César espera su turno para llegar al cajero y extraer dinero. Está parado frente a la Plaza de Libertador General San Martín, ciudad más conocida como Ledesma. Esta es una palabra que impregna todo lo que se siente alrededor. El departamento se llama Ledesma. El barrio que era del ingenio hace algunos años, es nombrado como “pueblo de Ledesma”. Caminar por las calles de esta ciudad es como caminar por la ciudad Ledesma SA. Todo remite al histórico ingenio comandado por la familia Blaquier.
César nada dice de los Blaquier, como tampoco lo hace Natalia desde su verdulería enclavada en pleno “pueblo de Ledesma”, y tampoco Juan, que utiliza su tiempo de jubilado del ingenio para podar las rosas que dan a la calle. Pero todos conocen la “Rosadita”, la “Lechería” y la “Biblioteca”, lugares emblemáticos que la Justicia allanó como parte de la causa contra Carlos Pedro Blaquier, el dueño de Ledesma, por supuesta colaboración con la dictadura.
“Ledesma nos da trabajo, las cosas mejoraron mucho y dan ganas de trabajar, el sueldo es seguro, estamos en blanco, con los aportes hechos. La empresa además donó tierras para viviendas. La empresa es muy importante. No sé si quienes no trabajan en Ledesma lo podrán entender, pero tengo más de veinte años de servicio y mi padre también”, cuenta César, mientras el resto de quienes también esperan en la fila para llegar al cajero automático asienten en silencio.
Es extraño para quien no conoce la idiosincrasia local comprender que la identidad de quienes aquí viven está vinculada a la empresa del poderoso Blaquier, pero inevitablemente es así. Generaciones completas vivieron al abrigo de Ledesma SA. Ese olor tan especial al que uno se va acostumbrando mientras pasan los minutos es el perfume que sintieron cada día de sus vidas. El humo de las grandes chimeneas es parte del paisaje del cielo de Ledesma.
Natalia vende verduras a vecinos del ingenio. Ese pequeño local que antes era una de las innumerables propiedades de Blaquier, es toda su riqueza que se encuentra a sólo tres calles de “la Rosadita”. “Sin el ingenio no habría trabajo, es la base económica de todos nosotros. A mi negocio viene la mayoría de los empleados de la empresa. Lo que se ve aquí era todo del ingenio, la lechería, el hospital, todo lo hizo la empresa, las casas también”, afirma Natalia.
De las historias del pasado la mayoría no opina. Miran en silencio los diarios y se enteran de las marchas populares en contra del dueño de “la empresa”. Observan casi de reojo los pasos de la Justicia, mientras siguen viviendo esa vida tan cotidiana vinculada a uno de los hombres más poderosos del país. “La verdad es que yo no estuve en esa época, aunque entiendo a la gente que dice haber sido víctima de aquellos tiempos. Pero como a mí no me pasó, no puedo opinar”, dice tímidamente Natalia.
Lea la nota completa en la edición impresa del diario PERFIL.