Hay minerales que no entran en el imaginario argentino. No generan debate masivo, no llenan plazas, no se corean. No brillan como el oro ni humean como Vaca Muerta. Y, sin embargo, definen quién manda en el mundo.
Las tierras raras son eso: 17 elementos químicos con nombres poco amigables que hoy están en todas partes. En el celular que usamos todos los días. En los chips que sostienen la inteligencia artificial. En los satélites. En los sistemas de defensa. En los autos eléctricos, por ejemplo un Tesla, donde algunos de ellos permiten que el motor funcione con la eficiencia que lo convirtió en símbolo de la transición energética.
Sin Tierras Raras no hay transición energética ni tecnología de punta. No es un slogan: es un dato duro. Y cuando uno entiende eso, ahi cambia la conversación.
El problema, o la oportunidad, es que casi todo ese circuito hoy pasa por China. Y el mundo, cada vez con menos paciencia, busca alternativas.
Estados Unidos ya lo definió como asunto de seguridad nacional. Reactivó proyectos propios, impulsó financiamiento público y busca acuerdos estratégicos para asegurarse suministro fuera de la órbita china. Europa sigue el mismo camino.
Brasil, mientras tanto, juega en otra liga dentro de América Latina: posee recursos identificados, proyectos en desarrollo y una estrategia más explícita para posicionarse como proveedor alternativo. La región empieza a moverse.
Argentina todavía está mirando el tablero. Cuando se habla de minerales estratégicos en la Argentina, la mirada colectiva suele ir siempre al mismo lugar: litio, cobre, oro.
Pero el mapa es más amplio y más silencioso. Y, por diversas circunstancias históricas y geológicas, encierra más secretos que certezas.
En Jujuy, dentro del mismo entramado geológico que sostiene los salares de litio, existen formaciones alcalinas y zonas volcánicas que, en otros países, suelen asociarse a minerales portadores de tierras raras. No son titulares todavía, pero forman parte del subsuelo real de la provincia.
En Catamarca, una provincia con larga convivencia con la minería, aparecen sistemas geológicos comparables a los que dieron origen a depósitos de tierras raras en distintas regiones del mundo. La atención suele concentrarse en otros metales, pero el potencial está ahí, esperando una pregunta distinta.
Algo similar ocurre en San Luis y en el conjunto de las Sierras Pampeanas, con granitos y estructuras antiguas que coinciden con ambientes donde, a escala global, se desarrollaron yacimientos económicamente viables de estos minerales críticos.
Hay un mapa que todavía no conocemos del todo. Y en ese mapa lo sólido se desvanece en el aire. Las certezas, sobre qué minerales “importan” empiezan a diluirse cuando el mundo redefine qué es estratégico.
No hay todavía un gran descubrimiento confirmado. Hay algo distinto: condiciones geológicas compatibles en varias provincias, justo cuando Estados Unidos busca diversificar su abastecimiento y cuando Brasil avanza para ocupar ese espacio regional.
Si apareciera un yacimiento relevante de tierras raras, no entraría en la lógica clásica de exportar volumen. Jugaría en otra categoría: exportaciones chicas en tonelaje, enormes en valor; interés inmediato de potencias; negociaciones complejas; presión por definir reglas claras.
Y una pregunta inevitable: ¿Argentina quiere ser proveedora de materia prima o actor estratégico?
Porque estos minerales no se venden como soja. Se negocian como energía, como tecnología, como poder.
Estados Unidos necesita proveedores confiables. China no quiere perder control. Brasil ya entendió la oportunidad regional. África se posiciona con pragmatismo. América Latina, en general, todavía duda.
Si la Argentina confirmara tierras raras, dejaría de ser un actor secundario en una conversación central del siglo XXI. Eso no garantiza éxito. Garantiza atención. Y la atención, en este terreno, siempre tiene precio.
El mayor desafío no es encontrarlas. Es saber para qué. Pensar más allá del corto plazo. Entender que estos minerales no definen solo exportaciones, sino posición internacional.
Aceptar que el futuro no siempre hace ruido cuando llega. De hecho, varias empresas ya lo están entendiendo: revisan información histórica, reinterpretan datos geológicos y destinan presupuestos modestos pero persistentes a exploración temprana.
Porque esta vez el recurso no brilla. No explota. No se ve. Pero manda.
* Geólogo argentino especializado en exploración minera; ex Geólogo Principal en proyectos de oro y plata en el Macizo del Deseado (Santa Cruz); participa activamente en iniciativas para una minería sustentable en Argentina.