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OPINIóN / Campaña y mensajes
domingo 13 octubre, 2019

Una tardía pero justa reivindicación de Alfonsín

La figura del expresidente es usada por el Frente de Todos y por Macri. En el fondo, lo que se revitaliza es la democracia.

por Rodrigo Estévez Andrade

Imagen de archivo | Raúl Alfonsín cuando asumió la presidencia de la Argentina. Foto: Cedoc Perfil
domingo 13 octubre, 2019

“Acá están, hasta el fin, los que emulan a Alfonsín…”, es la canción imaginaria que mejor le calzaría a esta campaña presidencial.

Si hay una imagen que deja esta elección, es la pelea por el sueño alfonsinista. La alegría del ‘83, el despertar esperanzador de lo que venía, el clima de triunfo civil que dejaba atrás la muerte. Hace meses asistimos al uso de la figura de Raúl Alfonsín en la campaña del Frente de Todos. Pasaron más de diez años de ese puntapié inicial que constituyó la colocación del busto en el ingreso de la Casa Rosada. 

El expresidente Néstor Kirchner y la presidenta en ejercicio, Cristina, lo aplaudieron junto a su gabinete y hasta el propio Hugo Moyano. Se estaba muriendo, lo homenajearon en vida y en la Casa donde entregó banda y bastón a otro presidente civil, a pesar de los tres levantamientos militares.

Al otro lado, las cosas no resultan sencillas, la UCR fue y vino con una ensalada que tuvo entre sus ingredientes al socialismo, el ARI/Coalición Cívica, el lavagnismo/duhaldismo, Libres del Sur, y hasta Francisco de Narváez. Un menú que pide omeprazol a gritos. En 2015 la ensalada sumó al PRO. Para el imaginario alfonsinista se complicó. En el colectivo macrista, Alfonsín jamás sería parte de la historia. Fueron de la Generación del '80 sin escalas hasta el frondicismo. 

Nunca resolvieron donde anclar y lo subsanaron a fuerza de animales en los billetes. “No queremos hacer un culto de lo que ya pasó, porque estamos convencidos que la mejor Argentina es la que está por venir”, así lo explica aún hoy el portal web del Banco Central.

Había algo de risa descalificadora con el “gordito de bigotes”, podría ser su austeridad, su sobriedad, su capacidad discursiva, su saco y corbata. En definitiva, una sumatoria de características que no identifican a Macri. 
Sumado a que su clan fue protagonista del empresariado que celebró el triunfo de Menem en 1989. Sin embargo, 30 años después el reverdecer alfonsinista llama a las puertas del gobierno.

Las redes enloquecen con los audios de “Beto” Brandoni desde Madrid; y Alfredo Casero, desde su nación virtual. Convocatorias autocelebratorias donde el “disparador” es el agite del miedo por la vuelta al pasado. Aviso: Los actos incluyen discursos del senador Miguel Pichetto y no es un chiste. 

En Juntos por el Cambio sueñan con un cierre de campaña “a lo Alfonsín”

Macri se balanceó cómodo -hasta las PASO- en la tentación egocéntrica de ser “lo nuevo”. Su legado cultural quedará retratado en esos animales que se hicieron billetes. “Pasar de la solemnidad a la alegría”, dijeron con una jactancia insolente que coronaron con el perro Balcarce, sentado con la lengua afuera en el sillón presidencial.

Pero volvieron a Alfonsín, y a creer en una remake cambiemita redentora que buscará el 18-O su millón en el Obelisco. “Hay que alfonsinizarlo todo”, gritan ahora que Durán Barba padece el “amargo caviar” del exilio. Y si hasta el elenco gobernante se dio cuenta, significa que al otro lado, ya queda poco o nada… Celebrar a Alfonsín es celebrar los días en democracia que sumarán 13.146 el próximo 27. Soy de la generación (perdón por la autorreferencialidad) que llenó la Plaza de Mayo para celebrar los cien, y en los bosques de Palermo bailó por los 1000. Eso pasó, créanme los más chiques, se celebraba cada día.

Y llegan los mensajes acusando de plagio a Jorge Capitanich, que “le robó” el discurso. ¿No sería mejor en esa construcción que se llama Nación pensar en otro triunfo de Alfonsín? A ese, al que golpearon hasta casi noquearlo, vuelven. Y vuelven todos, hasta Macri, que a esta altura debe lamentar no tener su foto con el líder al que identifican como “héroe de la democracia”.

Enfrente tiene a Alberto Fernández, el que sí tiene la foto, el que se autotitula tributario de su cultura política, eso habla también de este peronismo.

Ahí, en ese ir y venir de imágenes y discursos, en todo ese combo de la remake del 83, subyace algo que tiene que ver con la democracia que una inmensa mayoría reconoce llegó, gracias al valor y el coraje de ese hombre que estuvo, cuando hacía falta. Algo huele bien en Argentina.
 

 


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