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A 120 años de la Conferencia Panamericana de 1889

Allí, el Secretario de Estado James Gillespie Blaine propuso la creación de una Unión Aduanera Panamericana. No preveía una disputa política.

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El 2 de octubre de 1889 dio comienzo la Conferencia Panamericana en la cual el Secretario de Estado James Gillespie Blaine propuso la creación de una Unión Aduanera Panamericana. No preveía una disputa política, como sí en cambio alentaba José Martí, corresponsal de La Nación, propulsando una coalición liderada por Argentina, “el Guardián de la América Latina”. Dice Harold F. Peterson que “los dos países que con mayor persistencia habían rehuido participar en conferencias interamericanas aceptaron finalmente enviar sus representantes. La política nacional que cada uno había proyectado y defendido durante tres cuartos de siglo, iba a ser debatida ahora en un foro abierto. Desde la sesión inaugural hasta la votación final la iniciativa norteamericana y la agresividad argentina redujeron las sesiones de la conferencia a un duelo entre dos resueltos antagonistas”. Ambos contendores diferían también en la calidad de sus representantes. Buenos Aires había enviado a dos brillantes oradores y hábiles parlamentarios. Washington sólo a un ex-senador. Sus otros representantes eran empresarios. La expectativa norteamericana no engarzaba con el espíritu de confrontación de la delegación argentina. El Evening Post afirmaba que “a las compañías de vapores que ayudaron a ponerlo donde está, es a quienes quiere contentar Blaine”. El Times agregaba “por cuanto se ve, va a parar este Congreso en una gran casa de subvenciones para vapores”. El New York Herald titulaba: “Magnífico anuncio para Blaine.” Martí en La Nación transcribía la franqueza del Sun: “Compramos a Alaska ¡sépase de una vez! para notificar al mundo que es nuestra determinación formar una Unión de todo el norte del continente con la bandera de las estrellas flotando desde los hielos hasta el istmo, y de océano a océano”.

Argentina en cambio suponía que el futuro propiciaría una competencia entre iguales, en cuyo transcurrir nuestro país superaría a EEUU por el decurso natural de las cosas. Era el corazón de la disputa, aunque el desacuerdo formal radicara sobre la unión aduanera, y los tratados de reciprocidad comercial. Sáenz Peña sostuvo que “las repúblicas hispanoamericanas viven de sus productos y de sus materias y necesitan de todos los mercados del mundo para el desarrollo y progreso comercial de sus respectivos pueblos”… “América se inclina a mantener y desarrollar las relaciones con todos los estados y la doctrina debe ser: América para la humanidad”...“Intentar garantizar el libre comercio a través de mercados no intercambiables o no complementarios sería una lujuria utópica y una ilustración de esterilidad”.

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Alcanzada la organización nacional, la política exterior fue desafiante hacia EEUU. Ese desafío se reveló a largo plazo contrario a nuestros intereses, por no haber asumido el rol de líder latinoamericano. Entre 1890-1900; y 1900 a 1914, la economía vivió una supuesta grandeza que ocultó su vulnerabilidad estructural. Resistió la crisis Baring, y las exportaciones de granos se expandieron a un ritmo sin precedentes. La mira de EEUU era el comercio hemisférico; el interés argentino no. Sáenz Peña atacó la política proteccionista, y acusó a Blaine de procurar convertir en vasallos económicos a estados soberanos. Joseph A. Tulchin narra que “desconcertados por la agresividad y la constancia de los ataques argentinos, los delegados norteamericanos se retiraron y se contentaron con someter la mayoría de sus propuestas a un estudio más profundo por parte de comités permanentes y asegurar la aceptación de la idea de mantener en el futuro una segunda conferencia panamericana en Ciudad de México”. Describe así nuestra posición: “Estos principios o supuestos implicaban que el bienestar argentino requería de relaciones fluidas y abiertas con las naciones de Europa, que representaban el mercado principal para sus exportaciones; que la Argentina no tenía ni necesitaba particularmente de relaciones estrechas con el resto de América latina y que era de alguna vaga manera superior a aquellos países, y que los EEUU representaban un competidor. Era un competidor cuyas habilidades materiales no podían negarse y que podrían hasta ser dignas de emulación pero, de alguna manera, no merecía respeto”. Años después Sáenz Peña reflexionaba en una carta a Adolfo Saldías: “ sin pretender enajenarnos de América, mis preferencias son hacia Europa en el sentido de nuestra cordialidad hacia las grandes potencias del Viejo Mundo”. Sáenz Peña tenía la convicción que nuestro futuro estaba asegurado, a prueba de despilfarros. Lo exteriorizó tanto desde el Club del Progreso, como cuando ejerciera la presidencia de la nación. “Para sumarse a la fiebre de lujo y derroche de la sociedad en plena efervescencia, la Comisión autoriza la venta en remate del antiguo mobiliario del Club y la compra de uno nuevo. En un alarde de europeización, y adelantándose a lo que años después hará Sáenz Peña en la Casa de Gobierno, lo pobres porteros del Club son disfrazados con trajes Luis XVI” (Lucía Gálvez dixit).

Argentina hubiera podido liderar sin riesgos un frente común de negociación. EEUU carecía de interés para imponer un proyecto imperial. Había utilizado la guerra como instrumento de anexión en sus vecindades, pero hasta allí llegaba la vocación de su ejército. Hoy son otras las circunstancias, pero similar el reto. Argentina debe apuntalar al nuevo guía–Brasil- para concretar una organización económica alternativa. Dar al MERCOSUR y a la UNASUR una finalidad común. Aún son, para Roberto Mangabeira Unger, cuerpos sin espíritu integrados por “países que se portan demasiado bien y se han rendido”, y “rebeldes que abrevan en el pantano de la confusión”.

(*) Decano de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales (UMSA). Ex vocero de Raúl Alfonsín.