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Berlusconi y los monarcas republicanos: qué bien les vendría a los italianos darse una vuelta por la Argentina

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"Silvio, eres más grande que Julio César". El cartel, sostenido por un jubilado italiano, resume, según opinión de un cronista, el mitin celebrado el sábado pasado en Roma dónde, copiando cánticos del fútbol, Silvio Berlusconi y el Pueblo de la Libertad (PDL) salieron a la calle para atacar a la izquierda, a los jueces y para defender el eslogan "el amor vence siempre sobre el odio y la envidia".

Según los organizadores, un millón de personas o cien mil, según la prensa, se reunieron en la plaza de San Juan de Letrán para escuchar la novedosa propuesta lanzada por Berlusconi: la elección directa del primer ministro y del presidente de la República.

En los sistemas parlamentarios el primer ministro es siempre designado por el Parlamento, donde en esa elección generalmente sólo interviene la Cámara de Diputados. Es una de las señas de identidad del parlamentarismo, dado que se considera que el ejecutivo actúa como mero delegado del Parlamento, quien siempre conserva el poder de cesarlo, a través de la moción de censura.

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Es, además, un gobierno de tipo colectivo, donde los ministros del Gabinete tienen un rol relevante y no pueden ser cesados fácilmente por el primer ministro, cuando representan a alguna de las fuerzas políticas coaligadas que sostienen al Gobierno.
Por su parte, el presidente de la República, en los sistemas parlamentarios que no son monarquías, asume el rol de Jefe del Estado y es considerado un poder arbitral, que está por encima de los tres poderes tradicionales y de las querellas partidarias. Para garantizar su imparcialidad se considera que no puede ser elegido popularmente, dado que en ese caso representaría a un partido.

En Alemania, por ejemplo, el presidente es elegido de modo indirecto, por una numerosa Asamblea, en la que participan alrededor de 1.200 compromisarios, en representación del Bundestag (cámara baja) y los parlamentos regionales (länder). En Italia, la elección también es indirecta y el Colegio que elige al presidente por siete años con una mayoría de dos tercios, está integrado por la Asamblea de diputados y senadores y tres representantes por cada región.

Por consiguiente, la designación popular del primer ministro y del presidente que postula Berlusconi -y que naturalmente requeriría una reforma constitucional- convertiría al sistema parlamentario italiano en un sistema presidencialista o semi-presidencialista. Está claro que la elección popular del primer ministro es incompatible con un sistema parlamentario. En cambio, la elección popular del presidente es característica de los sistemas semi-presidencialistas, como el francés.

En relación con la propuesta de Berlusconi, uno de los problemas que se achaca al presidencialismo es justamente la elección popular del presidente. Esa legitimidad de origen, ganada en una elección popular, lo dota de un enorme poder simbólico y puede convertir al presidente en una suerte de monarca republicano, dispuesto a utilizar ese poder en la dirección que estime más apropiada.

El reconocido politólogo argentino Guillermo O'Donell ha elaborado una consistente tesis sobre las denominadas democracias delegativas, para describir aquellos gobiernos que si bien tienen un origen legítimo, ganado en elecciones democráticas, poco a poco van acumulando más poder, no reconocen los límites constitucionales-legales del resto de poderes del Estado e incurren en una transgresión o extralimitación de las fronteras institucionales legalmente establecidas. Un reciente artículo de actualización de su tesis se puede leer en el blog del Club Político Argentino (www.clubpoliticoargentino.blogspot.com).

La concepción básica de las democracias delegativas es que, con la elección popular, el presidente ha recibido un mandato amplio, lo que le permite tomar las decisiones que mejor le parecen y que quedan sujetas sólo al resultado de futuras elecciones presidenciales.

Por consiguiente, para esta visión, las instituciones, que en el diseño constitucional están para controlar al Ejecutivo, o las agencias de control horizontal, debido a su constante interferencia, se convierten en un molesto estorbo, dado que -en un lenguaje presidencial cercano- no hacen más que poner "palos en la rueda".

El presidente, elegido popularmente, se considera el más autorizado intérprete de los grandes intereses de la Nación y se siente que está por encima de las visiones parciales y egoístas de los otros actores institucionales. Afirma, dicotomizando el campo político, que frente a una mayoría que está "a favor del país", se alzan grupos de intereses corporativos egoístas. En respuesta a la irritación que produce en el líder lo que considera injustificables oposiciones, aumenta el riesgo de una creciente deriva autoritaria.
Como auténticos "salvadores de la patria", los presidentes elegidos popularmente se resisten a tener aliados y exigen de sus colaboradores una adhesión incondicional. No soportan la autonomía de sus ministros y, cuando éstos adquieren cierta relevancia, son despedidos abruptamente y arrojados al campo de los "traidores".

La consecuencia práctica de esta concepción es que las decisiones presidenciales, al no pasar por los filtros de otras instituciones ni buscar los consensos básicos en cuestiones de políticas de Estado, son abruptas, espasmódicas, inconsultas, precipitadas y poco eficaces. Guillermo O'Donell señala como ejemplo de democracias delegativas en el pasado a las presidencias de Menem, Fujimori y Collor de Mello, gobiernos caracterizados por su impronta neoliberal. En la actualidad, las nuevas democracias delegativas, las sitúa en la Argentina, Venezuela, Ecuador y Nicaragua, en donde si bien predomina un sesgo más popular en las políticas económicas, coinciden con las precedentes en el desprecio por los límites institucionales. O'Donell señala que no es mera casualidad que las democracias delegativas surjan en países que han tenido una fuerte tradición populista. Por lo tanto, la izquierda italiana bien podría promover visitas turísticas-instructivas a las nuevas democracias delegativas latinoamericanas para que los jóvenes italianos puedan conocer de primera mano los resultados a los que puede llevarlos la propuesta de Berlusconi. Otra opción, más económica, sería repasar simplemente la historia italiana, poniendo la atención sobre el período que se inicia en el año 1922.

(*) Agencia DYN