A un año de la muerte del papa Francisco, la figura se ha ido decantando como suelen hacerlo los personajes que, en vida, incomodaron más de lo que complacieron. Ya no está el hombre que hablaba en primera persona, sino el eco de una voz que insistía en correrse del centro, incluso cuando el centro era inevitable.
Nacido como Jorge Mario Bergoglio en la Ciudad de Buenos Aires, fue el primer papa latinoamericano, pero ese dato –que en su momento funcionó como una etiqueta– hoy parece menor frente a la persistencia de su estilo: una mezcla de austeridad, intuición política y una cierta obstinación pastoral que lo llevó a intervenir allí donde la Iglesia prefería el rodeo. Su pontificado no buscó tanto ordenar como desordenar lo establecido, abrir ventanas más que clausurar discusiones.
Francisco hablaba como quien no termina de confiar en las palabras solemnes. Prefería las imágenes simples, casi domésticas: el hospital de campaña, la periferia, el olor a oveja. En ese registro construyó una autoridad extraña, menos vertical, más cercana al gesto que al decreto. Pero esa cercanía también tuvo un costo: lo expuso a la crítica constante, a la sospecha de ambigüedad, a la incomodidad de quienes esperaban definiciones más tajantes, más acordes a los tiempos.
A un año de su muerte, su legado permanece en esa tensión. No dejó una Iglesia unificada, sino una Iglesia en discusión. No resolvió las contradicciones, las hizo visibles. Y quizás allí radique su marca: en haber entendido que la fe, como la historia, no avanza por certezas sino por preguntas que se resisten a desaparecer.