La imagen que recorrió el mundo fue la de un líder joven jurando frente al Capitolio: John F. Kennedy, después de una elección milimétrica sobre Richard Nixon y dejando atrás su banca como senador por Massachusett. Aunque lo que no se veía era a un futuro presidente que vivía en “tiempo prestado”: dolores crónicos de espalda, cirugías fallidas y la enfermedad de Addison, un trastorno hormonal grave que lo obligaba a sostenerse con un cóctel diario de corticoides, analgésicos y estimulantes que hoy habrían encendido todas las alarmas médicas.
Así lo explica el historiador Robert Dallek en An Unfinished Life: la fragilidad del cuerpo, lejos de frenar el ritmo, lo empujó a acelerarlo también en la intimidad. Poder, deseo y riesgo avanzaban juntos porque sabía que el cuerpo podía fallarle en cualquier momento, y esa urgencia se traducía en una vida sexual constante y desbordada. La confesión que le hizo en 1961 al primer ministro británico Harold Macmillan lo dice: “Si no tengo sexo con una mujer nueva cada tres días, me da un terrible dolor de cabeza”. No era una frase, sino una válvula privada para descargar la presión de la Guerra Fría.
Jacqueline Kennedy fue la arquitecta de Camelot. Entendió rápido que la Casa Blanca era un escenario permanente y que había que sostenerlo con cultura, estilo y, sobre todo, silencio. Sabía de las otras mujeres y eligió no romper nada: tapó, ordenó y siguió adelante. La escena de las bombachas encontradas en el dormitorio presidencial, entregadas a una secretaria con un seco “esto no es de mi talla”, dice más que cualquier biografía sobre ella.


La tensión del matrimonio pasaba, sobre todo, por el dinero. En 1961, mientras el presidente cobraba un salario anual de 100.000 dólares —que donaba a la caridad—, Jackie gastó 145.446 dólares solo en ropa de alta costura, con nombres como Chanel y Givenchy. Ese desbalance sostenía discusiones y profundizaba los reproches ligados a las infidelidades: él cuestionaba el gasto, ella lo asumía como una forma de compensar una relación rota que ambos preferían no exhibir.
Para ella, comprar no era frivolidad. Era un refugio silencioso frente a esta humillación constante, pública y privada.
Marilyn Monroe, el ícono que quiso ser Primera Dama
El vínculo con Marilyn Monroe es, tal vez, el más envuelto en mito, pero también uno de los mejores registrados. Su encuentro de marzo de 1962, en la casa de Bing Crosby en Palm Springs, llegó en un momento delicado para ambos: ella atravesaba una crisis personal profunda por su reciente divorcio de Arthur Miller, estaba bajo tratamiento psiquiátrico y consumía barbitúricos; él acumulaba el desgaste físico y político de la presidencia.
Sin dudas, para él, Marilyn representaba el máximo trofeo de la cultura popular; para ella, el Presidente era la figura de autoridad que podía darle el orden que su vida había perdido. Este fin de semana en el desierto no fue solo un romance furtivo, sino el preludio del fin: solo dos meses después, Marilyn cantaría el famoso "Happy Birthday, Mr. President", exponiendo públicamente una cercanía que el Servicio Secreto y la familia Kennedy ya consideraban un riesgo.
La fantasía quedó expuesta cuando Monroe llamó por teléfono a Jackie para admitir el romance. La respuesta fue tan elegante como fulminante: “Excelente. Te mudás acá y te hacés cargo de todas las obligaciones, mientras yo me voy”. Cerró de golpe cualquier ilusión de reemplazo y dejó en claro con qué frialdad Jackie administraba su vida privada.

Apenas tres meses más tarde, en agosto de 1962, la actriz apareció muerta en su casa de Los Ángeles.
Judith Exner, el puente peligroso con la mafia
La relación que dejó al presidente peligrosamente cerca del chantaje y el abismo legal: Judith Campbell Exner, quien llegó al entorno de Kennedy presentada por Frank Sinatra, moviéndose en un doble juego explosivo. Al mismo tiempo que frecuentaba la Casa Blanca, mantenía un vínculo íntimo con Sam Giancana, el implacable jefe de la mafia de Chicago.
A partir de investigaciones de Seymour Hersh y otros historiadores, se desprende que Exner no fue solo una amante, sino que actuó como una intermediaria logística, trasladando mensajes y sobres entre el presidente y el submundo criminal. Dicho contacto se producía cuando sectores de la administración exploraban el apoyo de la mafia para operaciones encubiertas.
De esta manera, el riesgo era total y no pasó inadvertido para J. Edgar Hoover, el director del FBI, quien utilizó los registros de llamadas de Exner a la Casa Blanca como una herramienta de presión para maniatar a los Kennedy.

¿Qué sabía Jackie al respecto? Ella despreciaba particularmente el entorno de Sinatra —al que llamaba "vulgar"— y sabía que Judith formaba parte de ese círculo que mezclaba el espectáculo con el bajo mundo. Aunque es probable que no conociera los detalles de la conexión con Giancana, Jackie detectaba el peligro: ella entendía que figuras como Exner no solo amenazaban su matrimonio, sino la estabilidad de la presidencia.

Mimi Alford, la inocencia perdida en la Oficina de Prensa
La revelación de Mimi Alford en su autobiografía de 2012 (y entrevistas previas en 2003) sacudió los cimientos del mito de Camelot: tenía solo 19 años, era una pasante virgen y llevaba apenas cuatro días en la Oficina de Prensa cuando mantuvo su primer encuentro sexual con el presidente. Aunque lo más perturbador del relato es el escenario: ocurrió en el propio dormitorio de Jackie, dentro de la residencia privada de la Casa Blanca.
Alford describió un vínculo marcado por una asimetría de poder absoluta y situaciones que hoy se leen como coacción. Sus encuentros no se limitaban al dormitorio, sino que incluían pedidos sexuales degradantes que involucraban a terceros del círculo íntimo, como el asistente Dave Powers, incluso en la piscina presidencial.
Para el historiador Robert Dallek, este comportamiento excedía cualquier desliz privado y rozaba lo imperdonable: lo definió como un “crimen de irresponsabilidad” en términos políticos y humanos. Un patrón que, con otros protagonistas y otro clima de época, volvería a emerger años más tarde con Bill Clinton y Monica Lewinsky.

Si bien probablemente Jackie no sabía el nombre de la pasante ni los detalles escabrosos de lo que sucedía en su propia cama, la primera dama no era ingenua respecto a lo que ocurría en las oficinas de la Casa Blanca. Aunque se dice que, en una ocasión, mientras le daba un recorrido por la Casa Blanca a un periodista francés, señaló a una joven secretaria (que se rumoreaba era amante de JFK) y dijo en francés: "Esa es la supuesta amante de mi marido".
Ellen Rometsch, la sombra del espionaje comunista
En el verano de 1963, con el mundo todavía bajo la sombra de la crisis de los misiles y la Guerra Fría en su punto más delicado, el presidente mantuvo encuentros con Ellen Rometsch, una modelo de origen alemán que ya estaba bajo la lupa del FBI por posibles vínculos con la inteligencia de la Alemania Oriental. No era una aventura más.
Su riesgo fue tan serio que su hermano y fiscal general, Robert Kennedy, ordenó una deportación exprés en agosto de ese año para apagar el incendio antes de que se propagara. El temor era concreto: un escándalo sexual con derivaciones de inteligencia, al estilo del caso Profumo que acababa de derribar al gobierno británico, podía dinamitar las chances de reelección y dejar a la Casa Blanca expuesta ante la "amenaza comunista".

El pacto de caballeros que blindó a Camelot
La lista podría extenderse sin esfuerzo y sumar nombres de secretarias, modelos, actrices, esposas de amigos y hasta mujeres vinculadas a los servicios de inteligencia. Aquel entramado de relaciones convirtió la intimidad presidencial en un frente de riesgo permanente para la seguridad nacional, un secreto a voces que Jackie Kennedy gestionaba.
Pero la comparación con el presente expone hasta qué punto aquel silencio era un producto de su tiempo. De hecho, en los años 60, el periodismo político se movía bajo un código no escrito: la vida privada del presidente quedaba fuera de la agenda si no afectaba directamente la gestión. Referentes como Ben Bradlee no solo informaban sobre el poder, sino que convivían con él. Revelar una intimidad era leído como una traición al Estado en plena Guerra Fría.
Muere Valentino Garavani a los 93 años, una leyenda de la alta costura italiana
Para Jackie, este "acuerdo de caballeros" era su mejor aliado: le permitía mantener la fachada de Camelot y proteger a sus hijos del escándalo, mientras en privado lidiaba con la realidad de un marido que rara vez le pertenecía por completo.
La fragmentación mediática y la lógica del escándalo hicieron imposible un blindaje similar. Hoy, cualquier vínculo estrecho entre un presidente y un periodista despierta sospechas inmediatas. Las redes sociales y las filtraciones funcionan como un sistema de control cruzado constante que Jackie, con su obsesión por la privacidad, habría encontrado asfixiante.
MVS/ML