PROTAGONISTAS
MURIÓ A LOS 93 AÑOS

Miguel Osvaldo Etchecolatz: secuestrador, torturador, asesino, monstruo

En los oscuros años de la Dictadura, fue director de Investigaciones de la Policía Bonaerense con el grado de comisario general y responsable del funcionamiento de los 21 campos clandestinos de detención en la provincia. Las condenas que recibió son múltiples y sus víctimas, infinitas.

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Director de Investigaciones de la Policía Bonaerense durante la dictadura. | NA

Responsable del operativo que derivó en "La Noche de los Lápices" y del funcionamiento de los 21 campos clandestinos de detención en la provincia de Buenos Aires, Miguel Osvaldo Etchecolatz era uno de los últimos "monstruos" de la Dictadura y sobre él pesaba una docena de condenas a prisión por crímenes de lesa humanidad.

En los oscuros años de la Junta Militar, Etchecolatz se desempeñó como director de Investigaciones de la Policía Bonaerense con el grado de comisario general, cargo desde el cual se convirtió en la mano derecha del general Ramón Camps, gobernador bonaerense de facto. 

El represor admitió ante la Justicia que por su "cargo y jerarquía" en la Policía Bonaerense durante la última dictadura le había "tocado matar" pero que no recordaba a "cuánta gente". "Por mi cargo y jerarquía me tocó matar, pero no sé a cuánta gente", aseguró durante el juicio por los crímenes cometidos en el centro clandestino "La Cacha".

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A los 93 años murió Miguel Etchecolatz, una de las caras más atroces de represión y la dictadura

Etchecolatz afirmaba que él "no salía a matar a alguien para quitarle la vida; era porque había llamados denuncias de vecinos, que veían algo raro en el lugar, le mandaba patrullas y ahí estaba la vida de uno u otro". 

"Esos enfrentamientos son objeto y encuadre de una situación de guerra, dicha por los mismos terroristas. Acá no era por una cuestión de antipatía, estábamos exponiendo nuestras vidas", declaró entonces.

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En los oscuros años de la Junta Militar, Etchecolatz se desempeñó como director de Investigaciones de la Policía Bonaerense con el grado de comisario general

El largo historial de crímenes y condenas de Miguel Etchecolatz

El expolicía fue condenado en 1985 a 23 años de prisión por graves violaciones a los derechos humanos en 73 casos, pero luego quedó en libertad al recibir el beneficio de la ley de Obediencia Debida, bajo el Gobierno de Raúl Alfonsín.

En agosto de 1997, Etchecolatz promocionó su libro denominado "La otra campana del Nunca Más", a través del cual intentó dar una visión desde la dictadura sobre los desaparecidos para confrontarla con la investigación realizada entonces por la Conadep.

En mayo de 2000, el entonces juez federal Humberto Blanco inició un proceso contra Etchecolatz por el homicidio de Diana Teruggi, el 24 de noviembre de 1976, y la desaparición de su bebé Clara Anahí Mariani

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Además se lo acusó de la privación ilegal de la libertad, torturas y homicidio de Patricia Dell Orto, Ambrosio De Marco, Nora Formiga, Elena Arce y Margarita Delgado; y la privación ilegal de la libertad y torturas de Nilda Emma Eloy y Jorge Julio López.

A raíz de la nulidad de la Obediencia Debida dictada por el Congreso, en marzo de 2004 la Cámara Federal de Buenos Aires decidió reabrir el expediente de la megacausa Camps, que en los años 80 investigó el accionar de la Policía de la provincia durante la dictadura.

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Etchecolatz afirmaba que él "no salía a matar a alguien para quitarle la vida; era porque había llamados denuncias de vecinos, que veían algo raro en el lugar, le mandaba patrullas y ahí estaba la vida de uno u otro". 

La megacausa Camps quedó en manos del juez federal de La Plata Arnaldo Corazza, quien en septiembre de 2004 ordenó la detención de los condenados, comunicándoles que volvían a cumplir la pena, aunque Etchecolatz consiguió entonces el beneficio del arresto domiciliario al superar los 70 años de edad.

El 19 de septiembre de 2006 fue hallado culpable y condenado a prisión perpetua a cumplir en la cárcel de Marcos Paz: la sentencia del Tribunal Oral Federal N° 1 de La Plata declaró por primera vez en la historia argentina que fueron "delitos de lesa humanidad cometidos en el marco de un genocidio". 

Posteriormente, sería condenado a prisión perpetua en el juicio por 130 delitos de lesa humanidad cometidos en el centro clandestino de  detención conocido como La Cacha, y a la misma pena en el juicio por 281 delitos en el Circuito Camps, que abarcó varios centros clandestinos próximos a la capital bonaerense.

En diciembre de 2012, el Tribunal Oral Federal 1 de La Plata condenó a Etchecolatz y a otros 15 represores a prisión perpetua por crímenes cometidos en el llamado "Circuito Camps".

Entre los hechos por los cuales fueron condenados se contaba lo ocurrido en la "Casa de la calle 30": el asesinato del matrimonio Teruggi-Mariani y la apropiación de la hija de ambos, Clara Anahí, quien aún continúa desaparecida y es buscada por su abuela María Isabel "Chicha" Chorobik de Mariani, fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo.

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El expolicía fue condenado en 1985 a 23 años de prisión por graves violaciones a los derechos humanos en 73 casos, pero luego quedó en libertad al recibir el beneficio de la ley de Obediencia Debida, bajo el Gobierno de Raúl Alfonsín.

También se cuentan el secuestro del periodista Osvaldo Papaleo y su hermana Lidia Papaleo de Graiver, así como también del ex director del diario El Cronista Comercial Rafael Perrota, delitos agravados "por ser las victimas perseguidos políticos", cometidos en los centros clandestino "Puesto Vasco" de la comisaría de Don Bosco y Arana, entre otros.

En 2014, la justicia lo encontró responsable del delito de "genocidio perpetrado durante la última dictadura militar" al "intervenir en la matanza" de cometida en el centro clandestino de "La Cacha" y que alcanzaba a 135 víctimas, siete de las cuales estaban embarazadas y una de ellas era la hija de la presidenta de
Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto.

Durante el juicio, la testigo Teresa Calderoni, aseguró que tanto ella como las otras dos mujeres, Elene Arce y Nora Formiga, fueron "sistemáticamente violadas" en el centro clandestinos bonaerense de "La Cacha", en la localidad de Olmos.

Calderoni contó que fue secuestrada en La Plata en noviembre de 1977, junto a sus compañeras de estudios de la carrera de enfermería, -cuyos cadáveres fueron enterrados como NN en el cementerio local- y que fueron torturadas con la picana eléctrica, golpeadas y violadas, mientras las interrogaban para obtener datos sobre alguna persona vinculada con actividades subversivas.

Calderoni dijo que una joven embarazada, de apellido Sanguinetti, intentó suicidarse durante la detención tomando cianuro, pero la salvaron dándole de tomar lavandina para hacerle vomitar el veneno. Liberada posteriormente, avisó a la Cruz Roja que las tres alumnas habían sido secuestradas, gracias a lo cual Calderoni pudo ser liberada.

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En 2014, la justicia lo encontró responsable del delito de "genocidio perpetrado durante la última dictadura militar" al "intervenir en la matanza" de cometida en el centro clandestino de "La Cacha" y que alcanzaba a 135 víctimas.

En octubre de 2019, el ex jefe de Inteligencia de la Policía Bonaerense recibió una nueva condena perpetua por su responsabilidad en más de un centenar de delitos de lesa humanidad, como secuestros torturas, homicidios y la violación de una detenida, en la causa conocida como "Puente 12, Cuatrerismo, Brigada Güemes y Comisaría de Monte Grande".

En diciembre de 2020, Etchecolatz fue hallado culpable junto a otros quince genocidas en el marco de la causa que investigaba las privaciones ilegítimas de la libertad agravada por torturas, homicidio y abuso sexual de 84 víctimas que estuvieron cautivas en el centro clandestino de la Brigada de Investigaciones del municipio de San Justo.

En mayo de 2022, el Tribunal Oral Federal número uno de La Plata condenó a prisión perpetua a Etchecolatz, además de su colega el expolicía Julio César Garachico, por crímenes de lesa humanidad cometidos en "Pozo de Arana".

Los ex detenidos del "Pozo de Arana" y las comisarías quinta y octava de La Plata dieron relatos estremecedores sobre sus padecimientos en manos de Etchecolatz. 

La testigo María Hebelia Sanz, que era una estudiante de medicina cuando, con su esposo, fueron secuestrados en 1976 por una "patota de Etchecolatz", recordó que en Arana había menores detenidos y narró el caso de una niña de 12 años que fue salvajemente torturada con picana eléctrica.

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En octubre de 2019, el ex jefe de Inteligencia de la Policía Bonaerense recibió una nueva condena perpetua por su responsabilidad en más de un centenar de delitos de lesa humanidad, como secuestros torturas, homicidios y la violación de una detenida.

Aseguró que escuchó desde donde estaba detenida que un represor se negaba a torturar a Mónica Santucho porque era una niña de tan solo 12 años. Pero relató que un superior "lo levantó en peso y le dio la orden de aplicarle la picana porque si no iban a hacer lo mismo con él", tras lo cual comenzaron a escucharse los gritos de la niña.

"Nos ataron y vendaron los ojos, luego nos subieron a la parte de atrás de un auto y nos llevaron a Arana", relató Sanz durante el juicio contra Etchecolatz  por los delitos de privación ilegal de la libertad, tormentos y torturas seguidas de muerte.

Su esposo, llamado Julio Mayor, recordó que fue torturado con picana, golpes de puño y tormentos psicológicos, y que vio a un arquitecto que en medio de una sesión de torturas fue colgado y por eso quedó inutilizado de un brazo.

En la apertura del juicio, en agosto de 2021, Etchecolatz había anticipado anunció que no respondería a ningún interrogatorio durante el juicio porque "hacerlo convalidaría la ilicitud de esta causa y, más aun, avalaría su actuación cuando violan sádicamente la Constitución Nacional".

"¡Ustedes no son mis jueces naturales, ustedes están violando la Constitución Nacional!", le dijo a los jueces.

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En mayo de 2022, el Tribunal Oral Federal número uno de La Plata condenó a prisión perpetua a Etchecolatz, además de su colega el expolicía Julio César Garachico, por crímenes de lesa humanidad cometidos en "Pozo de Arana".

La hija de Etchecolatz renunció a serlo: "Rezábamos para que se muriera"

Mariana Dopazo, quien renunció a su condición de hija de Miguel Etchecolatz, confesó hace unos años que junto a su hermano rezaban para que el exjefe de la Dirección de Investigaciones de la Policía de la Provincia de Buenos Aires "se muriera en el viaje" de regreso a su casa.

"Crear una vida propia, a las sombras de mi progenitor, uno de los genocidas más siniestros de nuestra historia, fue muy difícil. Siempre rodeados de armas, acompañados de custodia policial y metidos en una burbuja. Mi vieja hacía lo que podía, amenazada recurrentemente por él: 'Si te vas, te pego un tiro a vos y a los chicos'", relató la mujer.

A través de un artículo publicado en la revista La Garganta Poderosa, Dopazo señaló que el "recuerdo más crudo de la infancia da cuenta del sufrimiento permanente": "Cada vez que él volvía de la Jefatura de Policía de La Plata, nos encerrábamos a rezar en el armario con mi hermano Juan, para pedir que se muriera en el viaje. Sí, eso sentíamos, todos los días de nuestras vidas". 

Mariana manifestó que "vivir con Etchecolatz significaba no tener paz, hacer lo que decía y acostumbrarse al miedo de abrir la boca, porque podría venirse la respuesta más terrible". Recordó que como "lo desobedecía tanto como era posible, se repetían sus golpes".

"Era cruel, castigaba muy fuerte y después se preocupaba: 'Mirá lo que me hacés hacerte', decía. Cuando oía sus pasos, sentía el perfume del terror. Y sí, haber convivido con un genocida me permitió conocer su esencia, su faz más verdadera".

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El albañil Jorge Julio López, permanece desaparecido desde septiembre de 2006, después de incriminar al represor Miguel Etchecolatz con el relato de sus padecimientos en el "Pozo de Arana", el centro clandestino de detención que dependía de la comisaría 5 de La Plata.

"No hay ni ha habido nada que nos una. Y he decidido con esta solicitud (de cambiar su apellido) ponerle punto final al gran peso que para mí significa arrastrar un apellido teñido de sangre y horror, ajeno a la constitución de mi persona", dijo la mujer durante una entrevista en 2017. 

"Es un ser infame, no un loco. Un narcisista malvado sin escrúpulos", aseguró. "Todos nos liberamos de Etchecolatz después de que cayó preso por primera vez, allá por 1984. Vivíamos en Brasil porque era jefe de seguridad de los Bunge y Born, y regresó pensando que era un trámite, como si la Justicia no le llegara a los talones. Al principio lo visitábamos, pero después mi madre, María Cristina, pudo decirle en la cara que íbamos a dejar de verlo", relató. 

Mariana resaltó que "al monstruo" lo conocieron "desde chicos, no es que fue un papá dulce y luego se convirtió".

"Nunca lo vi sufrir. Ni siquiera cuando una vez le pusieron una bomba en la jefatura de policía y le habían roto el oído. En el hospital seguía dando órdenes como un autómata. Los hijos de Bergés o de Camps al menos recibieron algo de amor, nosotros, nada", aseguró. 

Y, al ser consultada sobre si Etchecolatz no se conmovía con nada, respondió: "Lo religioso. Se persignaba dándoles besos a las estampitas. Él se consideraba por debajo de Dios pero por encima de los mortales".