SOCIEDAD
Debate

Lejos de Estela y Hebe, otra agenda de los Derechos Humanos

Desde el progresismo, y también desde las víctimas de la represión, crece otra mirada sobre los setenta y el país actual.

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Derechos humanos | Cedoc

Patricia Tappatá Valdez, en una de las dos mesas del encuentro Hacia una nueva agenda de los derechos humanos, realizada el miércoles pasado en el Centro Cultural San Martín, reformuló al final de su ponencia una pregunta de Mario Vargas Llosa en el comienzo de Conversación en la catedral: “¿Cuándo fue que se jodió el Perú?”. En el aire, quedó flotando otra pregunta con la que la anterior buscaba ecos: “¿Cuándo fue que se jodió el movimiento de los derechos humanos?” o, quizás de una manera más concreta: ¿Cuándo fue que la grieta entró en una de esas temáticas sagradas de nuestra democracia? ¿Cuándo fue que luchadores quedaron de un lado y otro de la división que se planteó durante el kirchnerismo?

Un intento de respuesta tuvo su cristalización en ese encuentro. Pero, según dijo a PERFIL Graciela Fernández Meijide, una de las organizadoras, “es algo que venimos charlando desde hace más de un año y medio. Lo hacemos con Hugo Vezzetti, con Claudia Hilb. Y con otras personas que pensamos que el debate sobre la cuestión de los derechos humanos debe tener una nueva perspectiva”.

Hugo Vezzetti, que coordinó una de las dos mesas, “Dilema de los Derechos Humanos en la experiencia argentina”, de la que participó la propia Graciela, junto a Sergio Bufano y Emilio García Méndez”, explicó a este diario que “preferimos la modalidad del debate a la de una declaración pública. Porque no todos los que hablaron son parte de nuestro grupo, ni todos los que los componemos pensamos igual”.

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La otra mesa, “América Latina: los derechos humanos en la encrucijada del presente”, fue coordinada por otro de los organizadores, Rubén Chababo. Hablaron la mencionada Tappatá Valdez, Rut Diamint y Lucas Martín. Se analizaron cuestiones que también resuenan polémicamente en el progresismo argentino: qué pasa con el poder militar en Cuba y Venezuela, por ejemplo.

Entre el público estuvieron Norma Morandini, Carlos Altamirano, Oscar Muiño, Hilda Sábato, Martín Bohmer, entre otras personalidades cuya vocación democrática y su actitud frente a la dictadura no ofrece dudas. Se mencionó mucho el nombre de otro sociólogo y abogado, Roberto Gargarella. El encuentro fue unos días más tarde de la aparición de un artículo en el que el escritor Martín Caparrós, publicado en la revista semanal del diario El País en el que no sólo se critica con dureza a Sergio Schoklender, sino que cuestiona severamente el rol de Hebe de Bonafini, en los momentos previos y durante el gobierno de Néstor Kirchner. También –es preciso consignarlo– luego de las manifestaciones públicas de funcionarios públicos, como Darío Lopérfido o Juan José Gómez Centurión cuestionaron el número de desaparecidos.

La derrota de llegar al poder. Graciela Fernández Meijide marcó un elemento que es preciso tener en cuenta a la hora de hacer historia sobre los movimientos de derechos humanos. Las diferencias existieron siempre. “No fue lo mismo pedir por aparición con vida que hablar de genocidio”, dice. De la misma manera, no fue lo mismo el reclamo de las Madres y Abuelas, que los de las organizaciones como la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos. Incluso, se debatió en el mismo movimiento el pedido debía incluir a los presos políticos cuando era por los desaparecidos.

Hugo Vezzetti señala que el reclamo por los derechos humanos fue más de la sociedad que de los partidos políticos. Consigna que, aún la Multipartidaria, la organización de partidos que se reunió hacia el final de la dictadura “no habló de desaparecidos en su declaración”. Esas diferencias parecieron cerrarse con la investigación de la Conadep y con la aparición del Nunca más. Y que tuvieron un punto crucial en el momento en que Néstor Kirchner decidió quitar el retrato del dictador Videla de la pared. Pero en ese momento, que coincidió con el apoyo intenso e irrestricto de Hebe de Bonafini y Estela de Carlotto a la gestión de gobierno anterior, comenzó a deslizarse una grieta que, hoy por hoy es una hendidura tajante. El olvido de la figura de Alfonsín en ese mismo acto fue el comienzo de una serie de desacuerdos que continuaron hasta el evento del último miércoles.

Lo cierto es que hoy, en el movimiento de Derechos Humanos, muchos indiscutibles tienen una voz propia, crítica incluso con nombres que fueron íconos sagrados durante algún tiempo, como los de Bonafini e, incluso, Carlotto.


El contrato del Nunca Más. Roberto Gargarella no estuvo el miércoles en el San Martín, Pero desde Alemania compartió con PERFIL algunas hipótesis sobre lo que pasó. Para él, el contrato social abierto con el Nunca más, persistió durante las muertes de Kosteki y Santillán y Mariano Santillán, "pero no se mantuvieron en temas como Once, Nisman o Milani".

“La idea del Contrato, en este caso como en otros (cuando uno habla del Contrato Social, por ejemplo) es figurativa. Por eso es que no resulta esperable, fácilmente, que se repare lo que se ha roto: porque no se trata de volver a firmar, como cuando se vuelve a firmar un contrato laboral o comercial. Creo que ya no existen más las condiciones que estuvieron presentes -básicamente, el pánico común frente a lo sucedido en la dictadura, y la certeza de que una nueva dictadura podía volver a ocurrir de modo inminente. Eso hizo que, por un lado, se bajaran ciertas defensas, y que por otro se fueran olvidando o dejando de lado ciertos compromisos. Y eso que se perdió –por ejemplo, la convicción de que la muerte del oponente es inaceptable; la certeza de que el Estado no puede usar la violencia de la que dispone para perseguir opositores– no se puede recuperar ahora con una invocación, con discursos o con un Pacto de la Moncloa”, explica.

Sin dudas, el rol de las organizaciones de derechos humanos produjo un quiebre. Para muchos sectores del progresismo argentino, fue un aval para las políticas implementadas por Néstor y Cristina Kirchner. Algo que para otros fue casi lo contrario, una trampa. Martín Bohmer considera que “hay algo corporativista en el planteo de sumar a las Madres al gobierno, que puede compararse al primer peronismo”.

Gargarella va más allá. “Sin dudas que parte del problema está ahí. Lo decía la propia Hebe de Bonafini, cuando durante años (en tiempo del menemismo) se negó a recibir una indemnización del Estado, por la desaparicion que sufriera; y criticó a quienes aceptan esos dineros del estado. Ella dijo que ese dinero no debía aceptarse nunca, porque era abrir la posibilidad a la cooptacion del Estado. Ella sabía bien lo que implicaba recibir fondos del estado. Su cambio de actitud, sin duda, fue importante en el quiebre de una cultura de la independencia (de los organismos en relación con los círculos oficiales). El resultado se advierte de modo prístino en las marchas del 24: antes, para todos, eran símbolo de la unión -todos juntos, no importa de dónde veníamos, frente a los reclamos compartidos. Esa ruptura grafica todas las demás”.

Para Sergio Bufano, uno de los oradores, “lo que hubo es una apropiación facciosa de una causa, que es la de los derechos humanos, por parte de un sector y creo que eso perjudicó muchísimo a toda la causa de los derechos humanos. Creo que no hay nadie que haya causado tanto daño a la causa como Hebe de Bonafini, en primer lugar y también, aunque más limitadamente, Estela de Carlotto. Se transformaron en partidos políticos. Un partido político no es un organismo de derechos humanos”.

Bohmer opina que “hay dos legados que le debemos a la lucha contra la dictadura. El primero es el de la memoria. Pero hay otro que es igualmente valioso y potente: la certeza que se puede reclamar por un derecho desde la sociedad y este derecho puede transformarse en ley. Y esto es un legado que cuestiones como las coimas en relación a las madres puede verse dañado”.

Hugo Vezzetti señala que “no creo que la presencia de nuestro grupo sea un corte en el pensamiento sobre los derechos humanos. En todo caso, alguno de los temas que están surgiendo aquí, estaban muy presentes en el origen de las promesas, de la ilusión de la democracia del 84. Basta ver los discursos más programáticos, como el Discurso de Parque Norte de Raúl Alfonsín. Ahí había una idea muy fuerte de que una cultura de los derechos humanos no se garantizaba únicamente con una implantación de los juicios. Ese era un punto de partida fundamental, pero no el único. Que había un trabajo que hacer sobre el Estado, sobre la dirigencia. Y sobre la sociedad”, dijo.

Debate. El debate que plantean incluye la cuestión de los 30 mil desaparecidos. Esencialmente, cuál es el sentido de sostener ese número y, sobre todo, plantea la necesidad de una nueva agenda en este sentido. Bufano  dirá que “mi idea es que los Derechos Humanos están incluidos dentro de los derechos cívicos y sociales que garantiza la Constitución Nacional. El hecho de que haya fijado todo en el Juicio a las untas y la represión, ha limitado la mirada sobre el otro tema, ¿qué sucede con los millones de argentinos que viven en condiciones que violan sus propios derechos, que son humanos, cívicos y sociales”.

Un tema en que todo el grupo tiene matices. Hugo Vezzetti señala que "alguna de las cosas que se dijeron, como por ejemplo en el discurso de Graciela fue: ¿por qué si siempre se discutió ahora es imposible? Si podíamos discutir entonces sobre la cifra, ¿por qué ahora hay que sacar una ley en la que se dice que no se puede discutir? Es un disparate. Incluso en el interior de lo que fue la experiencia histórica de los organismos, hay una progresiva sectarización. He escrito sobre eso. Y lo digo a título personal". Para él es preciso recuperar lo que es “la efectiva realización de los derechos en la sociedad, que no se agotaba con los juicios. Y debía ir hasta una verdadera transformación. Ahí viene el debate”.

Vezzetti dice que Bohmer "lo planteó bien, al decir que debe haber un núcleo mínimo, que es el núcleo que yo llamaría defensivo. Que no me maten, que no me echen injustamente del trabajo. Pero ese es un núcleo mínimo, reactivo. En el origen de todo está una tragedia, entonces el derecho sirve como una forma de prevenir la repetición. El Nunca Más. Pero el Nunca Más no es una declaración suficiente. En todo caso, es un punto de partida.

Para Gargarella, hay que pensar la cuestión en la potencia de los derechos: “ Los derechos, si lo son, es por su potencia y reclamo de universalidad. Si fueran condicionales, o sujetos a los caprichos , la voluntad o la discrecionalidad del Estado, no mereceríamos hablar de ellos como derechos sino como preferencias políticas, meras políticas de coyuntura. Esa es la línea divisoria”.

Texto y contexto. La pregunta es cómo se hace para formular este tipo de planteos en este contexto en el que surgen voces como la los mencionados Lopérfido y Gómez Centurión. “Es complicado –dice Bufano–. Si es una política de Estado, si es del gobierno, hay que tener mucha precaución, ahora si lo dicen funcionario menores, lo atribuiría a que son demasiado locuaces en temas que no les interesan”.

En todo el encuentro se mencionaron los temas de Kosteki y Santillán, Milani, Nisman, Once, AMIA. Le preguntamos a Hugo Vezzetti si Milagro Sala no debiera haber sido integrada a la lista: “Debo contestarte a título personal. Milagro Sala me parece que es un caso distinto. Abre sí una pregunta sobre los procedimientos judiciales, que uno podría ponerla en términos más generales. Nuestro sistema judicial abusa de formas punitivas, como la prisión preventiva que, si bien pueden ser legales, dejan de serlo cuando se exceden en los plazos establecidos. Y se pueden discutir desde una legalidad democrática. En ell caso de Milagro Sala la arbitrariedad se da en el contexto de una manifiesta enemistad del poder de su provincia”.

Lo cierto es que el debate de los Derechos Humanos es también uno sobre verdad y memoria. Y sobre el presente.