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POLITICA / Documento exclusivo
lunes 11 noviembre, 2019

Manifiesto del Grupo de Puebla: "Somos parte de la larga marcha de nuestra América Latina por su liberación"

El espacio integrado por expresidentes y líderes latinoamericanos emitió un documento en el que detalla su postura en relación al contexto social que atraviesa la región.

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La expresidenta de Brasil, Dilma Rousseff, y el presidente electo argentino Alberto Ferández, dos de los miembros del Grupo Puebla en el encuentro realizado en Buenos Aires. Foto: Pablo Cuarterolo

El Grupo de Puebla, espacio integrado por expresidentes y líderes latinoamericanos, emitió luego de concluir el foro realizado en Buenos Aires, una serie de documentos con las conclusiones del encuentro. Uno de ellos es un manifiesto con los valores del grupo, y a continuación se puede leer completo: "Somos parte de la larga marcha de nuestra América Latina por su liberación", señalaron en el texto en cuestión.

A continuación, el texto completo:

El Grupo de Puebla surge con el doble objetivo de pensar y articular. No busca suplantar ni competir con otras instancias existentes. Su Norte es abrir espacio a la innovación, a la imaginación, a las nuevas posibilidades que brinda el desarrollo vertiginoso de la ciencia, la tecnología y la inteligencia artificial. Su objetivo es contribuir a transformar no solo las estructuras materiales en que se asienta la dominación de los sectores populares sino también las estructuras de pensamiento que incentivan el egoísmo y el individualismo.

En consecuencia, privilegiará siempre el “nosotros” por sobre el “yo”, lo solidario por sobre lo individual. El Grupo asume como propio el desafío constitutivo de los partidos populares, la lucha por la igualdad social, pero asume al mismo tiempo la existencia de otros desafíos trascendentales: la igualdad de género, la sustentabilidad ambiental y la profundización de la democracia. Y no nos quedaremos en las puras palabras. Así, declaramos formalmente que no basta con la retórica de la igualdad de género, que el feminismo no puede ser solo un combate de mujeres. El gran desafío es que los hombres se vuelvan feministas. Mediante respuestas innovadoras el Grupo buscará ampliar las fronteras tradicionales de la izquierda para aportar a la construcción de una fuerza progresista robusta capaz de enfrentar esos enormes desafíos.

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El Grupo de Puebla surge en momentos marcados por una virulenta ofensiva conservadora y las derrotas de las fuerzas progresistas, nacional populares, de izquierda, socialistas y socialdemócratas en el mundo. Desde diversos puntos de nuestra geografía gobiernos de corte neoliberal intentan retroceder el reloj de la historia y ensayan fórmulas viejas y nuevas para preservar los privilegios de las élites económicas y financieras, nacionales y foráneas frente al interés de las grandes mayorías populares. Vivimos sin duda tiempos muy difíciles en los cuales se agravan las desigualdades, se pierden derechos sociales, se debilitan las instituciones democráticas, se pone en cuestión la subsistencia del planeta y se promueve desembozadamente la intervención militar externa para resolver conflictos internos.

En su momento de mayor euforia las derechas se apresuraron en anunciar la derrota definitiva del progresismo, denostado como populismo y el inicio de un nuevo ciclo de corte neoliberal. Su proyecto consistía en afirmar, en democracia, una hegemonía neoliberal en lo económico, autoritaria en lo político y conservadora en lo valórico. No lo consiguieron.

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En el último encuentro del Grupo Puebla, celebrado en Buenos Aires, participó el presidente electo, Alberto Fernández.

El Grupo de Puebla se sustenta inicialmente en el encuentro de 30 líderes representativos de 12 países. Se trata de hombres y mujeres que con un gran sentido de urgencia no se resignan a la derrota y el aislamiento y reivindican la necesidad de una acción basada en una reflexión lúcida y creativa sobre las tendencias de fondo que hoy día nos atraviesan. Somos un Foro de personas libres que busca generar ideas y propuestas que alimenten la construcción de fuerzas políticas capaces de sustentar procesos de transformación profunda.

Nuestros pueblos han identificado con claridad al adversario principal, y desde el Rio Bravo a la Patagonia, elevan sus voces para denunciar nuestra endémica desigualdad. Nuestra región, rica en recursos naturales y capacidades humanas, no resiste más una estructura social que concentra sus muchos frutos en un puñado estrecho de fortunas mientras condena a la mayor parte de sus ciudadanos al esfuerzo cotidiano de la sobrevivencia. Fortunas que, en la mayor parte de los casos, no derivan de la creatividad, el trabajo duro, la innovación o el compromiso de prosperidad compartida con las sociedades de donde extraen sus ganancias, si no de privilegios de cuna, clase y el abuso corrupto del capitalismo de amigos, que se ha servido de la cooptación del aparato público para fincar riqueza privada, vía privatizaciones ventajosas, bajos tributos, exenciones selectivas, contratos públicos discrecionales y regulaciones preferentes.

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Dilma Rousseff junto a Alberto Fernández en el encuentro del Grupo Puebla en Buenos Aires. Foto: Pablo Cuarterolo

"Nuestros países no resisten más patrones de producción y consumo que son social, económica y medioambientalmente insostenibles. Tenemos que superar un extractivismo rentista, insolidario con las generaciones presentes y futuras, omiso de política industrial endógena, que, apuesta a una inserción global con la pobre oferta de mano de obra barata, recursos naturales sin valor agregado y prescindencia de responsabilidad respecto a las múltiples externalidades negativas.

Nuestras sociedades aspiran, legítimamente, a una provisión justa de bienes públicos de calidad, de vocación universal y asentada en derechos. Aspiran, y ese es el esfuerzo que buscamos materializar, a que la salud, la educación, la previsión y la seguridad, publica y social, no sean bienes de consumo, sujetos a la oferta y la demanda, sino el piso común de nuestra ciudadanía compartida. Aspiran a que sus empeños y sacrificios, a que su trabajo y dedicación funden una sociedad justa, de trabaja, de derechos; una sociedad con mercado, pero no una sociedad de mercado.

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"El Grupo de Puebla se siente parte de la larga marcha de nuestra América Latina por su liberación. Soñamos con un continente integrado que haga posible el ejercicio de una democracia reenergizada, de alta intensidad, que combine la representación con la participación y el protagonismo popular. La democracia es inconcebible sin la celebración periódica de elecciones libres y limpias, Pero no basta. No nos contentamos con una democracia puramente electoral, que puede ser raquítica y sin capacidad de transformación. Queremos complementarla con amplias formas de participación popular. Asimismo, postulamos un desarrollo económico dinámico, respetuoso del medio ambiente y capaz de distribuir con justicia los frutos del crecimiento. Somos decididos partidarios de abolir la pobreza y limitar la riqueza de los poderosos.

No partimos de una hoja en blanco. Somos herederos de luchas centenarias que produjeron muchos héroes y mártires. En el período reciente, a finales del siglo pasado y en los albores del presente muchas fuerzas progresistas alcanzaron por la vía democrática el gobierno de sus respectivas naciones. Sus realizaciones son indiscutibles. Millones de personas salieron de la pobreza, se redujo parcialmente la desigualdad histórica y nuestras economías crecieron como nunca. Sectores históricamente marginados se hicieron visibles y adquirieron protagonismo. La verdad sea dicha, considerados en su conjunto esos gobiernos dieron vida a lo que en rigor se puede considerar la “década dorada de América Latina”. Este proceso inédito de inclusión modificó la estructura social de nuestros países haciendo emerger nuevos sectores medios portadores de demandas cualitativamente distintas y más difíciles de satisfacer.

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El último foro del Grupo Puebla se realizó en Buenos Aires y estuvo presente el presidente electo Alberto Fernández. Foto: Pablo Cuarterolo

Las derrotas que sufrimos en el pasado reciente tienen como un factor explicativo fundamental, justamente, la dificultad para responder a esas demandas que se asocian mucho menos a faltas de coberturas cuantitativas y mucho más a la ausencia de servicios de calidad en educación, salud, previsión o transporte. Se cometieron también errores y es importante identificarlos con rigor y asumirlos con humildad y franqueza para no volver a cometerlos. Tuvimos a nuestro favor un gran auge en el precio de nuestras materias primas. Es cierto, este permitió financiar como nunca antes en la historia grandes trasferencias de rentas hacia los sectores populares mediante nuevos y ambiciosos programas sociales. Pero eso no explica todo. En algunos casos, este aumento de las materias primas no fue el factor principal de crecimiento económico. Lo fue mas bien, el mercado interno dinamizado por la distribución de los ingresos. Los países de la región que no adoptaron esas políticas progresistas pasaron por el ciclo de alza de las materias primas sin reducir la desigualdad y sin enfrentar la pobreza.

Sin embargo, de manera general desaprovechamos la oportunidad para diversificar nuestra base productiva, en otros, no dimos el salto tecnológico necesario y terminamos reproduciendo nuestra especialización primario exportadora. Así cuando vino el ciclo de baja de los precios de nuestros principales productos de exportación nuestras economías acusaron el golpe y no pudieron asegurar la continuidad del proceso de inclusión social. En muchos casos nos faltó fuerza, pero también voluntad política para acometer reformas políticas de mayor calado que aportaran nuevas energías a nuestras democracias, abriendo paso a formas innovativas de participación ciudadana que permitieran romper la dependencia de fuerzas políticas menores expertas en el chantaje y las negociaciones espurias. Fuimos también deficitarios en cuanto a construcción de fuerza política propia. Si bien en algunos de nuestros países se han generado partidos y movimientos de una fortaleza notable, en otros sus estructuras son débiles y mantienen pocos lazos con los movimientos sociales.

En algunos casos fallamos también en la promoción de nuevos liderazgos susceptibles de asegurar la continuidad de los procesos de cambio que impulsamos. En democracia la perdurabilidad de las conquistas sociales depende de manera crucial de la calidad de las instituciones que las sustentan y de la fortaleza de las fuerzas sociales que las han promovido. En su ausencia, como lo hemos visto, estas pueden ser cercenadas y más aún, facilitar las regresiones autoritarias. En el plano de la siempre necesaria autocrítica debemos reconocer también que no fuimos siempre lo impecables que debíamos ser en materia de probidad, naturalizamos prácticas que hoy día con razón se rechazan y no combatimos con la intransigencia que correspondía los focos de corrupción. Sin embargo, hubo avances significativos en la lucha contra la corrupción en algunos países, en los cuales, anteriormente esas prácticas eran largamente toleradas.

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Pero, no somos ingenuos. En contra de los gobiernos progresistas se desató una ofensiva de gran envergadura. Incapaces de enfrentarnos a cara descubierta en el espacio abierto de la lucha social y política los defensores del status quo han ampliado y sofisticado su caja de herramientas apelando a los recursos que pusieron a su disposición los poderes fácticos. Así, recurrieron a los grandes medios de comunicación que se transformaron en muchos casos en los principales bastiones de la Oposición. Desde allí desplegaron feroces campañas de desprestigio y estimularon nuevas y muy sofisticadas formas de intervención judicial, manipulando de manera obscena procedimientos legales. Se desató en muchos casos, una autentica lawfare contra gobiernos y políticos progresistas utilizando el imprescindible combate a la corrupción como mera excusa para ataques con motivación ideológica. Mediante el uso faccioso de los medios de comunicación y la instrumentalización política de la justicia pusieron en cuestión la integridad de nuestros líderes para intimidarlos, silenciarlos y llegar incluso hasta su encarcelamiento como en el caso del ex Pdte. Lula".

Enfrentamos un contexto mundial marcado muy especialmente por el intento de la administración norteamericana de mantenerse como la potencia rectora del mundo. El conjunto del sistema multilateral, avance civilizatorio de la post guerra, ha sido puesto en cuestión. El fin de la guerra fría no abrió pasó a una época de paz; proliferan en la actualidad nuevos tipos de guerras, ya no sólo militares, sino que también comerciales y tecnológicas. Los progresos en la concertación para enfrentar el cambio climático están en entredicho. El calentamiento de la tierra presagia un futuro sombrío para nuestros hijos. En América Latina el gobierno norteamericano busca retroceder décadas atrás a la época en que las divergencias políticas se resolvían por medio de intervenciones militares.

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Si antes fue la guerra fría, hoy día es la disputa por la hegemonía global entre los EEUU, la potencia en declinación, y China, la potencia emergente la que determina la dinámica de los asuntos mundiales. No es por cierto la única disputa, pero si la preponderante. Frente a esta situación, a nuestra América Latina sólo le cabe asumir una posición de no alineamiento activo poniendo por delante los intereses de nuestros pueblos y haciendo respetar de forma intransigente nuestra soberanía.

La integración entre nuestras naciones es un imperativo cada vez más urgente. Para no terminar aplastados por la confrontación entre las superpotencias estamos obligados a generar, entre nosotros, una dinámica endógena que nos permita integrarnos entre nosotros y resistir la integración subordinada a las cadenas de valor construidas para asegurar la primacía de las grandes potencias. Partimos para ello de un punto muy bajo. Así como durante los gobiernos progresistas se dieron pasos fundamentales en materia de concertación política no ocurrió lo mismo en el terreno de la integración productiva y comercial. Por su parte los gobiernos de derecha se han dedicado, con cierto éxito, a demoler las instituciones que habían sido creadas para fortalecer nuestros procesos de integración. El desmantelamiento de UNASUR y el intento patético de reemplazarla por una instancia fantasma como PROSUR es una demostración del retroceso que hemos experimentado. La actual amenaza al Mercosur constituiría otro gigantesco retroceso que destruiría el corazón de la integración regional. Urge salir de la retórica grandilocuente, y para relanzar de manera práctica la integración debemos imaginar nuevas formas más participativas y menos burocráticas. En los asuntos globales, solo, cada uno de nuestros países, incluso el más grande, no pesa nada.

De una vez por todas, el progresismo debe ser capaz de elaborar una propuesta económica consistente. Reconozcámoslo: la economía es en general nuestro punto débil. Aparecemos a menudo como una fuerza eficaz para repartir, pero menos buena para crecer. Una fuerza con vocación de transformación profunda debe disponer de una sólida estrategia económica. La cuestión clave es la de la matriz productiva y de la forma de inserción en la economía mundial. No hay futuro en la mantención de una especialización primario exportadora que nos relega a la condición de retaguardia en las grandes cadenas de valor. Las nuevas tecnologías ofrecen amplias posibilidades para potenciar el crecimiento económico.

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El progresismo debe recurrir a ellas sorteando los peligros que resultan del monopolio que sobre ellas ejercen grandes corporaciones que se desentienden de los efectos adversos que pueden producir en cuanto a desempleo, precarización, nueva desigualdades y conflictos éticos y morales. Una estructura productiva dinámica, diversificada, basada en la agregación de valor y el trabajo calificado es la única capaz de sustentar en el mediano y largo plazo el esfuerzo de ampliación permanente de los derechos sociales. Nuestra propuesta económica debe asumir resueltamente la necesidad de avanzar hacia una política alternativa adscribiéndonos a las corrientes mundiales de economía crítica que ponen el énfasis en la calidad del crecimiento, la justa distribución de los ingresos, la prospectiva estratégica del desarrollo, la innovación tecnológica, la sustentabilidad, la transparencia y sana competencia en los mercados, la democratización del emprendimiento y la recuperación del rol del Estado como garante principal del bien común.

Debemos hacernos cargo de los peligros que corren en la actualidad nuestras democracias que tanto sacrificio costó recuperar. En la actualidad la mayoría de ellas languidece frente a la mirada indiferente y a veces enfadada de la ciudadanía. El juicio crítico de la gente tiene fundamento. En la gran mayoría de los casos las democracias no han estado a la altura de las expectativas. Existe, y muchos estudios así lo demuestran, una frustración democrática que se fundamenta en su dificultad para sacar adelante transformaciones estructurales mayores que permitan responder a demandas sociales crecientes. Este es un escenario propicio para las regresiones autoritarias que los sectores más reaccionarios de las derechas sueñan con protagonizar. Hay pruebas contundentes de que no se trata de una simple amenaza acariciada por sectores minoritarios, nostálgicos de las anteriores dictaduras. El peligro está a la vista. Tiene nombre y apellido.

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Los partidos populares tienen que hacer de la defensa de la democracia un objetivo central. No puede haber ambigüedades al respecto. Para ello es preciso insuflarle nuevas energías al sistema. Estas no pueden sino provenir de la participación organizada e informada del pueblo. El reimpulso de la democracia pasa por reformas políticas de gran calado. Se requieren mecanismos constitucionales que abran la participación política a la ciudadanía. De allí deben surgir nuevas instituciones como la Iniciativa Popular de Ley que le permite a los ciudadanos, si consiguen los, apoyos necesarios, exigir que el Parlamento se pronuncie sobre una determinada materia. De esta forma es posible canalizar positivamente energías que de forma se vuelcan hacia protestas que pueden terminar en una violencia inconducente. Hay que señalar que el ejercicio vertical del poder es, en las condiciones actuales, profundamente anacrónico. En la actualidad, las organizaciones modernas más eficientes se basan crecientemente en la horizontalidad y el trabajo en equipo.

Soplan en los últimos tiempos nuevos vientos. Grandes movilizaciones populares han puesto en jaque a varios gobiernos conservadores obligándolos a recular. Allí donde se creía que la hegemonía neoliberal había domesticado para siempre las conciencias se ha producido un despertar que ha sorprendido al mundo. Mauricio Macri, una de las adquisiciones recientes del neoliberalismo viene de sufrir una estrepitosa derrota en la primera vuelta de las elecciones argentinas. En condiciones extremadamente difíciles, le corresponderá a Alberto Fernández asumir el desafío gigante de sacar a Argentina del marasmo y la postración en el que la dejaron las fuerzas conservadoras. El Presidente Fernández es hoy día portador de enormes esperanzas. Su éxito será también el nuestro. Tanto como el éxito de Manuel López Obrador en México".

En este nuevo escenario que se va constituyendo y como lo acordamos en Puebla en la reunión constitutiva del Grupo convocamos a todas las fuerzas progresistas de la región a construir un nuevo proyecto común que, aprendiendo de nuestros errores y recuperando nuestra vocación de gobierno, nos permita recuperar la ilusión de una sociedad más justa, más solidaria y más igualitaria. Proponemos construir un programa de cambios acorde a los nuevos tiempos y que convoque a todos los sectores de la sociedad, acompañando muy de cerca los nuevos movimientos sociales que buscan la igualdad de los derechos de las mujeres, la defensa de los derechos humanos, la protección del medio ambiente, la inclusión social, el respeto de las minorías y una mayor transparencia y participación de la ciudadanía en la toma de decisiones.

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Para ello, las fuerzas progresistas impulsaremos un Plan de Acción, que siente las bases para una región más justa, libre y solidaria, trabajando juntos para erradicar el hambre, garantizando una alimentación nutritiva desde el nacimiento, base para el desarrollo cognitivo e integral de las personas; educación y salud pública de calidad junto con el acceso a una vivienda digna como pilares del desarrollo social; un sistema de seguridad social que asegure condiciones justas y dignas, crecimiento económico con inclusión, luchando contra la pobreza, la desigualdad, la precarización laboral y las nuevas formas de explotación; desarrollo ambientalmente sostenible que asegure nuestra participación activa en la lucha mundial contra el calentamiento planetario; la democratización del acceso a la innovación y la tecnología, para que pequeñas y medianas empresas también puedan participar en la nueva economía del conocimiento; seguridad y protección de la ciudadanía, promoviendo la integración y la convivencia como base para la paz social, la integración soberana al escenario mundial y a las cadenas de valor internacionales, y la profundización radical de la experiencia democrática, entre otros objetivos para emancipar a nuestros pueblos y a nuestros países.

F.D.S./F.F.


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