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Las opciones nucleares de Europa

La transformación del orden nuclear global, marcada por la competencia entre grandes potencias, la proliferación de arsenales y el debilitamiento de los mecanismos tradicionales de control armamentista, reabre el debate sobre la disuasión y la seguridad estratégica internacional.

Armamento en la guerra de Irán 27052026
Armamento en la guerra de Irán | CeDoc

La cuestión nuclear ha vuelto a ocupar el centro de la política mundial. Aunque el fantasma de la proliferación nuclear nunca desapareció, permaneció oculto durante décadas gracias a un orden mundial funcional y predecible, sustentado por una hegemonía estadounidense, una OTAN fuerte y regímenes creíbles de control de armamento. Pero este orden se encuentra ahora sometido a una presión sin precedentes, y la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán no es más que la última prueba de ello. ¿Cómo podemos preservar la moderación nuclear en un mundo en el que la arquitectura de la moderación se está desmoronando?

El inicio de la era nuclear supuso un cambio radical en el pensamiento estratégico. Hasta entonces, el poder militar se medía por la capacidad de ganar guerras, que se ponía a prueba en el campo de batalla. Pero el objetivo de las armas nucleares era la disuasión, no la victoria.

Las armas nucleares no acabaron con los conflictos. La Guerra Fría siguió siendo violenta, peligrosa y moralmente depravada. Las guerras delegadas (proxy wars) se recrudecieron y la gente vivía con miedo. Las armas nucleares aumentaron lo que estaba en juego en los conflictos, y la destrucción mutua asegurada ayudó a evitar la guerra directa entre las superpotencias. La disuasión funcionó no porque convirtiera a los líderes en virtuosos, sino porque hacía que la escalada fuera suicida.

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Esa sombría lógica sigue siendo pertinente, pero su contexto ha cambiado. Mientras que la Guerra Fría fue fundamentalmente bipolar, el orden nuclear actual es multipolar. China se suma a Estados Unidos y Rusia como gran potencia nuclear. Aunque el arsenal de China sigue siendo más reducido, el Departamento de Defensa de Estados Unidos proyecta que podría superar las 1.000 ojivas nucleares operativas para 2030.

El resultado no será simplemente una versión ampliada de la Guerra Fría. La disuasión trilateral es más inestable que la bilateral. Cada gran potencia debe calcular no solo su equilibrio con los adversarios, sino también cómo las medidas contra uno afectan al otro. El control de armamento se vuelve más ambiguo y la gestión de crisis, más compleja.

Para complicar aún más las cosas, existen otros Estados nucleares —Reino Unido, Francia, India, Israel, Corea del Norte y Pakistán— cada uno con su propia doctrina nuclear, su geografía, sus temores y sus imperativos políticos. Sus arsenales son más reducidos, pero el peligro que representan no lo es. Un enfrentamiento nuclear en la península de Corea o entre India y Pakistán no solo constituiría una gran tragedia regional, sino que afectaría a alianzas más amplias, perturbaría los mercados y las cadenas de suministro mundiales y alteraría los cálculos de las grandes potencias.

Pero quizás el factor más peligroso en el orden nuclear emergente sean los Estados que aspiran a quedarse en el umbral (thresholdstates). El riesgo no es solo que más Estados construyan grandes arsenales, sino que algunos adquieran la capacidad nuclear justa para considerar que pueden intimidar a sus vecinos, disuadir la intervención extranjera o sobrevivir a una derrota convencional. Unas pocas armas nucleares pueden bastar para transformar una crisis regional en una crisis global.

Esto aumenta lo que está en juego en las negociaciones para poner fin a la guerra en Irán. Un acuerdo que logre una desescalada militar inmediata y reabra el estrecho de Ormuz podría ser útil desde el punto de vista diplomático. Pero si no incluye un acuerdo claro sobre el programa nuclear iraní, la lección que se extraiga —no solo en Teherán, sino también en Turquía, Arabia Saudí, Corea del Sur y Japón— podría ser que la proliferación es una estrategia válida.

Europa también está atenta. La cláusula de defensa colectiva de la OTAN sigue siendo la piedra angular de la seguridad europea, pero no es un mecanismo automático; debe activarse mediante decisiones políticas. Cuanto más duden los países europeos de la OTAN de que Estados Unidos cumplirá su compromiso de acudir en su defensa, más se protegerán, mediante el refuerzo de las capacidades nacionales, garantías bilaterales especiales y disuasores nucleares alternativos.

No se trata de una posibilidad hipotética. Mientras que el presidente polaco, Andrzej Duda, ha pedido el despliegue de armas nucleares estadounidenses en territorio polaco —en un intento por obtener mayores garantías de que se puede contar con el paraguas nuclear de EE. UU.—, el primer ministro Donald Tusk ha subrayado la importancia de la autonomía en materia de disuasión nuclear. Además, el canciller alemán, Friedrich Merz, ha impulsado el debate sobre un paraguas nuclear europeo compartido, respaldado en gran medida por Francia y el Reino Unido.

Sin duda, Francia parece estar de acuerdo con la idea. En marzo, el presidente francés Emmanuel Macron describió una doctrina de «disuasión avanzada», que abarcaría a los aliados europeos del país. Bélgica, Dinamarca, Alemania, los Países Bajos, Grecia, Polonia, Suecia y Reino Unido ya han acordado participar en la estrategia, respaldando la disuasión nuclear de Francia con sus fuerzas convencionales.

Pero el llamado paraguas nuclear francés tiene limitaciones fundamentales: es selectivo, soberano y reversible. No ampara a todos los Estados miembro de la Unión Europea; deja a algunos países (como España) fuera del círculo más cercano; y mantiene la toma de decisiones en materia nuclear exclusivamente en manos de Francia. La retórica de Macron no apunta al surgimiento de una verdadera disuasión nuclear europea, sino a un intento de disfrazar la redistribución de cargas con el lenguaje de la autonomía estratégica.

En última instancia, no existe sustituto para la garantía de seguridad estadounidense. Pero Europa debe poner de su parte para que esa garantía siga siendo políticamente sostenible. Con ese fin, en lugar de acudir a la próxima cumbre de la OTAN en Ankara con ansiedad disfrazada de indignación, los líderes europeos deberían llegar con el compromiso de reforzar el pilar europeo de la Alianza.

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Esto significa ampliar su capacidad convencional, mejorar sus defensas aéreas y antimisiles, aumentar sus arsenales, mejorar sus capacidades de inteligencia y vigilancia, e incrementar su contribución a la disuasión por debajo del umbral nuclear. Cuanto mayores sean las capacidades convencionales de Europa, menos dependerán los resultados de la disposición de Estados Unidos a arriesgarse a una escalada nuclear.

Fundamentalmente, este enfoque también reduciría la presión hacia la proliferación, lo que sería una buena noticia para Estados Unidos. Lo último que desea el país es un mundo en el que cada aliado inquieto o potencia regional llegue a la conclusión de que solo las armas nucleares pueden garantizar su seguridad. La ambigüedad estadounidense puede ser útil en el margen; el abandono estadounidense sería desestabilizador en el fondo.

La era nuclear comenzó con la constatación de que la victoria podía significar una catástrofe. Ese riesgo sigue siendo tan grave como siempre, pero el marco institucional que lo mitigaba se ha erosionado profundamente. La tarea ahora es evitar que la búsqueda de la disuasión dé paso a la proliferación. Para Europa, esto significa mantener el compromiso de Estados Unidos, desarrollar la capacidad convencional, preservar la credibilidad de la OTAN y defender la moderación estratégica.