Once días de viaje frenético; aterrizar y despegar de una decena de países; recorrer 50 mil kilómetros -una literal vuelta al mundo- y así trasladar 60 toneladas de ayuda humanitaria. Ese fue el periplo que completó esta semana un dedicado equipo de argentinos que son parte de una ONG cuya misión es trasladar rápido insumos vitales a lugares remotos que sufrieron un cataclismo.
En este caso, el viaje incluyó ayuda a Colombia y Nepal y apoyo para Uganda. Los dos primeros destinos, cabe recordar, fueron afectados por duras catástrofes naturales que dejaron miles de muertos y desaparecidos y muchos más evacuados tras un terremoto y un alud que los dejaron sin posesiones ni hogar. A Uganda trasladaron un cargamento de medicamentos e insumos básicos para abastecer a un hospital pediátrico modelo que funciona en el corazón de África.
Así de intensas fueron las últimas semanas de trabajo del equipo de Solidaire, la organización no gubernamental que cofundaron y dirigen Enrique Piñeyro y Carla Calabrese y que acaba de completar una misión extensa.
PERFIL, junto a un reducido grupo de periodistas de Clarín y La Nación, participó durante once días como observador de esa tarea.
Aunque larga y compleja, esta salida” no fue una experiencia excepcional para Solidaire. La organización nació en 2021, con una idea simple pero poderosa: poner capacidad aérea -y ahora también marítima- al servicio de personas necesitadas de asistencia humanitaria.
En cinco años ya hizo más de un centenar de misiones que incluyen transporte de ayuda solidaria, traslado de refugiados, rescate de migrantes y hasta vuelos para denunciar y documentar la pesca ilegal en el Atlántico Sur.

En esta oportunidad, el Boeing 787 se convirtió durante once días en una suerte de “Uber” solidario que, en distintos tramos del recorrido, llevó en sus bodegas más de 60 toneladas de insumos con medicamentos, carpas, lonas, mantas, catres, kits de herramientas para refugios, equipamiento de cocina y elementos para potabilizar y almacenar agua.
Buena parte de la carga se la proveyeron los depósitos de la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz y la Media Luna Roja y su destino fueron comunidades golpeadas por catástrofes recientes en Colombia y Nepal.
Largo periplo llevando ayuda
La primera estación fue Panamá. Allí funciona un centro logístico regional de la Cruz Roja y en esas instalaciones se cargaron 14,3 toneladas destinadas a Cali, afectada un mes antes por un terremoto.
El cargamento incluía insumos básicos para miles de familias que perdieron sus viviendas o no pueden regresar todavía. Vale recordar que el saldo oficial gubernamental da cuenta de 331 fallecidos, 4.519 heridos, 122 desaparecidas y un total de 45.139 familias fueron reportadas como damnificadas, mientras que unas 400 personas siguen en alojamientos temporales.

Pero Cali fue apenas la primera estación de una ruta solidaria que tocó tres continentes. La siguiente parada fue Milán, donde “levantó” un envío de insumos médicos para abastecer el Children’s Surgical Hospital que funciona en Entebbe, Uganda. Esta clínica fue construida y es operada por la ONG italiana EMERGENCY y su foco es ofrecer -en forma gratuita- cirugías pediátricas complejas (ver recuadro).
La tercera fase de esta movida comenzó en Malasia, donde otra vez el avión de Solidaire cargó suministros para Nepal, destinados a las comunidades golpeadas por la enorme avalancha de hielo, agua, barro y escombros. Según los conteos más recientes, este “deslave” dejó más de 1.400 muertos y 6.150 desaparecidos. El desastre estuvo, en parte, causado por el aumento del calentamiento global que provoca veloces deshielos de glaciares.
Entrenamiento previo
Llevar ayuda a lugares tan remotos tiene sus bemoles. Volar un Boeing 787 cargado alrededor del planeta exige mucho más que llenar la bodega y programar el destino. Por ejemplo, aterrizar en el aeropuerto de Katmandú implica que sus pilotos estén adecuadamente capacitados.
Por eso, antes de encarar esa travesía, debieron pasar por Madrid para asistir al CAE, un centro de excelencia especializado en simuladores de vuelo. Allí Piñeyro y su tripulación practicaron, durante horas, aterrizajes y despegues en una réplica del aeropuerto nepalí en diferentes condiciones climáticas y mecánicas, para poder “dominar” de antemano una pista muy exigente por su geografía, altura y procedimientos operativos.

El viaje dejó otra enseñanza: aun la planificación más detallada tiene límites. Esta misión tuvo que cambiar horarios, reformular itinerarios y hasta abortar sobre la hora un despegue debido a una falla técnica. De ahí surge una característica poco recordada para sacar adelante estas operaciones: la necesidad de adaptarse. Conseguir un repuesto que debe llegar desde otro continente, una visa que se demora, las restricciones de un aeropuerto o los imprescindibles descansos de una tripulación pueden modificar un cronograma cuidadosamente planeado durante semanas.
Después de 50 mil kilómetros, también surgen aprendizajes que exceden a la ciencia de la logística. Once días compartiendo aeropuertos, cabinas, hoteles, traslados e interminables horas de vuelo obligan a ejercitar paciencia y resiliencia. Aceptar que un plan puede cambiar en cinco minutos. Buscar soluciones y no culpables. Entender que el buen humor puede ser una herramienta de trabajo y que la amabilidad y la sonrisa, aun a pesar del cansancio, también son claves para la eficiencia.
Finalmente, otra lección que no hay que menospreciar es que las horas compartidas en una misión intensa crean un microclima donde perfectos desconocidos terminan compartiendo historias, silencios y conversaciones que no suelen darse en el roce cotidiano. La buena camaradería ayuda a cualquier equipo y genera mejores resultados.
Cuando un avión se convierte en una herramienta para ayudar
Médico, piloto, cineasta y cocinero, Enrique Piñeyro explica el origen de Solidaire a partir de una idea poco convencional: transformar recursos que habitualmente se asocian al lujo en herramientas capaces de resolver problemas concretos. “En lugar de acumular bienes”, sostiene, “es posible utilizarlos para trasladar ayuda, rescatar personas”. E intervenir allí donde una emergencia genera necesidades que otras organizaciones no pueden resolver por problemas logísticos.

De esa lógica nació Solidaire en 2021. Piñeyro encontró un vacío particular en el mundo humanitario: muchas organizaciones cuentan con medicamentos, alimentos, carpas, equipamiento y personal, pero mover rápidamente grandes cantidades de personas e insumos entre continentes resulta extraordinariamente caro y complejo. Allí aparece el avión como herramienta. No para generar la ayuda, sino para hacer posible que llegue a tiempo al lugar donde se la necesita.
El concepto fue creciendo. A los vuelos con insumos se sumaron operaciones para trasladar refugiados, misiones de observación sobre pesca ilegal y luego actividades marítimas humanitarias para migrantes. En apenas cinco años, la organización acumuló alrededor de un centenar de misiones. Y mantiene una característica poco habitual para una ONG de semejante capacidad logística: según detallan, sus operaciones se sostienen con recursos propios y no recibe donaciones públicas ni privadas, lo que le permite mantener su independencia.
PERFIL en una institución de salud de África
El hospital modelo que nació de la tierra roja de Uganda
Construido y dirigido por una importante ONG italiana, el Hospital Pediátrico de Entebbe combina medicina de excelencia con arquitectura y sustentabilidad. PERFIL visitó -junto con el equipo de la ONG argentina “Solidaire”- el centro que ofrece cirugías gratuitas y triplicó la disponibilidad de camas especializadas en el país.
Lo primero que llama la atención es que no parece un hospital: enormes ventanales, luz natural, jardines con juegos, árboles y espacios abiertos con vistas bellas. Afuera domina el verde intenso de esta región y, cerca, se vislumbra el lago Victoria. Adentro de la institución, chicos, familiares, médicas, técnicos y enfermeras circulan por un edificio donde buena parte de las paredes conserva el color rojizo de la misma tierra ugandesa sobre la que fue construido.

Esas paredes cuentan buena parte de la historia. El “Children's Surgical Hospital” de Entebbe, que PERFIL recorrió junto a integrantes de la ONG argentina Solidaire, fue levantado utilizando tierra extraída del propio terreno. Y detrás de esa elección arquitectónica hay una historia ambiciosa: demostrar que en uno de los países con menos recursos de la región es posible ofrecer gratuitamente cirugía pediátrica compleja con estándares internacionales.
El hospital se inauguró en el 2021 y fue imaginado por el cirujano italiano Gino Strada, fundador de la ONG EMERGENCY . Strada convocó a Renzo Piano para diseñarlo y le hizo un pedido: quería un hospital “escandalosamente bello”. Y no era una frase caprichosa.
Strada sostenía que aceptar hospitales precarios para pobres encerraba una discriminación injustificable. Si la salud es un derecho humano, la calidad de la medicina no debería depender del PBI del país donde una persona nace.
Piano aceptó el desafío y el resultado fue un complejo de unos 9.700 metros cuadrados donde la arquitectura se suma al tratamiento: jardines, áreas de juego, habitaciones cómodas, superficies vidriadas y mucha luz natural. El objetivo es que un chico enfermo siga teniendo, aun internado, espacios para jugar y estar acompañado por su familia en su recuperación.
La elección de Uganda tampoco fue casual. El país tiene una de las poblaciones más jóvenes del mundo y, al mismo tiempo, arrastra una histórica escasez de especialistas capaces de resolver patologías quirúrgicas infantiles complejas. Cuando comenzó a funcionar, había apenas cuatro cirujanos pediátricos en todo el país. El Children's Surgical Hospital produjo un cambio inmediato: sus 72 camas permitieron triplicar la disponibilidad nacional destinada a cirugía pediátrica. El centro cuenta además con tres quirófanos, terapia intensiva, laboratorio, equipos de diagnóstico por imágenes y farmacia.
Por esos quirófanos pasan malformaciones congénitas y otras patologías que requieren intervenciones complejas. Los pacientes son chicos desde el primer mes de vida hasta los 18 años y no todos llegan desde Uganda: el hospital recibe también niños provenientes de otros países africanos. Siempre con una regla: el paciente no paga.

Una vez admitido, el tratamiento es gratuito hasta el alta, independientemente de su nacionalidad, religión, origen étnico o situación económica. En una región donde el dinero disponible en una familia puede determinar el acceso –o no– a una cura, ese principio es un rasgo disruptivo.
En sus primeros años de funcionamiento, el centro acumuló decenas de miles de consultas y miles de internaciones. Datos difundidos en Uganda durante 2026 indican que la cifra acumulada superó las 6.500 intervenciones.
Otra parte de lo singular del hospital está en aquello que no ocurre dentro del quirófano. Los enormes muros rojizos que se ven durante la recorrida fueron construidos mediante una técnica de tierra apisonada. El material fue extraído del mismo predio, compactado y convertido en gruesas paredes capaces de aportar inercia térmica al edificio. No es solo una decisión estética. En el clima cálido de Uganda, ese aislamiento permite reducir las necesidades de refrigeración y, por lo tanto, también los costos de funcionamiento.
En el complejo también hay paneles fotovoltaicos que permiten aprovechar una ventaja: la abundancia de sol. Durante el día aportan energía y reducen su dependencia de la red eléctrica.

Así, tierra y sol –dos recursos que Uganda tiene en abundancia– se convirtieron en elementos centrales de un hospital de alta tecnología. Otra característica más interesante del Children's Surgical Hospital no está en su arquitectura ni en sus quirófanos, sino en el personal. EMERGENCY planteó que el proyecto no debía convertirse en una isla europea instalada en África. Por eso, los voluntarios médicos, enfermeros y técnicos trabajan junto con profesionales ugandeses y dedican tiempo a la capacitación. Hoy la mayoría de los trabajadores son locales. Y durante 2026, el hospital profundizó acuerdos con universidades ugandesas para ampliar la formación de cirujanos, anestesistas y otros profesionales sanitarios.
El objetivo de largo plazo es tan sencillo de explicar como complejo de conseguir: que Uganda pueda contar con los recursos humanos necesarios para sostener este nivel de atención.
Es una transición que llevará años. Pero también modifica el concepto tradicional de ayuda humanitaria. No se trata solamente de que especialistas extranjeros lleguen, operen y se marchen. La apuesta es dejar detrás conocimiento, profesionales formados y capacidad sanitaria instalada.
Enrique Garabetyan desde Entebbe, Uganda