Vivimos en un mundo huérfano de estadistas y superpoblado de políticos. "Un político piensa en la próxima elección; un estadista, en la próxima generación", dijo hace un siglo James Freeman Clarke. El político vive de la encuesta del lunes y del cálculo de su supervivencia. Su horizonte es la reelección. El estadista piensa a cincuenta años. Uno se aferra al poder coyuntural; el otro, a la eternidad de las ideas.
El político es un burócrata con poder que administra un bien que no le pertenece, aunque termine creyéndolo propio. El estadista es un visionario. Como dice el aforismo americano: a los políticos hay que cambiarlos seguido, como a los pañales, y por los mismos motivos.
La Biblia lo anticipó. El pueblo le exige al profeta Samuel: "Constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones" (I Samuel 8:5). Y Dios le responde: "No te han desechado a ti, sino a mí me han desechado" (8:7). Es el pánico ancestral a la libertad. La democracia exige responsabilidad; el reino, obediencia. El pueblo prefirió un tirano.
Y los reyes distan de ser perfectos. La Biblia no oculta las miserias de sus grandes héroes. David, el dulce cantor, fue adúltero y mandó a matar a Urías para quedarse con Betsabé, y fue un padre incapaz de impedir la violación de Tamar y la rebelión de Avshalom. Salomón, el más sabio, se corrompió con la opulencia, las mil mujeres extranjeras y los impuestos asfixiantes. Sus hijos, Rejavam y Yerovam, heredaron sus vicios y partieron el reino en dos.
En los siglos XVII y XVIII la Ilustración cuestionó el derecho divino de los reyes. Pero fue en los XIX y XX cuando el modelo colapsó: cayeron los cuatro imperios en la Primera Guerra Mundial y las monarquías restantes quedaron como recuerdo protocolar. Parecía el fin de la era de los reyes.
La paradoja de hoy es lacerante. Las democracias liberales se están convirtiendo en nuevos feudos monárquicos. Los políticos se creen reyes ungidos por un Dios que ellos mismos inventan a su imagen.
Ya no es marginal. Son los nuevos tiranos con pátina democrática: Putin, zar vitalicio que cambia la Constitución a su antojo; Xi Jinping, presidente eterno del Partido Comunista; Erdogan, sultán de la Turquía laica; Trump, que habla de un tercer mandato y solo reconoce la elección que gana. Aprendieron que ya no hace falta un tanque para ser rey: basta ganar una elección y dinamitar desde adentro los contrapesos.

En ese contexto, Javier Milei aparece como anomalía. Lo mueven las ideas. Se lo critica por su falta de "pragmatismo" para canjear principios por votos. Ha dicho lo políticamente incorrecto: si no quieren su receta, se va a su casa. Su dilema es su entorno, lleno de políticos tradicionales que sí harían cualquier cosa por conservar el privilegio.
Pero en el caso de Milei, o de cualquier presidente argentino, hay un problema estructural que nació con la reforma constitucional de 1994. Mandatos de cuatro años con posibilidad de reelección. Cuatro años es muy poco tiempo para encarar reformas profundas, para políticas de Estado. Eso condena a cualquier gobierno a vivir en campaña permanente: entre las legislativas de medio término y las generales, se pone más energía en la supervivencia electoral que en la construcción del país. El ideal republicano serían períodos de seis años sin reelección inmediata, con la posibilidad de volver solo después de un período afuera. Así el presidente pensaría en la historia y no en la próxima encuesta.
Benjamin Netanyahu es el paradigma del político puro. Un animal político que más años ocupó el poder en Israel, sobreviviendo a cualquier costo, pisando cabezas y haciendo piruetas ideológicas. Disfruta cuando le cantan "Bibi Melej Israel". Hace poco su inconsciente lo traicionó: les dijo a sus seguidores que, desgraciadamente, él no es un rey y tiene que ir y ganar elecciones.
Nadie niega sus talentos. No llevó solo a Israel, la lideró junto a otros para convertirla en la Start-up Nation. Pero perpetuarse es siempre dañino. Y en Israel hoy es trágico.
Israel carga la herida abierta del 7 de octubre de 2023, el pogrom más salvaje desde el Holocausto, y la guerra más larga de su historia, con frentes en Gaza, Líbano, Yemen, Siria e Irán. Un trauma que fracturó al Estado y al pueblo judío global: la confianza en el Ejército, en la inteligencia, en el Estado que abandonó a los suyos, y el duelo interminable por muertos, rehenes y evacuados. Un país que necesita un estadista que una, no un político que divida para sobrevivir.
Y aquí resuena la maldición de la octava década. Los dos Estados judíos anteriores no superaron los 80 años unidos. El de David y Salomón se partió en el año 81 por disputas internas. El reino Hashmoneo duró 77 años y en su octava década la guerra fratricida entre hermanos llamó a Pompeyo y lo convirtió en protectorado de Roma. En ambos, el veneno no fue el enemigo externo, sino el odio gratuito interno, el sinat jinam que destruyó el Segundo Templo.
El tercer Estado, fundado en 1948, entra en su octava década en 2028. No es casual que Netanyahu, Barak y Bennett invoquen esa maldición. Las últimas cinco elecciones giraron sobre un solo eje: Bibi sí o Bibi no. En un Israel post 7 de octubre, es una receta para la autodestrucción.
De Gaulle advirtió: "La política es demasiado importante para dejarla en manos de los políticos". Churchill: "Si nos abrimos una disputa entre el pasado y el presente, perderemos el futuro". Y Truman dejó la prueba infalible: mira qué hace un político cuando deja el poder, si puede vivir sin reflectores o si busca desesperadamente volver.
Ser estadista exige entender que hay un tiempo para todo, como dice el Eclesiastés: "Todo tiene su tiempo... debajo del cielo" (3:1). Se nota no solo cuando ejerce el poder, sino cuando entiende que debe dejarlo por una causa mayor. Lo hizo Ben-Gurión yéndose al Néguev, Golda renunciando tras Yom Kipur, Beguin retirándose roto tras el Líbano. Con errores y aciertos, quedaron como estadistas.
¿Dónde quedará entonces Netanyahu? ¿Junto a Ben-Gurión, Golda y Beguin como el estadista que supo irse a tiempo? ¿O junto a Rejavam y los últimos Hashmoneos, como el político que terminó destruyendo lo que dice amar: al propio Estado de Israel?
*Miguel Steuermann es un periodista, conferencista y dirigente comunitario argentino, ampliamente conocido por ser el cofundador y director general de Radio Jai, la emblemática emisora de radio judía de Latinoamérica.