Cuando un libro aparece de golpe en la cima de los rankings y alguien lo llama best seller, para un editor eso no significa gran cosa. El éxito, cuando se vuelve visible, ya ocurrió. El libro no empezó ahí. Antes hubo tiradas chicas, presentaciones incómodas, lectores aislados, conversaciones privadas, gente que necesitaba leer algo sin saber todavía por qué. El best seller no es una revelación: es la consecuencia tardía de muchos procesos invisibles.
Con Derecha Fest pasó algo parecido. Visto desde afuera, puede parecer una cumbre repentina, un fenómeno súbito. Pero no empezó arriba. No empezó en la multitud ni en el escenario. Empezó mucho antes, en salas medianas, en ciudades secundarias, en valijas cargadas de libros, en escritores que viajaban sin garantías y repetían el mismo ritual una y otra vez.
Como editor, uno aprende a mirar esas repeticiones. No por romanticismo, sino por oficio. Durante años vi la misma escena: pibes de veinte años cargando mochilas demasiado pesadas para un recital. No volvían cansados ni eufóricos. Volvían concentrados. Volvían con libros. Ensayos largos, autores incómodos, ideas que no estaban pensadas para ser amables. Ahí se volvió evidente que no faltaba un evento ni una consigna. Faltaba un lugar.
Un caso editorial terminó de ordenar la intuición. El libro negro de la nueva izquierda, publicado hace más de quince años, nunca logró entrar de lleno en el circuito tradicional de librerías. Sin embargo, terminó vendiendo más de 350.000 ejemplares en todo el continente. Lo hizo por fuera del sistema: presentaciones, viajes, lectores que lo recomendaban, copias que circulaban de mano en mano. Fue, al mismo tiempo, uno de los libros más vendidos y uno de los más pirateados. Un recorrido de menor a mayor, incómodo para el mercado formal, pero perfectamente lógico para cualquiera que observe cómo circulan realmente las ideas.
Ese camino tuvo protagonistas persistentes. Durante más de quince años, Agustín Laje y Nicolás Márquez escribieron, publicaron, recorrieron provincias y países, presentaron libros y firmaron ejemplares uno por uno. Mucho antes de que se hablara de batalla cultural, ya estaban haciendo lo único que la vuelve posible: cultivar ideas en lectores concretos, sin intermediarios ni tutelas culturales.
Israel Kirzner escribió que el descubrimiento no consiste en crear algo nuevo, sino en advertir lo que ya existe y todavía no fue organizado. Eso fue exactamente lo que ocurrió. Había lectores dispersos, autores caminando, libros circulando fuera del radar. El descubrimiento no fue ideológico. Fue cultural.
La forma que terminó adoptando todo eso fue, paradójicamente, una fiesta. No un congreso ni un seminario. Una fiesta popular. Algo corporal, imperfecto, incluso contradictorio. La música, el encuentro y la conversación no reemplazaron a los libros: los rodearon. Derecha Fest apareció así, no como proclama, sino como consecuencia visible.
Lo que emergió ahí fue una derecha popular. No en el sentido de rebajar ideas, sino de sacarlas del encierro. Lectores reales, en su mayoría jóvenes de entre dieciocho y veinticinco años, primeros lectores adultos armando bibliotecas personales, cargando libros como si todavía creyeran que las ideas pesan.
Mi lugar en todo esto fue el de siempre: ver, editar, organizar. Como pasa con los libros, uno no crea lectores; los encuentra. Y cuando aparecen, el trabajo consiste en darles forma sin arruinarlos demasiado.
No hay promesa en esta historia. Hay una constatación. Las culturas no mueren cuando se las discute. Mueren cuando dejan de leerse. Mientras haya pibes que vuelvan de una fiesta con mochilas llenas de libros, cualquier diagnóstico definitivo sobre el agotamiento cultural va a ser, como mínimo, prematuro.
*Director editorial del sello Hojas del Sur y organizador del Derecha Fest.