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CULTURA / Muestra en el mamba
sábado 24 marzo, 2018

Ensayo sobre la nostalgia

El Museo de Arte Moderno de Buenos Aires inauguró la exposición retrospectiva de Alberto Goldenstein “La materia entre los bordes”, un conjunto de más de 300 fotografías realizadas desde 1982 hasta la actualidad, con la curaduría de Carla Barbero. La mirada del flâneur: no es el turista, ni el antropólogo ni el historiador, sino el paseante que camina entre dos temporalidades.

Laura Isola

Biografía. La exposición incluye sus primeras fotografías de Boston y sus series Mar del Plata y Mundo del arte, con retratos de artistas de los años 90. Foto: MAMBA

Las fotos de Alberto Goldenstein podrían, todas ellas a su modo, construir un ensayo sobre la nostalgia. Pero para ello habría que hacer algunas precisiones sobre este término, que tiene un uso corriente que no interesa en este caso. No es el asunto pesado y quejoso de un tiempo mejor ni la añoranza de un pasado. Incluso, no hay un regodeo en el sufrimiento. La nostalgia en Goldenstein es otra cosa.

Ligaría nostalgia, entonces, a su significado original. El que lo asocia a una tradición clásica: el regreso al hogar, al nostos, en griego. No sin dolor, tal como aparece en la partícula álgos, que le imprime ese sentido a la experiencia humana y carnal del que vuelve porque cree que hay algo así como una patria emocional u origen de las cosas. También la describiría como la necesidad o aflicción de estar en “otra parte”. Considerar “otra condición”; de superar la temporalidad y la finitud; de volver, metafóricamente, a la Itaca de los orígenes.

La retrospectiva de Goldenstein puede contener, bajo esta hipótesis, capítulos de ese tratado. En cada uno de ellos encontraremos las imágenes que se presentan en series. Así está organizada la exhibición curada por Carla Barbero, que, aun en su carácter retrospectivo, elude con inteligencia la cronología en su forma más simple y poco atractiva. Los años están presentes pero no dando orden sino expresando un transcurrir afectivo, un aprendizaje sensible y artístico. Las más de 300 fotografías desde 1982 hasta 2018 serían solo una oración con números si no se les hubieran adherido las capas de intenciones, de la mirada del fotógrafo, de los viajes, de los riesgos creativos, de las estéticas mutantes, de las experimentaciones, del amor y de la amistad.

Para que suceda ese retorno que se indicó tiene que haber habido un viaje, y Alberto ha hecho muchos. Además de lo que muestran las fotos de esas ciudades que visitó, Mar del Plata, Berlín, Miami, Boston –una lista desordenada a propósito, sacándolas del hábitat y de la colección–, se deja entrever la necesidad de suturar la distancia: entre el fotógrafo y lo que mira; entre el que va y el que vuelve. Los detalles, los colores, el interés por lo nimio hacen que las imágenes opinen, digan lo suyo, manifiesten lo que está pasando. Evidencian el síntoma. Hay que saber leer en esa semiología lo que se quiere decir.

No es el turista, no es el antropólogo, no es el historiador. La figura que las recorre es el flâneur. Un paseante especial que camina en dos temporalidades: el pasado que todavía pervive y ese futuro que vislumbra en el presente. Descrito por Baudelaire, la gran inspiración de Walter Benjamin para hacer con su figura el gran personaje de entre siglos, parece ajustado al espíritu de las fotografías que Goldenstein realiza bajo ese influjo y llevan ese título: “Para el perfecto flâneur, para el observador apasionado, es una alegría inmensa establecer su morada en el corazón de la multitud, entre el flujo y reflujo del movimiento, en medio de lo fugitivo y lo infinito. Estar lejos del hogar y aun así sentirse en casa en cualquier parte, contemplar el mundo, estar en el centro del mundo, y sin embargo pasar inadvertido”. Una vez más, en el vaivén entre lo propio y lo ajeno, lo conocido y lo nuevo, la nostalgia matiza y es la educación sentimental. La que se imprime en las copias reveladas a color, en el rollo, en la cámara, y arma una secuencia subterránea que explicita algo del estado de la cuestión. La fotografía para Goldenstein no está terminada ni mucho menos, pero tampoco hace de ella su caballito de batalla.

Otro de los conjuntos que podría funcionar como conclusión y cerrar la tesis es la instalación Mundo del arte. Una secuencia de retratos proyectados en una de las paredes de la sala, debidamente acondicionada y oscurecida. Como en un cine o en un confesionario, se pueden ver las fotos de los artistas, amigos, familiares y hacer un viaje en el tiempo. Cuando estas estaban inconexas, desperdigadas, incidentales. Cuando todos estaban vivos, tenían pelo, eran jóvenes. Cuando no sabían demasiado bien qué estaban haciendo en la galería del Rojas, en una fiesta, en la casa de alguno. La mirada retrospectiva de Goldenstein las une y construye una política de la amistad. Ilustra de maravillas el habitus que describe Pierre Bourdieu como esquemas para obrar y pensar según el lugar que se ocupa. La disposición, el estado activo, la hexis aristotélica, entre el adentro y el afuera, entre potencia y acto, en cada cuerpo que la aprende.

Al tiempo que arranca una sonrisa, dispara la sorpresa, promueve el encanto. Crea comunidad en el solo acto de mirar. Discute, con mucha gracia, eso que Aristóteles les decía a los jóvenes griegos: “Amigos míos, no hay amigos”.

La materia entre los bordes

Alberto Goldenstein

Hasta el 27 de mayo

Mamba - Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, Av. San Juan 350


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