El discurso de Milei nos deja en un lugar claro y sin lugar a dudas que volvimos a una posmodernidad vergonzante, por momentos, dado que Gramsci no es bienvenido, pero tampoco ahora Maquiavelo como artífice clave en materia de política, moral e instituciones en la modernidad.
La visión crítica hacia Maquiavelo además afirma el pensamiento horizontal de la primacía de la economía y cultural sobre la política y el Estado. Los artefactos jerarquizartes y valorados son otros. La economía, incluso, es la cultura que se vuelve la nueva hegemonía con efectos que pueden dar lugar a un capitalismo abierto o no avanzar y seguir mercantilizados.
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En el Foro de Davos quedó claro que el relato es el instrumento de la batalla cultural, o contra batalla cultural enfocada hacía el socialismo y semejantes. Se diluyen soberanías a criterio de otros intereses de mercado y culturas occidentales que son vistas positivas frente al multiculturalismo que debe ser doblegado. Ese relato cultural, con base en la economía de Rothbard (entre otros) es digno de subrayarse dado que condensa la crítica al Estado y la primacía del intercambio eficiente frente a toda burocracia monopólica o totalizante. Burocracia parasitaria, dixit.

Así, el Estado pierde la providencial legitimidad y función de disposición y regulación para que la multiplicidad de la sociedad y el avance tecnológico tengan la agenda y el sentido aglutinante de las políticas que se entiendan por proceso de evolución más efectivas para producir bienes a los individuos. No podemos decir, como ya se ha dicho muchas veces, que estamos ante la muerte de la política. No, es sólo la pretensión del fin de un modo de pensar la política para pasar a otro modo de hacerlo, pensarlo y darle legitimidad y aceptación. Esto es posmodernidad pura y en disputa.
Es claro entonces que en ese cambio la dimensión económica se vuelva cultura, la técnica y sus resultados se sobreponga a valores arraigados y pluralistas o sin finalidad económica y que por tanto pierden legitimidad de apalancarse en argumentos de distribución y justicia.
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Por todo lo anterior, bien dejó en claro que ética, política y eficiencia no pueden separarse. Es más, deben alinearse y el Estado debe dejar de lado su lógica extractiva, que es lo mismo que decir que las corporaciones y grupos de interés deben dejar de pensar en su propio beneficio y la captura de las instituciones estatales.

Sin Maquiavelo y subido definitivamente a Rothbard al ring de los relatos de época, al menos para nosotros, la modernidad entró en crisis.
Se busca cultura para ganar, una moral para volver al centro del poder al individuo y al capitalismo que sostenga a la realidad frente a un Estado sin más monopolio de la verdad. La verdad está ahí afuera y la construyen los que demuestran con efectividad como pueden cambiar el orden, el valor de las cosas, mejoran la vida propia y de terceros, y aspiran a dejar de lado las ataduras de culturas pétreas que no han hecho más que mantenernos en la opacidad tras el ropaje de la justicia social.
Re bienvenidos a la posmodernidad argenta.
Javier A. Cubillas es Analista de Asuntos Públicos