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Marco Denevi y las mesas de saldo

Escribir sobre Denevi con cierta admiración implica cargarse de imágenes injustas: la avenida Corrientes plagada de ejemplares ajados de sus textos. Libros que cargan el mismo polvo que las viejas copias de la colección Mecanica Popular o los relatos de Salgari. También es pensar que a Denevi se lo podría clasificar en varios espacios, más nobles, aunque no necesariamente todos igual de precisos.

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Marco Denevi | CEDOC

Para la gran mayoría, Marco Denevi es el autor de “Rosaura a las 10”, novela que ganó el Premio Kraft en 1955 y que, tres años después, dio lugar a una de las más exitosas y recordadas películas de Mario Soffici. En 1960 vino “Ceremonia Secreta”, premiada por la revista Life, lo cual devino en su traducción a varios idiomas. Su adaptación cinematográfica esta vez se dio en Inglaterra y contó en su elenco con Liz Taylor y una muy joven Mia Farrow. En el medio unas obras de teatro con éxito, pero de las que él mismo desdeñó y no quiso volver a meterse en la dramaturgia. Demasiado éxito para el olvido actual.

París, Puente Alsina y el Once

Lo cierto es que Denevi encajaba bien en una suerte de realismo de zaguanes. Una literatura que había comenzado con el yrigoyenismo pero que con el trastoque social del peronismo se hizo irreversible. Historias de burócratas grises, de pasiones iniciadas en el patio de una pensión, de prostitutas, de arribistas e intelectuales de cafetín. Todos en búsqueda de algo para sí. Porque en esa nueva Argentina todos podían soñar con llevar el bastón de mando en el lomo, pero en la práctica, el bacalao lo cortaban los de siempre y al otro día pan de mijo y café aguado.

En esa nueva Argentina cualquiera podía soñar con llevar el bastón de mando

Eso es “Rosaura a las 10”, pero sin intento de parricidio literario a la revista Sur. Denevi se consideraba un admirador de Borges y Bioy Casares y mantuvo la fantasía dentro del relato negro, pero con la carga de un barniz alejado del laconismo ultraísta. Al contrario, Marco Denevi es una catarata de descripciones y referencias intertextuales que pueden inundar tanto una casona de Belgrano como una pensión del Once.

Hablar de esta época es evocar a la Generación del 55. Con su estilo realista y narraciones que parecen querer radiografiar la pampa urbana, este grupo se núcleo alrededor de la revista Contorno, cuyo principal exponente fue el siempre presente en la discusión política David Viñas. Pero en términos de elementos formales, la extensión del posperonismo puede incluir a Walsh, Viñas, Di Benedetto, Bullrich, Álvarez Murena y más. Muchos de ellos muy distintos a los politizados de Contorno. De esa heterogeneidad de autores se ocupó señeramente Ángela Dellepiane en un trabajo publicado en 1968 en la Revista Iberoamericana. Dellepiane prefiere poner como punto de partida de la nueva literatura a 1945, año en que buena parte de los escritores ingresaron a Filosofía y Letras. Ángela los llama a estos jóvenes “los enojados”. Autores marcados por la orfandad de una vanguardia precedente que los cobije, su norte era una ruptura. 

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Dellepiane los subdivide a su vez en “comprometidos” y “no comprometidos”. Los primeros eran los “parricidas” que de manera consciente querían terminar con el bronce de la generación de Sur y pertenecían principalmente a una corriente izquierdista. Los segundos, eran más bien testigos de un tiempo distinto y así se aceptaban. Denevi, con su “Rosaura”, estaba en este grupo, junto a escritores como Adolfo Jasca, autor del policial negro “Los tallos amargos”.

Pero Denevi fue dos veces un foráneo: ni siquiera había estudiado Letras. Era abogado y había sido empleado del Correo Argentino hasta la aparición de “Rosaura”. El más sarmientino de los hijos de la inmigración italiana escribía textos inundados de citas que podían incluir la hoy remanida frase “J’entends: de vos douleurs la cause m’est connue” de la “Fedra” de Racine o el más corriente de los lunfardos circulantes entre el bajo porteño y el Abasto. Estilo propio, sin dejar de estar imbuido en una ciudad que, escuela pública mediante, en un Pernod mezclaba París con Puente Alsina.

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Ángela Dellepiane pone a Denevi para explicar que la falta de un compromiso político delimitado no implicaba que no hubiese una pintura sociológica en su obra. La mayor parte de “Rosaura a las 10” transcurre en La Madrileña, una hospedería cercana a Plaza Miserere. En esta pensión, el tímido Camilo Canegato convive con la familia de la dueña, un estudiante de derecho con ínfulas de intelectual, una maestra jubilada mojigata y otro puñado de varones solteros que se dedican a burlarse del poco carácter del personaje principal. 

Pero un día se revela el idilio epistolar entre el hombre del que nada se esperaba y una joven de clase alta de Belgrano. Lo demás es un viaje onírico en el que se cruza lo real, lo imaginado y lo especulado. Esto último, Denevi lo despliega a través de la polifonía de personajes de la pensión que, desde la envidia, las aspiraciones, los prejuicios van a intentar entender un misterio que no pueden resolver: la muerte de Rosaura.

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“Ceremonia Secreta” terminó de elevar a Denevi al rango definitivo de best seller internacional, así como fue la muestra de que el estilo irónico de Rosaura no era pasajero. Leonides Arrufat es una mujer soltera de mediana edad, solitaria desde la muerte de su familia. Algún tipo de trauma parece haberle quitado la cordura al segundo personaje principal, Cecilia. Es joven, heredera de una pequeña fortuna y de una de las últimas casas señoriales que subsisten en el microcentro porteño. Cecilia confunde a Leonides con su madre muerta y ésta termina entrando en un juego que mezcla la protección con una cómoda sustitución de identidad. “Ceremonia” cristaliza el elemento femenino siempre presente, algo que implica necesariamente la contradicción entre el placer y la moral aprendida. La señorita Leonides nace a la narración como una enemiga barrial de las prostitutas y las jóvenes que se dejan ver con chicos en la calle. Pero cae rendida frente al hedonismo táctil que generan las sabanas de muchos hilos y un placar con pieles importadas a disposición. El final llega teñido de amor filial y sangre.

Después vino un texto un poco más chico, pero con los elementos denevianos a flor de piel: “Un pequeño café” (1966). Los pasillos de un enorme ministerio son el escenario para que un hombre con habilidades sociales módicas se deje arrastrar por todas las posibilidades que una sociedad fragmentada en corporaciones puede ofrecer. El pequeño café del título es alemán. Allí, nuestro hombre sin carácter se llena la cabeza de imágenes de inmigrantes tristes que dejaron la Europa que fue faro para luego ser ruinas y llenarse de silencio en el Río de la Plata. Y disfruta, porque supone que tanto la pareja de cultos burgueses judíos como la noble condesa derruida que administra el local, comparten con él la injusticia de no ser vistos. Pero este personaje debe volver al mundo de los vivos y se desquita de su soledad intimidando con cultura enciclopédica y un falso título de jefe de sección a su humilde suegra. 

”Ceremonia secreta” lo terminó de elevar al rango de best seller internacional

Ella sirve humita y él lleva Gallette de rois, es decir, una tarta de reyes que puede cocinar cualquier viuda de barriada parisina, pero la familia de su novia lo desconoce. Él, harapiento aspiracional, solo logra que sus suegros lo consideren un gran partido para la nena.

Denevi desborda ascenso social por los costados. Italiano, conurbánico (de Sáenz Peña), abogado y ex empleado de repartición pública. Pero por sobre todo un culto remilgoso que, como los modernistas de la última etapa del siglo XIX, nunca describe un mueble sino a una corriente artística que le dio vida. Entre ironía e ironía, Denevi se perdona a sí mismo informarnos que es lo más culto que salió del oeste del AMBA. Somos parte de lo que escribimos, solo que esos personajes denevianos van mucho más allá, podría ser una fórmula para entender.

Marco Denevi desbordaba ascenso social por todos los costados

División Homicidios

Los ‘70 le van a dejar un último gran éxito transnacionali a Marco Denevi: “Los asesinos de los días de fiesta” (1972). Una comedia negra y nuevamente polifónica en la que un grupo de extravagantes asiste a entierros de familias de clase alta como falsos deudos. Todo con el objetivo de robar objetos de valor. Esta fue su última pieza llevada al cine, en Italia, en 2002, con protagónico de Carmen Maura. Años más tarde, fue parte a la cartelera teatral porteña. Lo que implicó el último rescate local de su trabajo.

Y luego más cuentos, novelas y relatos cortos. Pero también fueron años de transmedialidad en momentos que eso distaba de ser bien visto. En 1976 y 1978, Canal 9 emite División Homicidios, una serie policial ambientada en a la década del ‘30, creada por Denevi y el ex comisario y escritor Plácido Donato. Denevi se cansó pronto del ritmo de trabajo televisivo y las temporadas del ‘77 y el ‘78 quedaron a cargo de distintos autores. La serie fue un éxito tan grande que tuvo una versión en historieta. El brazo ejecutor de la ley era el inspector Baigorri, de “Rosaura”. Así, resultó un innovador precedente de extensión de universos narrativos. Forma de creación tan común hoy en día.

También eran épocas en que en Argentina, Italia y Alemania “Rosaura” y “Ceremonia” se adaptaban al ya fenecido formato del especial para televisión. Producto económico pero que solía tener figuras descollantes de peso en la dirección y actuación. Por ejemplo, en la RAI el papel que años antes había hecho Liz Tylor en cine, lo interpretó Daria Nicolodi, esposa, actriz principal y coguionista de Dario Argento. Pero ese pasaje a esas condiciones de circulación marcará una significación en su trabajo que obviará la calidad formal de sus textos. Un periodista de La Nación, Daniel Gigena, utiliza un concepto que parece ser más que atinado: una obra que se “pasteurizó”. A fuerza de ser lecturas obligatorias en el colegio secundario y de que su circulación fuese tan masiva que, con el transcurso del tiempo, ocuparía todas las mesas de saldo existentes.

Buenos Aires nos ofrece un mundo que ya no es pero que todavía nos habla

Ahora bien, comparemos con otro gran best seller: el francés Guy des Cars. El escritor, que alguna vez fue llamado por la crítica francesa “el autorde las empleadas domésticas”, nace al mundo con “La impura” en 1946. El modelo de mujeres que dan el mal paso va a seguir siendo su columna vertebral hasta textos como “La mujer sin fronteras”, de 1981. La contratapa de Emecé de esta última novela sostiene que Des Cars “introduce un tema de candente actualidad: el terrorismo”. 

Pero la fórmula es la misma de siempre, una chica en sus primeros veinte se enamora de un anarquista que ejerce un poder psicológico total sobre ella, al punto que solo puede liberarse de él matándolo. 
Al igual que en “Rosaura”, en la historia de Des Cars conocemos los hechos a través del testimonio dado frente a las autoridades. Pero en “La mujer sin fronteras”, el amor romántico patologizado lo cubre todo. No hay un trascurrir social de una psiquis que decide ser parte fundamental en la vida de un tipo que pone bombas en lugares. La fórmula es simple: caer en la concupiscencia a temprana edad puede ser un camino de no retorno.

Por el contrario, el Marco Denevi de los ochenta, aunque mantenga mucho de los elementos formales de sus libros anteriores, es una máquina de experimentar. “Manuel de Historia” (1985) es una novela escrita en forma de rizoma deleuziano que nos puede recordar a ciertos tópicos tocados por Borges, pero aún más a obras como “Se una notte d’inverno un viaggiatore” (1979) de Italo Calvino. “Manuel” es un libro fragmentario de múltiples narradores que juega con distintas líneas temporales, la idea de autor apócrifo e incluso con la de un texto escrito que probablemente sea inexistente. 

La narración no inicia ni concluye, sino que se interconecta intra e intertextualmente con los demás fragmentos. La complejidad de la estructura no implica una lectura imposible, dado que Denevi con destreza entrega la información de manera que cualquier lector atento pueda procesarla. 

Denevi 20230218

Según su propia explicación, el libro nace de la frase del mexicano Octavio Paz sobre Argentina: “un país sin historia que es pura aspiracionalidad”. En el inicio de una nación que intenta salirse de las ataduras de la dictadura y procesar su horror, Denevi imagina una Argentina caótica que llegó al punto de ser despojada de su soberanía, para quedar a cargo de la ONU. El irónico Denevi le contesta a un estereotípico macho mexicano con una narración con elementos queer. Los yankees a cargo del país son un grupo de homosexuales de una ciudad prostituida donde los jóvenes intentan hacerse de unos dólares transaccionando con el comando internacional. Para esas alturas, las sexualidades disidentes en la obra de Denevi son moneda corriente. En “Manuel” está tan a la vista como la absurda idea de un mundo que cree que puede moldear un país que, con o sin historia, con ocupación extranjera o sin ella, será siempre artífice de su política y cultura. Al punto que no hay internacionalización que evite a la guerrilla ni a los desaparecidos.

Marco Denevi formó parte de las lecturas formativas de dos generaciones de argentinos. En el mundillo literario se dice que las editoriales no logran pactar con sus herederos un acuerdo económico que permita su reedición. Releerlo nos deja claro que los colegios públicos y privados incluyeron en sus programas de Lengua y Literatura a un gran autor. También que Buenos Aires nos ofrece, por el valor de billetes de El Estanciero, un mundo que ya no es pero que aún nos habla. 

(Durante el mes y medio que llevó la construcción de este texto, quien escribe encontró una novela de Estela Canto en Corrientes y 9 de Julio. Para su sorpresa, el ejemplar no solo había resultado ser propiedad de la autora en cuestión, también llevaba su dedicatoria a la muy conocida fundadora de la librería Clásica y Moderna, Natu Poblet. Fue imposible no pensar en el legado que nos dejó el circulante de obras escritas a orillas del Plata y el trabajo de quienes fueron los encargados de hacerlas conocidas. 

En definitiva, aunque Octavio Paz nos creyera aspiración sin historia, seguramente seamos más una historia de aspiraciones. De identidades contradictorias que forman a este y a los otros doscientos países, claro está. Pero las nuestras son nuestras ¿Qué dejaremos nosotros para que nos recuerden? Imposible saber).

 

Publicado originalmente en la revista Panamá.

Al autor lo pueden encontrar en @BrunoReichert