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MODO FONTEVECCHIA
El editorial de Jorge Fontevecchia

Día 773: El teorema de Milei que refuta a Maquiavelo, Pareto y Stuart Mill

El discurso de Javier Milei en Davos fue más sobrio que sus intervenciones habituales. Sin embargo, esa moderación formal no implica moderación conceptual: glorificó al mercado, eliminó la política como disciplina específica y apuntó contra todo pensamiento de equidad.

Día 773: El teorema de Milei que refuta a Maquiavelo, Pareto y Stuart Mills
Día 773: El teorema de Milei que refuta a Maquiavelo, Pareto y Stuart Mills | CEDOC

El discurso de Javier Milei en Davos 2026 abandonó el exabrupto, pero radicalizó sus tesis: identificando justicia y eficiencia como una misma cosa y negando a la política toda especificidad. Al rechazar a Maquiavelo, el utilitarismo y la distinción paretiana entre eficiencia y equidad, convierte una discusión económica en una moral absoluta donde el mercado actúa como único juez legítimo.

Toda redistribución aparece como injusta, toda regulación como un daño y la desigualdad deja de plantear un problema ético para volverse un resultado natural. La democracia, tratada como estorbo, pierde valor propio frente a una lógica de resultados que consagra a los ganadores del sistema.

Esta visión se combina con el aceleracionismo tecnológico, que propone no gobernar ni corregir el capitalismo y la innovación, sino empujarlos al máximo incluso al costo de crisis sociales. El “teorema de Milei” formula así una restauración moral del mercado, el cual no tendría nunca fallas como los monopolios, que desplaza los valores democráticos por velocidad, fe en el mercado y una ética que no se basa en buscar el bienestar general.

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Como decíamos. El discurso de Javier Milei en Davos 2026 fue más sobrio que sus intervenciones habituales, y muy sobrio si lo comparamos con el escándalo de 2025, cuando atacó al movimiento LGBT. Esta vez no hubo exabruptos, insultos ni gestualidades excesivas. Milei habló como profesor más que como agitador. Esa moderación formal, sin embargo, no implica moderación conceptual.

El Presidente optó por una exposición de teoría económica más que por definiciones políticas. Citó autores de forma dispersa, reivindicó a la Escuela Austríaca y recorrió modelos abstractos del ideario capitalista, combinándolos con una apelación cultural a la filosofía griega, el Derecho Romano y los valores judeocristianos como salvación de Occidente.

La exposición partió de la siguiente premisa: justicia y eficiencia son inseparables. Todo sistema que intente corregir los resultados del mercado en nombre de la justicia termina destruyendo la eficiencia y, con ella, el bienestar general. Esto conduce al intervencionismo estatal, que para Milei es equivalente a socialismo, lo que lleva a la decadencia de la civilización y a la injusticia.

El presidente comenzó su alocución con una frase provocadora: “Maquiavelo ha muerto”. Según dijo, "durante años se nos deformó el pensamiento presentándonos un falso dilema al diseñar políticas públicas donde se debía optar entre la eficiencia política en contraposición al respeto de los valores éticos y morales de Occidente". El primer punto no es económico sino político. Milei trae a Maquiavelo para refutar la idea de que la política tenga una lógica propia, autónoma de la moral y de la economía. Para Milei, la política no crea orden, lo perturba.

En Maquiavelo, la política se piensa como una técnica para sostener el poder y administrar conflictos; los valores son contingentes frente a la eficacia de sostener el poder. Por eso se ha popularizado que el pensador sostenía que “el fin justifica los medios”, aunque él nunca haya dicho esa frase así. Sin embargo, hay que tener en cuenta su importancia como fundador de la filosofía política.

El aporte del pensador es desnudar los mecanismos del poder por fuera de la visión teológica, es decir, dar vuelta la página con la idea de que toda política está marcada por la religión: analizar la técnica y aconsejar de manera “realista” a los gobernantes. La refutación de Milei representa una vuelta a la visión teleológica. Para Milei, la lógica es la inversa: no puede haber eficiencia política si se sacrifica el respeto por los valores éticos y morales que, según él, fundan a Occidente. El problema es: ¿cuáles son esos valores éticos y morales?

En su esquema, lo justo no puede ser ineficiente ni lo eficiente injusto, una tesis categórica que niega cualquier autonomía de lo político como esfera distinta de lo moral. Es decir, barre bajo la alfombra el complejo equilibrio que hay entre fines y medios. Pone el carro delante del caballo. Para él, medios eficientes llevan a fines justos. El capitalismo de libre mercado, sin ningún tipo de intervención, es éticamente justo. Y la ética y la moral correctas se igualan al libertarianismo.

Sin esta distinción, se vuelve a una concepción teleológica. Mientras defienda las ideas del capitalismo de libre mercado sin intervención, estaré haciendo lo correcto. Esta refutación tiene consecuencias profundas, porque si la política no tiene legitimidad propia, entonces la democracia deja de ser un valor en sí mismo. No es casual que Milei hable constantemente de libertad y casi nunca de democracia. Para Milei, el Estado contamina la moral del sistema social. ¿Pero cómo podemos definir o evaluar el grado de justicia de una sociedad?

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En otro fragmento, Milei critica una de las formas de evaluar la justicia en la sociedad. “Hoy más que nunca, frente a la degradación ética y moral que atraviesa Occidente, fruto de haber abrazado la nueva agenda socialista, es necesario volver a impulsar las ideas de la libertad. Sin embargo, a diferencia del modo en que se encaró en el pasado, basado en un enfoque utilitarista, hoy la defensa del sistema capitalista de libre empresa debe estar basada en su virtud ética y moral. Esto es, como señala Israel Kirzner, los socialistas de hoy no niegan la superioridad del capitalismo en lo productivo, lo cuestionan por ser injusto. Por ello, no basta con que el sistema sea más productivo, ya que, si su raíz fuera injusta, el capitalismo no merecería ser defendido", expresó.

Milei habla de justicia y de moral, contrario a lo que propone. Milei contrapone el Derecho Romano, que estableció las bases de la propiedad privada, al utilitarismo. El utilitarismo de John Stuart Mill sostiene que la acción moralmente correcta es aquella que maximiza la felicidad o el bienestar general, entendiendo la felicidad como placer y ausencia de dolor.

Desde esta perspectiva, Mill acepta que la producción de riqueza puede regirse por leyes económicas propias, pero considera legítimo que la sociedad intervenga en la distribución si ello aumenta la felicidad colectiva y reduce sufrimientos evitables. Así, su utilitarismo no justifica cualquier resultado del mercado por el solo hecho de ser eficiente, sino que evalúa las consecuencias sociales y morales de las instituciones según su capacidad para promover el mayor bien para el mayor número.

Además, la separación entre producción y distribución que introduce Mill es una de las bisagras teóricas más importantes de la economía política moderna. En Principles of Political Economy (1848), Mill sostiene que las leyes de la producción responden a condicionantes técnicos y naturales, como tecnología, organización del trabajo, recursos disponibles, y, por lo tanto, no pueden alterarse arbitrariamente.

Pero la distribución de la riqueza, en cambio, no deriva de esas leyes naturales sino de instituciones humanas: normas jurídicas, costumbres sociales y decisiones políticas. Al afirmar que la distribución es un asunto social y no natural, Mill hace progresar al liberalismo clásico que presentaba la desigualdad como un resultado inevitable del funcionamiento económico.

Ese quiebre tiene consecuencias decisivas. Al desacoplar eficiencia productiva y justicia distributiva, Mill habilita la idea de que una sociedad puede ser económicamente eficiente y, al mismo tiempo, profundamente injusta. La desigualdad deja de ser una fatalidad técnica y pasa a ser una elección colectiva.

Por eso, sin ser socialista, Mill abre el campo a políticas redistributivas, impuestos progresivos, cooperativismo y reformas de la propiedad sin violar ninguna “ley económica”. Justamente lo que Milei rechaza de plano: la posibilidad de politizar la distribución. Al volver a fusionar producción y distribución, el discurso libertario clausura ese espacio y restituye una moral absoluta del mercado, donde toda desigualdad aparece como justa por definición y toda corrección como una herejía.

Milei no dice cuál es su concepción de una sociedad justa, pero rechaza que el objetivo ético de la sociedad sea el que sostienen los “utilitaristas”, es decir, rechaza que la ética de una sociedad deba estar basada en buscar el bienestar y la felicidad de la mayoría. Pero si la sociedad no interviene y la única justicia es la que rige la propiedad privada y la mano invisible del mercado de Adam Smith, llevado al extremo, sería justo que alguien se muera de hambre. O sería justo que se profundice cada vez más la desigualdad social, como está ocurriendo actualmente.

Javier Milei en Davos

Datos recientes de Oxfam expusieron una concentración récord de la riqueza: los multimillonarios incrementaron un 16% su patrimonio en 2025, alcanzando cifras históricas, mientras la mitad de la humanidad vive en la pobreza y una de cada cuatro personas sufre inseguridad alimentaria.

Para Milei, el mercado es perfecto y es la única justicia, porque se desprende del derecho natural. Es una concepción teleológica que libra de responsabilidad a los gobernantes de generar sociedades más equitativas. Los neoclásicos, guiados por una idea de la mano invisible basada en el óptimo de Pareto, lograron derivar el primer axioma de la economía del bienestar, esto es, todo equilibrio competitivo es óptimo de Pareto. Sin embargo, esto implicaba abrazar una estructura matemática que dejaba abiertas las puertas a la intervención estatal, bajo las buenas intenciones de corregir los fallos de mercado, los cuales no existen, afirmó el Presidente en Davos.

Si los fallos de mercado no existen, el mercado es el único parámetro ético de una sociedad y eliminamos el análisis de la relación entre fines y medios. Lo que queda es que nadie puede reclamarle al Estado ni a los gobernantes por la desigualdad social.

Un ejemplo típico de las fallas de mercado son los monopolios. Para que haya mercado de libre competencia, tiene que haber Estado que regule, impidiendo la existencia de monopolios y grandes empresas que abusen de su posición dominante. Justamente ayer, el paper que Milei publicó con Damien Reidel, “Cuando la regulación frena el crecimiento. Sintéticamente, regulación mata innovación”, indirectamente justifica los monopolios.

Glorificando al mercado y eliminando la política como disciplina específica, Milei apunta contra todo pensamiento que apunte a generar una sociedad con mayor equidad, tildándolo de “socialista” y “decadente”. Esto habilitaría al socialismo, aunque Mill no lo pretendiera, porque desacraliza la propiedad como dato natural. Si la distribución es institucional, la propiedad privada no es un hecho natural, sino una convención social revisable. Este punto es central para el socialismo: la propiedad puede ser reformada, incluso socializada, sin violar ninguna “ley económica”

También separa eficiencia de justicia. Mill permite decir: que un sistema puede ser productivo y, al mismo tiempo, injusto. Esto abre el espacio para: cooperativismo, impuestos progresivos, participación obrera y redistribución. Todo eso sin negar la lógica productiva.

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Luego de atacar a Maquiavelo y a los utilitaristas, apuntó también contra Pareto. “Mientras el PIB crecía, la pobreza extrema cayó de niveles del 95% al 10%. Sin embargo, esta maravilla implica la existencia de rendimientos crecientes, lo cual, en economía se lo asocia a estructuras de mercados concentrados y ahí es donde surge el dilema de política pública entre eficiencia paretiana y justicia", expuso.

Luego, agregó: "En el análisis paretiano, los rendimientos crecientes implican la existencia de no convexidades en el conjunto de producción que no permiten derivar una función de beneficios que arroje un máximo, por lo que ni la oferta de bienes ni la demanda de insumos son óptimas. Frente a ello, se propone regular a las empresas y asimilarlas a un caso perfectamente competitivo. Esto es, matar los rendimientos crecientes y con ello el crecimiento". Parece que la tiene con los italianos.

Vilfredo Pareto fue un economista y sociólogo que buscó separar con rigor el análisis científico de los juicios morales. En economía, su aporte central fue el criterio de eficiencia que lleva su nombre, según el cual una situación es óptima cuando no puede mejorarse la posición de alguien sin empeorar la de otro, sin que eso implique que dicha situación sea justa o deseable. Distinguía claramente entre eficiencia y equidad, y sostenía que la ciencia económica no podía decidir cómo debía distribuirse la riqueza, solo describir las consecuencias de distintas distribuciones.

Milei rechaza de plano la separación entre producción y distribución que mencionamos sobre Stuart Mill. Para él, no existe un problema distributivo independiente del proceso productivo. Toda intervención redistributiva altera los incentivos y reduce la riqueza total; por lo tanto, es injusta. El problema de este enfoque es que, justamente, desdeña el problema de la distribución.

Pareto no era un socialista. Su famoso óptimo describe situaciones donde nadie pueda mejorar sin que otro empeore. Milei transforma esa descripción en una acusación: toda política que busque mejorar la situación de unos a costa de otros es, por definición, injusta. En esa lectura, el Estado aparece como un actor que introduce distorsiones artificiales. Impuestos, regulaciones y transferencias no corrigen fallas, sino que crean nuevas.

Además, la eficiencia paretiana es estática y no dice nada sobre la productividad futura ni sobre las condiciones reales de competencia. Una economía con desigualdad extrema, rentismo protegido y concentración de poder puede ser perfectamente Pareto-óptima y, al mismo tiempo, socialmente coercitiva e improductiva.

Quitar una renta, romper un oligopolio o corregir una dotación inicial injusta casi siempre genera perdedores en el corto plazo, pero puede ampliar la competencia, la inversión y el bienestar general en el largo plazo. Cuando el libertarismo absolutiza a Pareto, termina defendiendo al rentista en nombre del mercado y confundiendo “nadie empeora” con “nadie es forzado”. Allí, Pareto deja de servir para entender la economía real y pasa a funcionar como escudo retórico contra cualquier reforma que toque intereses consolidados.

A pesar de las críticas populares, el capitalismo de libre empresa no socava los valores morales. Después de todo, el progreso económico vía el mecanismo de la mano invisible surgió de los sentimientos morales de Adam Smith y la era moderna debe su existencia a las virtudes burguesas de McCloskey”, dijo Milei, y añadió: "Gracias al gran trabajo de Huerta de Soto en el desarrollo del concepto de la eficiencia dinámica y la puesta en práctica en Argentina, esto nos permite estar seguros que el dilema entre eficiencia y justicia es falso. Esto es, los mercados no sólo son superiores desde lo productivo, sino que también son justos. Y que por ende las políticas públicas deben estar guiadas por la ética y no el utilitarismo".

Cuando Milei coloca a Federico Sturzenegger como el anti-Pareto del siglo XXI, lo que está haciendo es negar la legitimidad de cualquier criterio distributivo. No hay “mejoras sociales” fuera del mercado. El único juez válido es el resultado de los intercambios voluntarios.

Esto implica una redefinición de la ética social. Lo justo no es lo equitativo. La desigualdad no es un problema moral si surge del mercado. El problema moral, para Milei, es impedir que alguien se apropie del fruto total de su producción. Es decir, nadie debe nada a la sociedad.

Desde esta perspectiva, la justicia social no solo es ineficiente, sino inmoral. Se basa en la coacción y en la apropiación del esfuerzo ajeno. Milei la combate tanto desde sus resultados empíricos como desde su legitimidad ética, que para él, como vimos, son equivalentes.

En Davos, el Presidente también reafirmó su alineación con el programa de Donald Trump. “La intervención y la regulación son dinámicamente ineficientes, por ser violentas y por ende injustas. Es por ello que desde la llegada a la administración en 2023 hemos llevado a cabo, gracias a la ciclópea tarea del ministro Federico Sturzenegger, 13.500 reformas estructurales, las cuales hoy nos permiten tener una economía más eficiente dinámicamente, lo cual nos permitirá volver a crecer. Esto es Make Argentina Great Again".

Donald Trump en Davos

“Make Argentina Great Again” no remite solo a crecimiento económico, sino a una restauración moral y cultural: volver a un orden previo a lo que él identifica como la degradación provocada por el estatismo, el progresismo y la corrección política. Argentina, en ese esquema, debe imitar a Estados Unidos cuando, al revés, la política económica de Trump es intervencionista en el mercado, con un Estado prepotente. Si el país no “es grande”, no es por fallas estructurales ni por relaciones históricas de dependencia, sino porque el Estado interfirió donde no debía.

MAGA deja de ser un eslogan estadounidense para convertirse en un programa transnacional, que propone reemplazar la democracia deliberativa por una lógica de resultados y el pluralismo por una moral única del mercado. La política ya no organiza la sociedad: apenas debe despejar el camino para que los “ganadores” hagan su trabajo.

Y, hablando de “ganadores”, veamos lo que sugiere Milei sobre las perspectivas y cambios que implican las nuevas tecnologías. “A la inteligencia artificial podríamos verla como la versión siglo 21 de la fábrica de alfileres de Adam Smith. Es decir, un potenciador de rendimientos crecientes y con ello mayor crecimiento y bienestar. Por lo que lo más responsable que pueden hacer los Estados respecto al tema es dejar de fastidiar a quienes están creando un mundo mejor”.

Esta idea de que “los políticos deben dejar de fastidiar a quienes están haciendo un mundo mejor” se inscribe en una matriz ideológica más amplia que conecta a Milei con otros líderes de la nueva extrema derecha global. No se trata solo de antiestatismo clásico, sino de una desconfianza profunda hacia la democracia como mecanismo de decisión colectiva.

Allí aparece el vínculo con lo que algunos autores llaman tecnofeudalismo: un orden en el que grandes corporaciones tecnológicas concentran datos, infraestructura y poder normativo, desplazando a los Estados y reduciendo la soberanía popular a una formalidad vacía.

En ese entramado también opera el aceleracionismo, una corriente que sostiene que las dinámicas del capitalismo y de la tecnología no deben ser contenidas ni corregidas, sino empujadas al máximo, aun cuando generen crisis, desigualdades o disrupciones sociales. La premisa es que cualquier intento de regulación solo retrasa lo inevitable.

Para Milei, regular la inteligencia artificial sería repetir el error histórico de frenar la innovación en nombre de la protección social. El progreso no se discute, no se administra y no se orienta políticamente: se acelera. Este enfoque convierte a la tecnología en una fuerza casi autónoma, desligada de responsabilidades sociales o decisiones éticas. La innovación deja de ser un medio para mejorar la vida colectiva y pasa a ser un fin en sí mismo.

En esa lógica aceleracionista, los costos sociales, como desempleo, concentración de poder y vigilancia masiva, no son problemas a resolver, sino daños colaterales aceptables en nombre de un futuro prometido. La política, en lugar de corregir esos efectos, es vista como un obstáculo que hay que remover.

La coincidencia con muchos empresarios del sector tech no es casual. Parte de ese mundo imagina una sociedad posdemocrática, gobernada por algoritmos, contratos privados y decisiones corporativas, donde la legitimidad ya no proviene del voto sino de la eficiencia. La democracia aparece como lenta, emocional e irracional frente a la supuesta neutralidad de la tecnología.

Milei recoge ese clima de época y lo traduce en una consigna simple: menos política, más mercado, más velocidad. Desde ese lugar, Europa vuelve a ocupar el rol de antagonista. En la narrativa aceleracionista, Europa no regula para proteger: regula porque ha perdido la fe. Y, por eso, en ese relato, queda condenada a ser superada por quienes estén dispuestos a avanzar sin límites.

Al final de su discurso, Milei retomó las metáforas bíblicas. “América será el faro de luz que vuelva a encender a todo Occidente y con ello pagará su deuda civilizatoria con muestras de gratitud hacia sus bases en la filosofía griega, en el derecho de los romanos y en los valores judeo-cristianos. Tenemos por delante un futuro mejor, pero ese mejor futuro existe si volvemos a las raíces de Occidente, esto es, volviendo a las ideas de la libertad", concluyó.

Al invocar las plagas de Egipto, Milei retoma un relato fundacional del Antiguo Testamento donde el castigo divino no es arbitrario, sino consecuencia de la obstinación del faraón contra la libertad.

Para Milei, América, y especialmente Estados Unidos bajo el imaginario MAGA, aparece como el nuevo pueblo elegido, como una civilización llamada a restaurar el orden verdadero. Cuando Milei afirma que “América será el faro de luz que vuelva a encender a todo Occidente”, no está haciendo una predicción geopolítica, sino una profesión de fe. El mercado reemplaza a Dios como principio ordenador, pero conserva su estructura teológica: hay un camino correcto, hay herejías y hay castigos para quienes se desvían.

El problema de fondo no es solo económico ni filosófico, sino histórico. Las sociedades que lograron expandir derechos, productividad y cohesión no lo hicieron por obediencia ciega al mercado, sino por decisiones políticas que asumieron conflictos, compensaron pérdidas y apostaron al largo plazo.

Cuando una teoría se presenta como verdad moral indiscutible, deja de explicar el mundo y empieza a clausurar alternativas. Allí ya no hay debate, sino dogma. Y cuando el dogma ocupa el lugar de la política, lo que se acelera no es el progreso, sino el deterioro de la vida del ciudadano de a pie.

Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira

TV/ff