“Ricardo Darín dijo una vez que se sentía rico porque se daba dos duchas calientes por día. Yo no puedo darme ese lujo: desde hace dos años, en casa nos bañamos con un chorrito chiquito, a las corridas, porque tenemos que invertir en una bomba para tener mejor presión de agua y nunca nos alcanza”, cuenta Jorge Montanari, doctor en Nanomedicina, profesor titular de Introducción a la química y Biotecnología de medicamentos y alimentos en la Universidad Nacional de Hurlingham (UNAHUR), y director del Laboratorio de Nanosistemas de Aplicación Biotecnológica como investigador independiente del CONICET.
Con 50 años y 19 de antigüedad docente, Montanari es uno de los miles de docentes argentinos en crisis que este martes marchan a la Plaza de Mayo para reclamar por el cumplimiento de la Ley de Financiamiento Universitario. Después de formarse en varias universidades del exterior y patentar desde su laboratorio innovaciones para el agro y la industria farmacéutica, está arrepentido de haberse metido en un plan para comprar un auto 0 kilómetro. “Cuando entramos, pagaba la cuota con mi sueldo docente de dedicación simple, $350 mil. Ahora la cuota se duplicó y mi sueldo es el mismo, no lo puedo sostener”, cuenta, con pudor, consciente de que la mayoría de sus colegas “están peor”.
El poder adquisitivo de los docentes de universidades públicas nacionales se redujo un 35% desde la asunción de Javier Milei en diciembre de 2023; necesitaría un aumento del 50% para recomponerse. “Lamentablemente la docencia y la investigación se están volviendo algo de élite, solo para quienes tengan familias que puedan ayudarlos”, asegura Montanari. No quiere quejarse de ya no poder comprarle cajas navideñas a su equipo, o que se haya suspendido la costumbre de juntar unos pesos para los regalos de cumpleaños. Prefiere enfocarse en las dificultades que afrontan los más jóvenes.
“Mi novio gana más en propinas que yo dando clase”
Una de ellas es Ana Sanguinetti, de 26 años. “Es brillante, la inventora del nuevo antiparasitario para ganado que estamos patentando, fue becada a China. Va a terminar haciendo el posdoc afuera y no vuelve más”, se lamenta su jefe. Ana es chaqueña, licenciada en Biotecnología por la Universidad Nacional de Córdoba y cursa su doctorado en la UNAHUR, donde enseña e investiga. Junto a su pareja pagan $720 mil de alquiler; un millón, sumando expensas y servicios.

“Como jefa de trabajos prácticos, cobro unos $260 mil por mes. Si bien el cargo nominal es de 10 horas semanales, el tiempo real dedicado es mucho mayor: preparar clases, manejar el campus virtual y corregir parciales de 55 alumnos, reduce el pago real a unos $6 mil por hora”, cuenta. “Y el estipendio de la beca doctoral de CONICET, que exige dedicación exclusiva, ronda un millón de pesos, que así como llegan se van”.
Su novio es ayudante de cocina en una cafetería, y cobra más que ella. “Lo que gana él en propinas es más de lo que gano yo por dar clases diez horas por semana en Química 1”, ilustra Ana. Cada vez se le hace más difícil ir a visitar a su mamá a Resistencia: ni tiempo ni plata para viajar. “Nos gustaría casarnos y tener una luna de miel, pero hoy es impensable, porque no tenemos capacidad de ahorro”, explica. “Si no viviera en pareja, no podría seguir trabajando de esto”.
Del ascenso social al vértigo de caerse
Su compañera de laboratorio Magalí Di Meglio, de 32, llora de impotencia. “Yo creo que estudiar en la universidad pública es un derecho”, dice, “pero mi prioridad es mi hija, y si no puedo darle la calidad de vida que merece, que vaya al jardín que fui yo…” .
Di Meglio investiga la leishmaniasis, una enfermedad rara en la que los laboratorios jamás invertirán, y que la llevó hasta el Amazonas. Se ve ante una disyuntiva cruel: subvencionar la educación pública a costa de su propia hija. Y no solo en términos económicos: todos los días sale de su casa en Adrogué a las 8, viaja hasta Hurlingham y vuelve hacia las 18. “El sueldo docente se me va en nafta, pero si tuviera que hacerlo en transporte público sería impracticable”, explica.
Junto a su pareja, un empleado administrativo, ya tienen deudas con la tarjeta de crédito; logran pagar el jardín de infantes gracias a que la familia les presta la casa en la que viven. Sueñan con otro hijo, pero no se lo pueden permitir. Cuando se conocieron ella ganaba un poco más, pero ahora él la supera por lejos.
“Si no estuviese con mi pareja, yo ya tendría que haber renunciado”, asegura Di Meglio, igual que su colega. La beca doctoral con dedicación exclusiva le impide buscar otra fuente de ingresos de forma legal. En el país en el que la universidad fue la herramienta más importante de ascenso social, por primera vez los hijos de los docentes universitarios viven una infancia más ajustada que la de sus padres.
Profesor y chofer de aplicación: “Las horas en el auto son el 75% de mis ingresos”
Sin dar sus nombres, docentes de distintas universidades públicas de todo el país cuentan historias parecidas: que si a sus hijos se les rompe una zapatilla no pueden reponerla, que están postergando estudios o tratamientos médicos hasta juntar fondos para pagarlos, que tienen que convivir con las goteras, que compran carne solo cuando lo reclaman los chicos. Que antes del día 15 del mes empiezan a pagar la comida con tarjeta, y cuando los hijos adolescentes les piden plata no saben qué decirles.
Nicolás Pozdzik, sociólogo y docente del CBC de la Universidad de Buenos Aires, pasó ese punto de quiebre. Con dos hijos, cinco créditos que pagar y dos cargos docentes de dedicación simple, que le pagaban unos $500 mil por veinte horas por semana, un buen día se decidió y se bajó la aplicación Uber. “A mí me encantaría poder dedicarme más a la docencia y la investigación”, dice. “Pero no llego”. Lo que gana manejando representa ahora el 75% de sus ingresos, contra el 25% que cubre su sueldo de profesor.
La estructura del universo no paga pañales
En la Universidad Nacional de Córdoba, Pablo López, doctor en Astronomía de 38 años, estudia la estructura del universo y hace malabares con las cuentas mientras espera a su primera hija, que nacerá en julio. “Doy clases de Física 1 en el Observatorio Astronómico de Córdoba, e investigo lo que llamamos la "telaraña cósmica" (filamentos, vacíos y nodos) y cómo esta influye en la evolución de las galaxias. Además, participo en el proyecto de extensión "Derecho al Cielo", dictando talleres de astronomía en una cárcel de menores”.
Una demora en los llamados a carrera de investigador del CONICET lo enfrenta a un año sin sueldo de investigación, justo ahora que se agranda la familia. “Esta política empuja a los profesionales más formados, especialistas en estadística y programación, a irse al exterior o a la industria, donde consiguen sueldos mucho mejores y es probable que ya no vuelvan al sistema científico”, lamenta.
Su sueldo docente es el único compatible con CONICET: un cargo, de $260 mil. “Es un salario tan bajo que incluso tuve un problema con Daspu, la obra social: quise pasarme a un plan solidario pagando una diferencia, pero me dijeron que por ley no pueden descontarme nada de mi sueldo porque cobro menos que el salario mínimo vital y móvil”.
López recibió ofertas para hacer investigación postdoctoral en Chile, Inglaterra y Países Bajos, pero las rechazó: “Irme afuera está descartado en el corto plazo porque no puedo perder la red de cuidados familiar que tengo en Córdoba para este primer año de mi hija. Probablemente tenga que buscar un trabajo en programación o dar clases en escuelas para sobrevivir”, especula. “Me angustia no poder proyectar mi trabajo de diez años ni siquiera a seis meses, pensar en decirle a mis estudiantes de doctorado que se busquen otro director o a mis colaboradores extranjeros que ya no puedo investigar porque tengo que dedicarle tiempo a hacer cuentas para alguna empresa”. Junto a su pareja alquilan un departamento por $750 mil gracias a la ayuda de su suegro, que absorbe la mitad del costo.
Docentes sobrecalificados se disputan los cargos de profesorados
El salario de los docentes de universidades públicas nacionales hoy está por debajo de todos los otros niveles docentes: enseñanza primaria, media y terciaria. Por eso, muchos profesores universitarios se están volcando a los otros niveles.
Leonardo Fernández, magíster en Historia Contemporánea y profesor de Problemas Socioeconómicos Contemporáneos en la Universidad Nacional de General Sarmiento, reparte sus horas entre la UNGS, la escuela media y los terciarios. “Quise tomar más horas en terciarios para sumar más ingresos, pero cada vez se presenta más gente y esas búsquedas se vuelven muy competitivas”, cuenta. “Se presentan personas con muchísimas publicaciones, sobrecalificadas”.
Según el Consejo Interuniversitario Nacional, 10 mil docentes de universidades públicas renunciaron a sus puestos desde que comenzó el actual gobierno, en diciembre de 2023.
También Guillermo Rivero, profesor de Filosofía, sufre el pluriempleo: dicta dos materias en la carrera de Enfermería de la Universidad Nacional de San Martín, es tutor en la Universidad Nacional de José C. Paz y enseña cuatro cursos en escuelas medias. En total reúne unos 250 alumnos; sumando las tutorías, trabaja unas 55 horas por semana. Entre los tres trabajos, ronda los $1.700.000. Ya perdió la costumbre de almorzar entre trabajos: come algo temprano en su casa. “Pero lo que me salva es el mate; con eso voy llevando el día”, dice.
Diez mil pesos por hora, el salario de un docente universitario o un empleado de limpieza
Muchos docentes buscan también complementar sus ingresos universitarios con actividades más diversificadas, desde dar clases particulares hasta hacer arreglos domésticos o incluso atender una parrilla en el fin de semana. Pero cuando son investigadores de CONICET, se topan con la exigencia de la exclusividad, que les obliga a vivir con un sueldo total que ronda $1.300.000 o a esconder su segunda actividad.
Así lo cuenta Lina Merino: “Soy licenciada en Biotecnología, doctora en Ciencias Biológicas por la Universidad Nacional de La Plata y diplomada en Género y gestión institucional. Con 15 años de antigüedad como profesora universitaria; dicto Microbiología de alimentos, central en el control de calidad asociado a la salud. Dirijo un grupo de investigación y un laboratorio; tengo ocho o diez personas a cargo. Además soy investigadora en la Comisión de Investigaciones Científicas de la provincia de Buenos Aires. Por hora gano $10 mil, lo mismo que cuando era becaria doctoral y no tenía la responsabilidad de nadie”. Es también el valor estándar que cobra una empleada de limpieza en el AMBA.

“Tengo una hija de tres años. Ella va a doble escolaridad para que nosotros podamos trabajar y la mitad de mi sueldo se va en la escuela; la familia de mi pareja nos ayuda con el 20% de los gastos. Tengo la tarjeta de crédito estallada por la compra de alimentos. No hay chance de vacaciones; los fines de semana tratamos de hacer salidas al aire libre y sin costo. Mi cargo de dedicación exclusiva me impide tener otro empleo para mejorar mi situación. “
A su colega Maricel Rodríguez, jefa de Trabajos Prácticos en la materia Física de la facultad de Ciencias Exactas de la UBA, la cuenta le da parecido: unos $9 mil por hora. “Uno lo hace por todo lo que la facultad le dio, pero la verdad es que si me pusiera a dar clases particulares ganaría más”, dice.
“Los colegas más jóvenes, con cargos de ayudantes, ganan entre $2 mil y $5 mil la hora. Incluso están cobrando menos que el año pasado porque quedó congelado el básico y suben los aportes, y por eso es cada vez más difícil cubrir esos puestos”, señala.
“Son un montón los docentes que ya renunciaron o piden licencia para probar en otro lado. Se van a la Universidad Di Tella o la San Andrés, que pagan el triple. Entonces, lo que está pasando es que no hay ayudantes. Como hay mucha gente anotándose y somos pocos, nos está sobrepasando el trabajo” Según el decano de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, Guillermo Durán, 500 docentes renunciaron desde el comienzo del gobierno de Milei, cerca de un 17% de la planta de 2023.
Docentes “como vietnamitas”, recortando gastos y apoyados en la ayuda familiar
Desde la Universidad Nacional de Rosario, el ingeniero electrónico y doctor en ingeniería Mario Bortolotto coincide en que las universidades privadas cada vez captan a más docentes que renuncian a la pública, y que muchos otros profesores complementan sus ingresos enseñando en la escuela media y en terciarios, ya que la provincia de Santa Fe paga mejores sueldos.
“Tengo 46 años, dos hijos adolescentes, y vivo con mi familia en un departamento prestado por la familia de mi esposa. Mi salario neto ronda los 1.200.000 pesos, por debajo de la Canasta Básica Total de $1.434.464 para cuatro personas. Si se aplicara plenamente la Ley de Financiamiento Universitario, debería estar cerca de 1.800.000 pesos; en Brasil un docente universitario percibe cuatro veces más”.

Bortolotto sostiene que para llegar a fin de mes viven “como vietnamitas”:: recortan al mínimo posible la calidad de vida y la calidad alimenticia. También cuenta con ayuda de su madre, docente jubilada de la provincia de Santa Fe: “Me ayuda a cubrir muchos gastos, como comprarle la ropa y las zapatillas a los chicos”.
Fuga de científicos en el Balseiro: Comerse la vaca lechera en un asado
En todas las disciplinas, los docentes coinciden en que lo más difícil es conseguir personas que quieran formarse para la academia: pocos pueden permitirse el lujo de trabajar ad honorem o por sueldos tan desajustados al costo de vida. Un caso emblemático es el del Instituto Balseiro, de Bariloche, la institución educativa más prestigiosa de América latina en formación en energía atómica.
En diciembre, el Colegio de Profesores Permanentes alertó de que la institución pierde entre el 10 y el 20% de sus docentes por año.
“Hoy un doctor en ingeniería nuclear de treinta y pico, entre el salario docente simple del instituto, unos 250 mil pesos, más el salario de investigador junior, llegan a $1.600.000 de bolsillo, incluido el plus de zona fría, con lo cual planificar una familia es inviable”, lamenta el ingeniero nuclear Mariano Cantero, graduado y docente y ex director del Balseiro. “Los senior pueden llegar a $2.600.00. Las empresas nucleares les ofrecen salarios de 3000 o 4000 dólares a los investigadores junior, y más de 6000 dólares a los senior; no se puede competir”.
Destaca: “Si quisiéramos hacer plata no estaríamos acá. Yo regresé de Estados Unidos y dejé un trabajo en la Shell para venir acá, a aportar a que otros tuvieran la misma oportunidad que el país me dio a mí. Pero hace falta poder tener el mínimo salario digno para sostener una familia. En 2011, yo ganaba lo mismo que mi colega francés en Francia. Hoy, una pareja de dos profesores universitarios e investigadores CONICET no puede mandar a sus hijos a la universidad pública en otra ciudad, se vuelve inviable ayudarlos a subsistir y alquilar, tienen que trabajar. Es una tremenda paradoja”.

“Yo puedo seguir en el Balseiro gracias a ahorros que traje de Estados Unidos, con los que pude comprar mi casa y algunas casas para alquilar, y entonces tenemos ingresos extra”, explica Cantero. Y afirma: “Con esos extras, los docentes terminamos ‘financiando’ el desfinanciamiento de la universidad. El sistema no colapsa porque hay gente que se está sacrificando para esto".
Finalmente, concluye con una metáfora del agro: “Lo que podemos asegurar es que esto no va a durar, porque la gente que se tiene que hacer su vida, criar sus hijos, no es posible sostener este sacrificio. Entonces los más formados se van, y perdemos las capacidades para formar más investigadores, tecnólogos y futuros docentes. Es comerse la vaca lechera al asador, es un gran asado por una única vez, y luego, ni leche ni vaca”.
MB / LT / RL / ff