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Constanza Manfredi, la argentina que atravesó el Ártico: “No lo dimensioné”

Constanza Manfredi, argentina radicada en Mallorca, integró una expedición que atravesó el Pasaje del Noroeste. Durante tres meses navegó entre hielos y temperaturas extremas y asegura que recién después dimensionó que era la primera mujer argentina registrada en navegar el Ártico.

Ártico de Constanza Manfredi
Ártico de Constanza Manfredi | Gentileza: Constanza Manfredi

Constanza Manfredi nació en Bahía Blanca, estudió Licenciatura en Arte en Buenos Aires y hace una década vive en Mallorca. Hace unos seis años comenzó a trabajar en la náutica, una actividad vinculada a su historia familiar y que terminó llevándola a una experiencia que nunca había imaginado. A último momento recibió una propuesta para sumarse a una expedición por el Ártico y, casi sin tiempo para pensarlo, decidió aceptar.

Ártico de Constanza Manfredi

“Yo mucho no sabía a lo que iba”, contó Manfredi a PERFIL. La propuesta llegó de dos amigos mallorquines que estaban realizando un trabajo en Vancouver, Canadá, y necesitaban con urgencia una marinera que también supiera cocinar. El destino era Alaska y el objetivo, atravesar el Pasaje del Noroeste, una de las rutas marítimas más exigentes del planeta.

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La expedición duraría tres meses, algo que nunca había hecho. Antes de partir habló con su hijo León, de 12 años, y con el padre del chico, que debía quedarse a cargo durante ese período. Los dos le dieron el visto bueno. En apenas cinco días resolvió los trámites y consiguió el pasaje.

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“Fue como de un día para otro. Me dijeron que era una expedición, que el barco era mexicano, que era la primera expedición mexicana, el primer capitán mexicano y la primera tripulación española y argentina. Entonces dije, voy”, relató.

Tres meses entre hielo, tormentas y poca luz

La dimensión de lo que estaba haciendo llegó después, cuando comenzó a publicar fotografías desde el Ártico, distintas personas empezaron a escribirle para señalarle que podía ser la primera argentina en haber navegado esa región.

Manfredi comenzó a investigar y, según pudo comprobar, no encontró otra argentina registrada que hubiera realizado el recorrido. “Realmente no lo dimensioné, que era la primera mujer argentina”, contó. “Es un orgullo ser la primera”.

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La travesía implicó navegar durante semanas en condiciones que pusieron a prueba tanto a la embarcación como a la tripulación. La visibilidad era reducida, las tormentas podían obligarlos a refugiarse y el hielo se convertía en un elemento que debían aprender a interpretar sobre la marcha.

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“Era una navegación realmente complicada y muy dura”, explicó. En algunos momentos debían fondear en medio del hielo y esperar a que los vientos o las corrientes abrieran un camino para continuar.

También tenían que estar atentos a los llamados vientos catabáticos, que podían aparecer de manera repentina y generar situaciones peligrosas para la embarcación. Las guardias se hacían durante horas y con temperaturas extremadamente bajas. “El que está en pro va moviendo los hielos con un palo”, contó sobre una de las tareas que realizaban durante la navegación.

El descanso tampoco era sencillo. El barco se movía constantemente, las duchas se reducían para preservar el agua y la alimentación debía ser cuidadosamente planificada. Como encargada de la cocina, Manfredi tenía además la responsabilidad de administrar las provisiones para los tres meses de viaje.

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“Tenía que racionalizar la comida para que todos estemos bien”, explicó. Preparaba comidas calóricas y con abundante proteína para que la tripulación pudiera afrontar las condiciones de la expedición.

El frío y los días grises también afectaban el ánimo. Durante el primer mes prácticamente no tuvieron noche y la falta de luz se convirtió en otro de los desafíos. “Salía el sol y salíamos todos. Uno gritaba ‘hay sol, hay sol’ y salíamos todos a hacer la fotosíntesis”, recordó entre risas.

A pesar de las dificultades, asegura que nunca tuvo miedo durante la navegación. Sí hubo momentos que la impresionaron especialmente, entre ellos los encuentros con osos polares, a los que llegaron a observar a unos 350 metros de distancia.

“Era el único animal que realmente me daba miedo”, contó. Los habitantes de las comunidades que visitaron les habían advertido sobre el peligro de estos animales y la importancia de mantener distancia.

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También recuerda con tensión los momentos en que se acercaban a los glaciares. Desde embarcaciones pequeñas podían aproximarse para observarlos y explorar la zona, pero la posibilidad de que se desprendiera una parte del hielo hacía que tuvieran que extremar las precauciones.

Pero no todo fue tensión. Uno de los momentos que más recuerda ocurrió durante el tramo final de la travesía, cuando navegaban a vela desde la bahía de Baffin hacia Groenlandia.

La despertaron alrededor de las dos de la mañana porque habían aparecido auroras boreales. Al salir de la cabina encontró el cielo iluminado por colores verdes, violetas y rojos mientras el velero avanzaba.

“Me despertaron y me dijeron ‘Connie, subí, hay auroras boreales’. Cuando subí, era una danza de luces en el cielo. Me sentía dentro de una película de Disney. Era magia”, recordó.

El espectáculo fue tan impactante que al día siguiente todos seguían hablando de lo mismo. “No podíamos hablar de otra cosa de lo maravilloso que fue, de cómo nos recibió Groenlandia”, contó.

La experiencia también le permitió conocer de cerca a las comunidades inuit y observar una forma de vida completamente diferente. Durante la expedición, dos biólogos científicos se sumaron al barco para estudiar ballenas y la tripulación pudo aprender sobre la fauna, la geografía y la historia de la región.

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Manfredi quedó especialmente impactada por las condiciones en las que viven las comunidades indígenas del Ártico y por el aislamiento de los pueblos que visitaron. También conoció parte de la historia de la región y de los procesos que afectaron sus costumbres, idiomas y formas tradicionales de vida.

“Eso es ver cómo vive otra gente y lo afortunados que somos de todo lo que tenemos”, reflexionó. Después de regresar a Mallorca, aseguró que empezó a valorar de otra manera cosas tan cotidianas como tener agua, poder tomar una ducha o cocinar en condiciones normales.

“Las mujeres podemos hacer lo mismo que todos”

La experiencia también tuvo una dimensión personal. Manfredi era la única mujer argentina de la tripulación y, además de encargarse de la cocina, terminó ocupando un lugar de contención para sus compañeros.

“Al final eran todos hombres y las guardias eran duras”, explicó. Para ella, las mujeres pueden cumplir un papel importante en este tipo de expediciones porque además de las tareas específicas, ayudan a generar un espacio de encuentro dentro de una convivencia marcada por el cansancio y las condiciones extremas. “Es como que hacés un poco de hogar”, resumió.

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Sin embargo, considera que la travesía también demostró que no existe una diferencia determinante entre hombres y mujeres a la hora de afrontar este tipo de desafíos.

“Las mujeres, al igual que los hombres, cualquier tipo de persona puede hacer esto. Acá no hay diferencia de hombre-mujer”, sostuvo.

Durante el recorrido se cruzó con otras mujeres que también formaban parte de expediciones. Entre ellas, una marinera italiana y una capitana que navegaba otro de los barcos que atravesaban el Pasaje del Noroeste. También vio mujeres mayores de 60 años integrando tripulaciones.

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Para Manfredi, la nacionalidad tampoco fue un factor determinante dentro del barco. La tripulación estaba integrada por mexicanos, españoles y argentinos, pero durante los momentos más difíciles todos debían trabajar juntos.

“Al final es un team y tiramos todos para el mismo lado. La nacionalidad en ese momento no importa. Lo importante es estar todos juntos”, explicó.

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Al regresar, además, recibió un reconocimiento de sus compañeros. Le entregaron una pieza de arte inuit como premio a la mejor tripulante.

Más allá del reconocimiento, hay una persona a la que especialmente le importa haber completado la travesía: su hijo.

“Sobre todo para mi hijo”, dijo al explicar qué significa para ella haber sido la primera argentina en navegar el Ártico. “Cuando yo ya no exista más se volverá a decir ‘mi mamá fue la primera argentina en navegar por el Ártico’”.

Después de tres meses lejos de él, el reencuentro fue otro de los momentos que más la movilizaron. “Lo extrañé un montón, sobre todo los últimos días”, contó.

La experiencia también modificó su mirada sobre su propia vida. Después de trabajar durante años en la náutica de lujo, considera que las expediciones le ofrecen algo diferente.

Ártico de Constanza Manfredi

“Trabajar en yates de lujo te da mucho dinero, pero no te da vida, no te da alma”, sostuvo. En cambio, aseguró que la travesía por el Ártico le devolvió una sensación de exploración que quiere volver a experimentar.

No tiene todavía un próximo destino definido, pero sí una certeza: quiere seguir navegando y explorando. “Me gustaría hacer más de esto. Todo lo que es explorar y descubrir cosas nuevas es espectacular”, afirmó.

Y aunque reconoce que atravesar el Ártico requiere preparación física y mental, también sostiene que su experiencia demuestra que no hay límites vinculados al género para animarse a hacerlo. “Mientras estés centrado, sepas a lo que vas y pongas todo lo mejor de uno, siempre hay que dar todo lo mejor para que todo vaya viento en popa”.

RG/MSS