"Me voy a poner la vacuna de la influenza". La voz de mi mujer sonaba a preocupación, pero no le dí mayor importancia. Tiene propensión a las gripes o las alergias, razoné. Es lógico. Aunque no estamos en temporada invernal, recordé para contradecirme. En México es tiempo de primavera. El sol calienta pese al smog, y nos hace sufrir con los persistentes cortes de agua a los que nos hemos acostumbrado. Era cerca de la medianoche del pasado martes 21 de abril, y le había llegado la versión por un compañero de trabajo. “Parece que hay muchos casos de gripe por influenza”, le comentó.
De aquel comentario pasamos 48 horas después a la confirmación… y el temor. El secretario de Salud (ministro) nos anunciaba cerca de la medianoche del jueves, y en horario de cierre de los principales noticieros televisivos, que un brote de influenza en el Valle de México (Distrito Federal y Estado de México) obligaba a cerrar las escuelas y universidades al día siguiente.
También nos recetaba antes de irnos a dormir, una batería de medidas higiénicas: lavarnos las manos, no saludar de manos ni de besos, no compartir alimentos, vasos, cubiertos, ventilar los lugares cerrados, y estar lo más lejos posible de personas con infecciones respiratorias.
A partir de las 11 de la noche de ese jueves, la vida se hizo bipolar en la capital. En la medida en que las noticias se hacían vertiginosas y cambiantes, los chilangos bajamos la velocidad de nuestra rutina a enclaustrarnos en nuestras casas, y seguir por televisión o radio las informaciones más frescas.
Primero fue la felicidad de los niños a los que les esperaba un fin de semana largo a partir del viernes, y las complicaciones para los padres. Después de las recientes vacaciones de 15 días en Semana Santa, la noticia caía como una loza. Pero de la anécdota de qué hacer con nuestros chamacos, si ni siquiera se los podía sacar a la calle, se pasó a la cuarentena del fin de semana. Las concentraciones públicas se cancelaban. No era prohibición, sólo una solicitud a la que todos (más de 20 millones de personas en la capital y su conurbano) nos fuimos plegando.
Los conciertos fueron anulados, las cadenas de cine cerraron, comercios y restaurantes prefirieron no abrir, las corridas de toros se suspendieron, teatros, bares y discotecas quedaron mudos, la embajada estadounidense cerró su oficina de visas, los shopping y mall se vaciaron de gente, dos partidos de futbol de la primera división se jugaron a puertas cerradas, y hasta la Iglesia Católica rompió sus primeras reticencias y canceló sus misas. Fue la primera vez desde los años 20 del siglo pasado, cuando el Estado y la Iglesia Católica se enfrentaron en la guerra cristera, en que se suspendió la eucaristía del tercer domingo de Pascua de Resurrección.
El Distrito Federal vació sus calles poco a poco, hasta este lunes incluso que se asemeja más al movimiento de un día sábado que el de un día de labores normales. Las imágenes de los habitantes de esta ciudad con sus bocas cubiertas del azul de los tapabocas, ha recorrido los rincones del mundo. En los autos, el subte, los ómnibus, la calle, bancos o comercios todo el mundo los lleva puesto, se necesiten o no, porque ya se sabe que únicamente son necesarias en áreas concurridas o aglomeraciones, y tienen un vida efímera. Se hacen colas en las farmacias para conseguirlas, si es que las tienen, o se las pide en los puestos de repartos que realiza personal del Ejército o del gobierno del DF.
El impacto se hizo sentir. Las pérdidas económicas en la capital alcanzan hoy los 300 millones de dólares. Los restaurantes tienen pérdidas del 90 por ciento y los comercios del 300 por ciento. Los únicos beneficiados son los propietarios de farmacias que han incrementado sus ventas hasta el 300 por ciento con la venta de tapabocas, retrovirales, antibióticos y todo lo que sea antigripal.
A las primeras medidas del jueves y fin de semana le han seguido la suspensión de clases desde guarderías a universidades de todo el país hasta el miércoles 6 de mayo, mientras que la justicia suspendió actividades hasta esa misma fecha, con excepción de los tribunales que atienden casos penales. Los familiares de condenados tampoco podrán visitar las cárceles hasta nuevo aviso.
Del primer anuncio de alerta epidemiológico, hace más de 72 horas, a estas horas en que se sabe las características de un virus altamente contagioso y mortal, capaz de propagarse por el aire, y que se está en el momento más grave por su capacidad de propagación, las dudas de la población también se manifiestan. Lo dicen en la calle y los centros de trabajo o en llamadas a las estaciones de radio: “para mí que el gobierno hace esto para escondernos otras cosas”, desconfían.
El pasado sirve de ejemplo. En 1985 tras el terremoto más grave de la historia de este país, se maquillaron cifras, tanto de muertos como de costos económicos. Pero esa desconfianza es alimentada por la información suministrada por una empresa estadunidense de biovigilancia, quien alertó a la OMS, el 2 de abril que a fines de marzo la población de La Gloria, estado de Veracruz, donde viven 3.000 personas, el 60 por ciento presentaba un cuadro de gripe y neumonía extraordinario. Un total de 400 personas habían sido atendidas en servicios médicos. En su conferencia de esta mañana, el secretario de Salud se limitó a confirmar la información.
El dato de la empresa Veratect, quitó asidero a las primeras versiones oficiales mexicanas de que el virus fue importado de Estados Unidos. No es tan fácil como decir con razón, que el problema del narcotráfico en México es por tener el otro lado de la frontera al principal consumidor de drogas del mundo. Los estadounidenses tienen sus casos del virus y por el momento no piensan cerrar la frontera.
Una pregunta contundente se ha lanzado al aire en radio y televisión: ¿Por qué en Estados Unidos no hay muertos, y en México sí?
La caótica capital mexicana, donde no sólo se aprende a convivir con el smog, más de 300 obras viales que hacen del tráfico infernal una peste más, y serios problemas de suministros de agua con cortes casi diario, tiene ahora en el virus de influenza porcina una nueva marca en su piel. Queda una más que ayer volvió a presentarse para recordarnos dónde vivimos: los sismos.
A las 11:45 de la mañana de este lunes se sintió el movimiento telúrico durante una ríspida conferencia de prensa del Secretario de Salud, que anunciaba el agravamiento del avance del virus. En medio del temor que creó el sismo de 5.7 grados Ritcher, el funcionario bromeó: “(el movimiento)…es por el edificio de enfrente que están construyendo”.
(*) Especial para Perfil.com