La carrera de Abogacía estuvo históricamente ligada al ordenamiento jurídico de cada país. Pero el mundo en el que hoy trabajan los abogados cambió. Las empresas, las inversiones, la tecnología y buena parte de los conflictos jurídicos ya no se detienen en las fronteras. ¿Qué implica esto para la formación universitaria?
Hay algo que las facultades de Derecho no pueden dejar de preguntarse: ¿estamos formando a los abogados para el mundo en el que realmente van a ejercer?
La pregunta no supone desconocer la importancia de una sólida formación en Derecho argentino. Esa sigue siendo la base de la profesión. Pero las circunstancias en las que ese Derecho se aplica son diferentes de las de hace algunas décadas.
Una empresa argentina puede tener proveedores en distintos países, una inversión puede involucrar varias jurisdicciones y un contrato puede celebrarse entre personas que nunca estuvieron físicamente en el mismo lugar. A esto se suman cuestiones como la inteligencia artificial, la protección de datos, el comercio electrónico, los delitos informáticos o los problemas ambientales, que obligan a mirar qué sucede más allá de las normas nacionales.
Esto no quiere decir que todos los abogados deban trabajar en el exterior. Quiere decir que, aun para quien desarrolla toda su carrera en la Argentina, conocer otras realidades jurídicas puede ser una herramienta importante.
Abogados con una mirada internacional
La internacionalización de una carrera de Derecho no debería consistir simplemente en agregar algunas materias sobre legislación extranjera.
Hay una experiencia mucho más rica cuando el estudiante puede conocer cómo otros países enfrentan un mismo problema, escuchar a un profesor formado en otra tradición jurídica o trabajar con estudiantes de otra universidad.
Comparar permite hacerse preguntas. ¿Por qué dos países resuelven de manera diferente una situación semejante? ¿Qué resultados produjo una determinada regulación? ¿Qué aspectos podrían ser útiles para nuestro propio sistema?
Ese ejercicio ayuda a comprender mejor el Derecho propio. Y también prepara al futuro abogado para trabajar en ámbitos en los que tendrá que relacionarse con profesionales, empresas o instituciones de otros países.
Por eso, en distintas universidades están creciendo las experiencias de doble titulación, los programas conjuntos y los intercambios académicos.
La Universidad del Salvador acaba de incorporar, por ejemplo, un programa de doble titulación con la Universidad de Deusto, en España, que permite articular la carrera de Abogacía argentina con el Grado en Derecho español. La iniciativa se suma a la experiencia que la institución mantiene con la Université Paris 1 Panthéon-Sorbonne, en Francia, con el Programa integrado de Abogacía.
Pero esas experiencias son solamente una parte de un proceso más amplio.
El profesor extranjero también forma al abogado
Hay otra forma de internacionalizar una carrera que puede ser incluso más cotidiana: que los estudiantes tengan contacto con docentes de otros países sin salir del aula.
En la Facultad de Ciencias Jurídicas de la Universidad del Salvador, por ejemplo, participan de distintas actividades profesores provenientes de Estados Unidos, España, Italia y Francia. Todos los años, además, una delegación de George Washington University permanece durante una semana en la Facultad y dicta clases para estudiantes de grado y posgrado en ambas sedes.
La experiencia es interesante porque no se trata solamente de escuchar una conferencia. El estudiante tiene la posibilidad de entrar en contacto con otra manera de enseñar y de analizar el Derecho.
La movilidad docente también contribuye a ese intercambio. Programas como Erasmus+ permiten que profesores y personal académico realicen experiencias de formación en instituciones europeas. Cuando ese docente vuelve, la experiencia no termina: puede incorporar nuevas metodologías, nuevos contenidos y nuevos contactos a su actividad cotidiana.
En ese sentido, la movilidad tiene un efecto que muchas veces no se ve a primera vista. Una experiencia internacional de un docente puede terminar beneficiando a muchos estudiantes.
Internacionalizar sin que viajar sea un requisito
Hay, además, una cuestión que no debería quedar fuera de esta discusión: no todos los estudiantes pueden viajar.
Una experiencia académica en otro país es, sin duda, valiosa. Pero supone recursos económicos, tiempo y determinadas condiciones personales y familiares que no están al alcance de todos.
Por eso resulta interesante pensar en la llamada “internacionalización en casa”.
El concepto es sencillo: si no todos pueden ir al mundo, el mundo también puede venir a la universidad.
Un profesor o estudiante extranjero en el aula, una clase compartida con otra universidad, una investigación desarrollada con colegas de otro país, un intercambio virtual o una doble titulación pueden acercar esa experiencia a estudiantes que quizás nunca tengan la posibilidad de realizar un semestre en el exterior.
Me parece importante que la internacionalización no sea vista solamente como la posibilidad de viajar. Si queremos que sea realmente parte de la formación universitaria, tenemos que encontrar mecanismos para que todos los estudiantes puedan acceder a ella.
Desde esta perspectiva, internacionalizar también puede ser una política de inclusión. No se trata de reemplazar los intercambios tradicionales, sino de ampliar las posibilidades.
La investigación es otro espacio en el que el contacto con universidades extranjeras puede aportar nuevas preguntas y perspectivas.
El trabajo conjunto entre investigadores de diferentes países permite comparar sistemas jurídicos, perspectivas culturales diversas, compartir metodologías y abordar problemas que tienen características comunes, aunque se manifiesten de manera diferente en cada sociedad. Además, la combinación de recursos, potencia el impacto y la calidad de la investigación.
El intercambio, también supone que las ideas circulen.
Una formación que no pierda sus raíces
Internacionalizar la formación del abogado no significa formar profesionales que sepan menos de Derecho argentino para saber más sobre Derecho extranjero.
El desafío es diferente. Se trata de formar abogados con una base sólida en el sistema jurídico en el que van a ejercer, pero capaces de entender que ese sistema convive con otros y que muchas de las cuestiones que deberán resolver están relacionadas con ellos.
No todos los graduados van a trabajar para una empresa multinacional. No todos van a ejercer en otro país. No todos necesitarán una doble titulación.
Pero probablemente todos, en algún momento de su vida profesional, tengan que enfrentarse con una realidad que sea más compleja que la que surge de una norma nacional.
La universidad tiene allí una responsabilidad. No solamente transmitir conocimientos, sino preparar a sus estudiantes para comprender el contexto en el que esos conocimientos serán utilizados.
La pregunta, entonces, no es si debemos elegir entre una formación nacional o una formación internacional.
Una formación jurídica sólida, arraigada en nuestro Derecho, pero abierta a otras experiencias, otros sistemas y otras maneras de pensar.
Porque el abogado del futuro no necesariamente será quien ejerza en otro país. Será, cada vez más, quien pueda entender que un problema jurídico puede comenzar en un lugar y tener sus consecuencias en otro. Y para enseñar eso no alcanza con hablar de internacionalización.
Hay que hacer que la internacionalización forme parte de la experiencia concreta de estudiar Derecho.