miércoles 10 de agosto de 2022
SOCIEDAD Polémica

El cuento de "tetas" y "culos" de Casciari que cancelaron en una escuela de San Juan

Un docente de secundaria fue suspendido por leer una versión "apta para todo público" de Canelones, un texto de Hernán Casciari, quien se metió en el caso y dialogó con la ministra de Educación de San Juan.

27-06-2022 23:06

Un cuento de Hernán Casciari quedó en el centro de la polémica luego de que un docente de San Juan fue suspendido por haber leído el texto "Canelones", en el que se menciona las palabras "poronga", "culo" y "tetas", aunque el profesor de secundaria no leyó a los alumnos el texto original sino una versión apta para todo público.

Los padres del Normal Superior Sarmiento fueron quienes impulsaron la denuncia pública para que sancionen al docente Juan Nicolás Esquibel por mostrar “escenas pornográficas” y “material indebido” a los alumnos. Sin embargo, el profesor nunca recitó las palabras cuestionados, sino que leyó una versión corta y apta para todo público.

Qué es "Canelones", el cuento de Casciari

Canelones es una de las historias más populares de Casciari sobre la cual, incluso, está realizando una película que tendrá como elenco a Darío BarassiVerónica LlinásRada Aristarán César Bordón. La obra escrita trata de anécdotas sobre una broma telefónica con dos hombres que actúan una conversación sexual.

Interesados por el material que les leyó el docente, algunos alumnos decidieron indagar más y buscar en sus casa la versión original en el blog de Casciari llamado Orsai. Algunos padres, al ver a sus hijos leer el material, enfurecieron contra el profesor y comenzaron una campaña para que suspendan a Esquibel.

En ese marco, viralizaron en vía Whatsapp capturas de las palabras "poronga", "culo" y "tetas" que figuran en el texto original pero que no fueron leídas en clase. Luego, también indagaron en las redes del profesor y compartieron un video suyo relacionado a sus estudios de dramaturgia.

Debido a esta denuncia pública de los padres, intervinieron autoridades no solo de la escuela, sino también provinciales. La directora de Educación Secundaria del Ministerio de Educación, María Buttazzoni, expresó a radio Sarmiento: "Según nos informaron, el profesor entregó un texto con contenido sexual y sobre homosexualidad a sus alumnos. A su vez, los habría invitado a los chicos a ver un video en una cuenta personal en la que presenta un monólogo en el que habla de contenido inapropiado para ellos".

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Hernán Casciari, la ministra de Educación de San Juan, Cecilia Trincado, y Juan Nicolás Esquibel, el profesor sancionado.

Casciari habló con el profesor sancionado por leer su cuento

En su blog Orsai, el escritor afirmó que el profesor que leyó su cuento no hizo nada punible y que el escándalo fue provocado por “un papá o una mamá, pelotudos, que leyeron ‘teta’ ‘culo’ y ‘poronga’ en el Internet del chico y sacaron una foto de la pantalla”.

Además, compartió su charla con Esquibel, el docente sancionado. "La semana pasada tenía que dar un ejercicio, y los chicos estaban bastante negados. Yo les comenté que estaba en la producción de “Canelones”, mientras charlábamos de Fontanarrosa. Y les propuse leerles el cuento. A muchos chicos les encantó, lo fueron a buscar… y ahora estoy saliendo en todos los medios. Usan videos míos viejos, que hacía cuando era estudiante, para escracharme, una situación bastante fea”, contó el profesor.

En esa línea, agregó: “Recibo amenazas, me quieren golpear. He tenido que presentar cartas notariales a los medios que han difundido videos míos”.

Este lunes, Casciari contó que habla con el profesor todos los días y hoy le contó: "Hablo todos los días con el profesor sanjuanino Juan Esquibel para actualizar info. Hoy la Justicia archivó su caso y se espera que el Ministerio de Educación tome una decisión esta semana. Me dice que la avalancha solidaria de la gente en RRSS y profesores fue fundamental".

"Me dijo el profesor «Hoy tenía que asistir a la Normal, pero presenté parte médico porque me recomendaban ir con policía y escribano. Se rumoreaba que algunos padres querían increparme a la entrada y preferí evitar cualquier cruce»", añadió.

Hernán Casciari 20220627
Hernán Casciari.

El cruce entre Casciari y la ministra de Educación de San Juan y la rectora de la escuela

El escritor no se quedó ahí y también dialogó con la rectora del establecimiento, Marcela Herrera. "Le pido al profe que venga a hablar conmigo, aviso a los superiores, hago un acta en que le pido a Esquibel que cuente el contenido de la clase y lo que había leído", dijo.

En ese sentido, añadió: “Las autoridades del ministerio me están presionando para que explique lo que hice, la entrevista que tuvimos con Juan. Él citó tu texto y que se iba a hacer una miniserie y demás; yo le dije que el texto era bastante perturbador, y él me dijo que en clase no lo había leído”.

En ese punto, Casciari comentó: “Hay muchas versiones de ese texto y el original, el largo, es muy difícil de leer, dura como 16 minutos, no creo que ningún profesor lo lea. En cambio, las versiones televisivas y radiales, que no contienen el texto completo, seguramente debe ser la que Juan Nicolás leyó”.

“Están haciendo una caza de brujas con versiones que circulan. Yo estoy siendo cautelosa, pero creo que ya hay una condena social porque han empezado a difundir cosas de Juan y demás. El ministerio salió a dar respuesta en vez de venir a preguntarme a mí. Como me están atacando a mí ahora, voy a compartir esta charla que tuvimos”, aclaró la rectora de la secundaria.

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La ministra de Educación de San Juan, Cecilia Trincado.

Luego, el escritor también logró hablar con la ministra de Educación de San Juan, Cecilia Trincado. "No he tenido los elementos en mi mano. Lo que el ministerio de Educación está realizando es por vía diferente, paralela, a lo que la jueza de menores, que está actuando de oficio, pero no tengo todos los datos, por el tema a la protección a los menores con el tema de las cuestiones sexuales, desconozco el detalle, es lo que he visto en los medios nada más", señaló.

Tras explicarle lo sucedido, Casciari le recriminó: "Yo si fuera ministro de educación de San Juan le daría un premio en la plaza mayor, pero bueno, estamos en situación de querer suspenderlo".

No sé si estamos a punto de suspenderlo, se lo ha relegado de la sala de clases para ver la situación en su totalidad, porque desde el ministerio tenemos que también escuchar a los padres”, afirmó la ministra.

Hernán Casciari 20220627
El escritor Hernán Casciari.

"Canelones”, el cuento de Casciari

A las bromas telefónicas las llamábamos «cachadas», y eran tan antiguas como el teléfono. Había una gran variedad de métodos, pero casi todos tenían como objeto molestar a un interlocutor desprevenido; sacarlo de las casillas, desubicarlo. Con el Chiri nos convertimos en expertos cuando promediábamos el secundario. Éramos magos al teléfono. Pero entonces ocurrió una desventura que nos obligó a abandonar el profesionalismo. Una historia que aún hoy nos recuerda que llevamos la maldad dentro del cuerpo.

Empezamos, como todo el mundo, siendo niños. Cuando los teléfonos eran negros, a disco y del Estado. Las primeras cachadas infantiles siempre tienen como víctima a personas que se apellidan Gallo (nadie sabe por qué, pero es así). En la guía telefónica de Mercedes había nueve y los llamábamos a todos, uno por uno.

—Hola, ¿con lo de Gallo?

—Sí —decían del otro lado.

—¿Está Remigio?

—Acá no vive ningún Remigio.

—Disculpe, entonces me equivoqué de gallinero —y cortábamos, muertos de la risa.

Existían docenas de estas bromas básicas, y siempre nos las copiábamos de hermanos mayores o primos que ya se dedicaban a otras más elaboradas. Como se comprende, las primeras incursiones en el oficio buscaban sólo la propia risa: una carcajada limpia que no causaba grandes molestias a la víctima.

Ah, ojalá nos hubiésemos quedado en ese punto muerto de la infancia, donde no existen la maldad y la culpa. Pero no: debíamos avanzar, y avanzamos.

En los pueblos chicos siempre circulan rumores, informaciones y datos sobre la existencia de vecinos propicios a las cachadas. Vecinos a los que llamábamos «chinches». Se trataba de una clase de señor mayor que, ante una broma telefónica, desataba toda la fuerza de su ira y era incapaz de colgar el teléfono. Alrededor de los diez o doce años, nos llegó una información de primera mano: había que llamar al señor Toledo y decir la palabra clave.

—Hola, ¿hablo con lo de Toledo?

—Sí.

—¿Está «cornetita»?

Ésa era la contraseña para que el señor Toledo, que tenía la voz aguda y estridente, comenzara a insultarnos con frases llenas de palabras groseras, resoplidos desopilantes y desenfrenados neologismos. Nos poníamos el Chiri y yo en el mismo auricular e imaginábamos a Toledo en su casa, en calzoncillos, con los cachetes de color borravino y sacando humo por las orejas. Cuando, a los diez minutos, su diatriba perdía la fuerza y sus pulmones el aire, sólo era necesario decir «pero no se enoje, cornetita» para que todo comenzara otra vez. Era el desiderátum.

Pero el niño crece, y con él madura también la ambición, la estructura dramática y —aún dormida— gana forma la maldad. Con el Chiri no tardamos en aburrirnos de invisibles Gallos y Toledos, que sólo eran voces incorpóreas detrás de un cable, y nos pasamos al nivel de las cachadas en tres dimensiones, que tenían como víctimas a sujetos presenciales.

A las siete de la tarde, el pelado de enfrente comenzaba a cerrar su negocio para volver a casa, sin haber vendido nada en cinco horas de aburrimiento. Nosotros podíamos verlo, resignado, desde la ventana del comedor. Cuando el pelado bajaba la persiana pesadísima del local, justo antes de poner el candado, lo llamábamos por teléfono. El pobre hombre, que no quería perder una venta, se desesperaba y abría otra vez la persiana, corría hasta el fondo del negocio y, al quinto o sexto timbre, decía jadeante:

—Alfombras Pontoni, buenas tardes.

Colgábamos.

Al rato lo veíamos otra vez, humillado y vencido, cerrar la persiana gigante; le costaba el doble. Su vida era una mierda, se le notaba en los ojos y en la curvatura de la espalda. Entonces el pelado escuchaba otra vez el teléfono dentro del local. «Si el que ha llamado antes llama ahora, quiere una alfombra con urgencia», pensaba el comerciante, y otra vez le bombeaba el corazón, y otra vez levantaba la persiana, otra vez corría hasta el fondo, y otra vez decía «alfombras Pontoni, buenas tardes», con un hilo de voz.

Colgábamos. Colgábamos siempre.

Un día repetimos el truco tantas veces, pero tantas, que al enésimo llamado falso el pelado no tuvo más remedio que decir «alfombras Pontoni, buenas noches».

Hubiéramos seguido así hasta el final de los tiempos, pero un año después nos dimos las narices contra el futuro. Al primer llamado, el pelado Pontoni sacó del bolsillo un mamotreto con antena y dijo «hola». Se había comprado un inalámbrico.

La llegada de la tecnología, antes que amilanarnos, propició nuevos métodos de trabajo. Cuando en casa tuvimos el segundo teléfono (uno con cable, otro no) con el Chiri inventamos la telefonocomedia, que era una forma de cachada a dos voces con receptor pasivo. Consistía en llamar a cualquier número y hacer creer a la víctima que estaba interrumpiendo una charla privada.

VICTIMA: —¿Hola?

CHIRI (voz de mujer): —...claro, pero eso es lo que te gusta.

VICTIMA: —¿Diga?

HERNÁN (voz masculina): —Lo que me gusta es chuparte el culo.

CHIRI: —Mmmm, no me digas así que me se ponen las tetas duras.

VICTIMA: —¿Quién es?

HERNÁN: —Yo lo que tengo dura es la poronga, (etcétera).

El objetivo de este reto dramático era lograr que el interlocutor dejara de decir «hola» y se concentrara en nuestra charla obscena, como si se sintiera escondido debajo de una cama de hotel. Cuanto mejores eran nuestras tramas, más tardaba la víctima en aburrirse y colgar. Fue, supongo, un gran ejercicio literario que nos serviría —en el futuro— para mantener a los lectores atrapados en la ficción de un relato. Una tarde, después de diez minutos de telefonocomedia, una de nuestras víctimas comenzó a jadear, y nos dio asco.

Con dieciséis años, o diecisiete, ya podíamos considerarnos profesionales del radioteatro. Habíamos ganado en pericia escénica, en impronta y, sobre todo, en naturalidad de reflejos. El Chiri y yo faltábamos a las clases vespertinas de gimnasia y nos encerrábamos en casa con dos o tres teléfonos, un grabadorcito Sanyo y algunos elementos para generar sonidos de lluvia, de tráfico, de incendio, de ventisca. También teníamos a mano claras de huevo, por si era necesario cambiar los matices de la voz.

No nos hacía falta hablar entre nosotros: nos comunicábamos con gestos y miradas, como locutores de radio detrás del vidrio. Hacíamos magia. Éramos capaces de mandar a un desconocido a la Municipalidad a buscar un impuesto inexistente, seducir a la secretaria de un médico hasta enamorarla, hacer sonar la sirena de los bomberos en el momento que se nos ocurriera y convencer al kiosquero de la 19 y 30 que estaba saliendo en directo para una radio de Luján.

Nos creíamos dioses, y quizás por eso tocamos fondo en el cenit de nuestra gloria.

Promediaba el año ochenta y ocho. Lo recuerdo porque ya usábamos relojes digitales para cronometrar nuestras hazañas. Era de noche y mis padres no estaban en casa. Hacía horas que, con el Chiri, jugábamos un juego apasionante: hacer durar a la víctima en el teléfono a cualquier precio. Cuando te convertís en un profesional de la cachada volvés a lo básico, a lo simple. El mecanismo del juego era llamar a cualquier número y sacar una conversación de la nada. El reloj corría desde el «hola» y hasta el «clic» de cierre.

Esa noche Chiri llevaba una performance ideal: había logrado una conversación de 17m 12s con una señora, diciéndole que hablaba desde la tintorería. Tuvieron una charla graciosísima sobre el planchado en seco y acabaron cantando “Nostalgias” a dúo. Chiri la paseó por donde quiso, con guiños magistrales y toques de genialidad. Era imposible que yo pudiera superar esa maniobra.

Tiré los dados. Me salió el 24612. Marqué el número. Chiri tenía el cronómetro en la mano y me miraba cancherito. Cuando la voz de una vieja dijo «hola» comenzó a correr el segundero.

Yo había desarrollado una técnica, una marca de la casa, que sólo usaba en momentos clave. Era un sistema muy arriesgado que consistía en poner una voz masculina estándar, atónica, pausada, y provocar que la víctima adivinase mi identidad. Aquella noche, en la que sería la última cachada de mi vida, utilicé este método.

—¿Quién habla? —preguntó la vieja después de mi «hola».

—Lo que faltaba —dije— ¿Ya ni de mi voz te acordás?

Eso era un peón cuatro rey. La apertura clásica. Generaba del otro lado sensación de familiaridad. Siempre hay un sobrino que ha crecido y le ha cambiado la voz, o un ahijado; siempre.

—No sé —dijo la vieja—. ¿Con quién quiere hablar?

—¡Con vos, boludona!

Jugada arriesgadísima. Yo estaba sacando la reina al medio del tablero. Muy poca gente del entorno de una vieja le dice «boludona». Pero si quería superar el tiempo de Chiri, tenía que actuar como un kamikaze. Funcionó:

—¡¿Daniel! —dijo ella, en ese tono intermedio entre la interrogación y la exclamación. El tono se llama «deseo».

La entonación del nombre propio me dio un millón de pistas. Daniel no era un sobrino, ni un ahijado, porque el grito de la vieja había sido estremecedor. No podía ser más que un hijo. Posiblemente, único. Y ese mismo dato me llevaba a otra cosa: el hijo vivía lejos y no era muy dado a llamar a su madre. Me tiré de cabeza:

—¡Claro, mamá! ¿Quién va a ser?

—¡Dani, Danielito! —sollozó la vieja, mientras Chiri, en silencio, se sacaba de la cabeza un imaginario sombrero, rendido ante mi jugada.

Ahora, el tiempo corría de mi parte. Me fui a caminar con el inalámbrico, para que Chiri no intentara hacerme reír con gestos. Él se quedó escuchando desde el fijo. En cinco minutos supe que Daniel vivía en el sur («¿y hace frío ahí?», preguntó la vieja en pleno septiembre) y también que la relación entre ellos no había sido, en los últimos años, muy afectuosa.

—Papá hubiera querido que estuvieses en su entierro.

—No es fácil, mamá. Hay heridas abiertas, la vida no es tan simple.

Supe que Daniel tenía una esposa, la Negra, y dos hijos. El más chico, Carlitos, no conocía a su abuela. Supe también que la ciudad en la que vivía Daniel era Comodoro Rivadavia, y que trabajaba en una fábrica de televisores. A los doce minutos de charla, cuando ya todo estaba encaminado para superar el récord del Chiri, la vieja empezó a sospechar algo, comenzó a hacer preguntas ambiguas, y debí improvisar.

—¿Pero cómo es que te escucho tan cerquita, nene? —quiso saber ella, y entonces no tuve opciones.

—Mamá —dije, sorprendido por mi crueldad—. Estoy acá, en la Terminal.

Del otro lado escuché un silencio, y después un llanto contenido. Me di vuelta buscando los ojos de Chiri, que me miraba pálido. No sonreía. Yo sentí, por dentro, la pulsión de la maldad. La sentí por primera vez en la vida. Estaba en el estómago, en el pito y en el cerebro al mismo tiempo, como una santísima trinidad diabólica. Con un gesto, le pregunté a Chiri qué tiempo llevaba. 16 minutos.

—No llores, viejita —dije.

—¿Habías venido ya otras veces a Mercedes? —me preguntó con la voz rota—. A veces sueño que venís, de noche, y que no pasás por casa...

—No. No, no... Es la primera vez que vengo, te lo juro. Pero no quería aparecer así, de golpe. Por eso te llamé.

—¡Hijo! —gritó ella, desgarrada— ¡Colgá y apurate, vení, vení!

Casi 17 minutos, hacía falta algo más. Cuando supe lo que iba a decir, mi puño izquierdo se cerró. Ahora creo que la maldad ya me había invadido. Creo que no era yo el que hablaba. Eso que no sabemos qué es, eso que nos hace humanos y horribles, ahora estaba enquistado en mí y yo era su marioneta.

—Tengo que hacer un par de cositas antes, y después voy a casa —dije—. Escucháme, mamá. ¿Me hacés canelones? Estoy muerto de hambre.

—Claro, Dani.

—Siempre extraño tus canelones.

—Apurate, yo ahora te hago.

—Un beso.

—Chau, nene. Estoy toda temblando, apurate.

Y la mujer colgó.

Lo miré a Chiri, que tenía la vista en el suelo. No me miraba, supongo que no podía verme a la cara. Ni siquiera se acordó de parar el cronómetro, así que tampoco supimos quién ganó. Estuvimos un rato largo en los sillones, sin decirnos nada. Media hora más tarde entendimos que en alguna parte de Mercedes había una casa, que en esa casa había una mesa, y que en esa mesa ya humeaba un plato caliente.

Nuestra adolescencia, supimos entonces, duraría hasta que se enfriaran los canelones de Daniel.

 

ED

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