo sacrificio”.

No sin Sarmiento tener presentes los preceptos constitucionales, sin embargo Avellaneda -en definitiva, hombre de leyes- posiciona más explícitamente en ese lugar de enunciación su pronunciamiento:

¿Qué gobierno, dirían, es aquel donde los asesinos se sientan en el lugar caliente aun de la víctima que ellos mismos llaman ilustre, con un cinismo que espanta? (Domingo F. Sarmiento)"


“Las provincias están obligadas a regirse por los principios del sistema representativo republicano. Esta es la prescripción fundamental de la Constitución, y el Presidente de la República sería su primer violador si acogiera esa doctrina que, bajo la atmósfera del crimen y sobre el cadáver de la víctima se proclama hoy en la provincia de Entre Ríos, con el hecho y con la palabra, declarando que la muerte dada y la muerte recibida abren y cierran la sucesión en una provincia argentina”.

Para decir lo mismo pero dejando entrever en el habitual solapamiento en su prosa una perspectiva sociológica en ciernes con el político incisivo, Sarmiento interroga: “¿Qué gobierno, dirían, es aquel donde los asesinos se sientan en el lugar caliente aun de la víctima que ellos mismos llaman ilustre, con un cinismo que espanta? Si no todos los ciudadanos argentinos conocen el mecanismo de nuestras instituciones políticas, todo hombre tiene escrito por el dedo de Dios en su corazón, la idea de que el asesinato es siempre un crimen, y el que lo comete queda sujeto a las penas y castigos impuestos por las leyes, para garantir la sociedad, la familia y el Gobierno mismo”.

Ahora bien, ¿pude afirmarse que la diferencia entre ambos textos reside en ser uno producto de la mano de un hombre joven y, todavía, inexperto en política y, el otro, el de un hombre maduro pero, también, de un maduro político? ¿Acaso se trata de textos distintos porque sus lugares de enunciación dan cuenta de responsabilidades diferentes (ministro y presidente) en relación con el ejercicio del poder? Sendos textos, ¿revelan dentro de una misma visión de país dos modos diferenciados de entender la política? Y si es así, ¿esas diferencias dan cuenta de alguien más apegado a las formas republicanas y otro, más resolutivo, más “loco”?

Seguramente habrá algo de todo ello, claro. Pero, también-o tal vez sobre todo y una vez más-, la necesidad de reparar en la significación y peso de la escritura sarmientina, única en su género en toda la historia de la literatura nacional. Piglia se sirve de un relato de Gálvez que bien podría explicar, en sentido inverso, la operación llevada adelante por Sarmiento sobre el texto de Avellaneda: “Gálvez cuenta que Sarmiento escribe un discurso para inaugurar su gobierno, pero sus ministros se lo rechazan.

Y el discurso inaugural de Sarmiento como presidente se lo escribe Avellaneda. Podríamos decir que se resuelven ahí, en una figura emblemática, todas las tensiones entre política y literatura que recorren su escritura. A partir de ahora Sarmiento tendrá que adaptarse a las necesidades de la política práctica. Y tendrá que adaptar, antes que nada, su uso del lenguaje” (La lectura enemiga, Página/12, 18 de setiembre de 2011).

Como lo ha expresado magníficamente Mizraje: “Acertando aquí y allá no, joven o viejo, proscripto o en el seno de la patria, pluma o espada en mano, Sarmiento actúa y escribe, según su propia convicción, hasta en las piedras. Moviendo y conmoviendo hasta los bloques de granito, como una luz terrible, que evoca y arenga sin descanso, para que sacudiendo cualquier ensangrentado polvo, surjan las entrañas de un noble pueblo” (Gabriela Mizraje. “El brío de estilo”).

La prosa sarmientina -sobre todo cuando logra resolver la tensión entre política y literatura- es fuertemente realizativa, si por ello entendemos con Austin que “… emitir la expresión es realizar una acción y que esta no se concibe normalmente como el mero decir algo”. Acaso Austin, ¿lector de Sarmiento?

*Director del Museo Histórico Sarmiento. Sociólogo (UBA) especializado en temas culturales. Doctorando en Ciencias Humanas (UNSAM).