La muerte de John F. Kennedy Jr., su esposa, Carolyn Bessette, y su cuñada, Lauren Bessette, conmocionó a Estados Unidos en julio de 1999. Sin embargo, detrás de la tragedia que terminó con la vida del hijo del expresidente John F. Kennedy hubo una operación de búsqueda de varios días, un despliegue de organismos federales y decisiones familiares que hasta ahora habían quedado relegadas a un segundo plano.
Esos acontecimientos son el eje de “The Last Flight: The Untold Story of the Search for JFK Jr. and the Race Against the Atlantic”, el libro del capitán retirado de la Guardia Costera estadounidense W. Russell Webster y la historiadora Theresa Mitchell Webster, publicado el 13 de octubre de 2026. La obra reconstruye las tareas que se llevaron adelante después de que la avioneta desapareciera sobre el océano Atlántico y aporta detalles desde la perspectiva de quien estuvo al frente de la coordinación de la búsqueda.
La historia detrás de la "maldición" de los Kennedy: asesinatos, accidentes y muertes prematuras
El accidente ocurrió la noche del 16 de julio de 1999, cuando John pilotaba una avioneta Piper Saratoga rumbo a Martha’s Vineyard, en Massachusetts. Lo acompañaban Carolyn y Lauren Bessette. Los tres viajaban hacia la boda de Rory Kennedy, prima de John, cuando la aeronave se precipitó al mar. La investigación posterior de la Junta Nacional de Seguridad en el Transporte de Estados Unidos atribuyó el accidente a la desorientación espacial del piloto.
La desaparición activó una búsqueda que involucró a la Guardia Costera, la Marina estadounidense, la Administración Federal de Aviación y la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica, entre otros organismos. Durante varios días, los equipos trabajaron para localizar la aeronave y recuperar a sus ocupantes, en una misión seguida de cerca por los medios de comunicación y por una familia acostumbrada a vivir bajo la mirada pública.
El pedido de Ted Kennedy y la búsqueda de los tres cuerpos en el Atlántico
Uno de los episodios que recupera el libro está relacionado con Ted Kennedy, tío de John y una de las figuras políticas más importantes de la familia. Según la reconstrucción difundida a partir de la obra, el senador pidió que los tres cuerpos fueran recuperados al mismo tiempo. La intención era evitar que uno de los integrantes de la familia quedara en el fondo del océano mientras los otros eran trasladados a la superficie.
El pedido se produjo en medio de una operación compleja, que exigía coordinar las tareas de los buzos y los equipos técnicos en las aguas cercanas a Martha’s Vineyard. La búsqueda no solo debía localizar a las víctimas, sino también encontrar los restos de la avioneta para permitir que los investigadores analizaran las circunstancias del accidente.
El 20 de julio, los equipos localizaron los restos del avión a unos 11 kilómetros al suroeste de Martha’s Vineyard. Al día siguiente, buzos de la Marina recuperaron los cuerpos de John, Carolyn y Lauren. El hallazgo puso fin a cinco días de incertidumbre para sus familiares y permitió avanzar con los procedimientos forenses.
Las autopsias determinaron que los tres habían muerto como consecuencia del impacto. Sus cuerpos fueron cremados y sus cenizas se esparcieron en el mar durante una ceremonia privada el 22 de julio de 1999, en la que participaron familiares. De esta manera, la despedida quedó alejada de una exposición pública que había acompañado cada novedad sobre la desaparición.
La decisión final de los Kennedy: destruir la avioneta para evitar que se convirtiera en un objeto de colección
La recuperación de los cuerpos no fue el último capítulo de la operación. Una vez que la aeronave fue reconstruida como parte de la investigación oficial, la familia Kennedy debió decidir qué hacer con sus restos. Según el relato de John Santucci, un comandante de la Guardia Costera citado en el libro, se evaluaron tres alternativas: conservar los fragmentos junto a los restos del avión involucrado en el atentado de Lockerbie contra el vuelo de Pan Am 103, hacerse cargo de la aeronave o destruirla.
La familia optó por la tercera posibilidad. El objetivo era evitar que el avión terminara convertido en una pieza de colección, expuesta a la curiosidad pública por la fama de quienes habían viajado en él. La decisión también buscaba mantener bajo reserva un elemento que había quedado asociado para siempre con la muerte de John, Carolyn y Lauren.
De acuerdo con el testimonio recogido por los autores, el traslado se realizó meses después, durante la madrugada y bajo un estricto hermetismo. Alrededor de las dos de la mañana, los restos fueron cargados en un camión y llevados a un lugar cuya ubicación no se hizo pública. Desde entonces, la aeronave dejó de estar disponible para la exhibición o la contemplación de curiosos.
La decisión reflejó una preocupación que atravesó los días posteriores al accidente: preservar la intimidad de las familias frente a una atención mediática extraordinaria. Para los Kennedy y los Bessette, el final de la búsqueda no significó solamente recuperar a sus seres queridos, sino también decidir cómo despedirlos y qué hacer con los vestigios materiales de la tragedia.