La música argentina atraviesa horas de profundo dolor tras confirmarse el fallecimiento de la cantante y compositora de jazz Roxana Amed, a los 63 años, tras luchar contra una larga enfermedad, aunque todavía no se brindó información oficial de su muerte.
Radicada en la ciudad de Miami desde hacía más de diez años, Amed logró construir un puente sólido entre la escena local y la internacional. Desde allí se consolidó como una de las figuras más respetadas del jazz contemporáneo, fusionando con refinada sofisticación el lenguaje del género norteamericano con la identidad, los ritmos y las raíces poéticas de la música sudamericana, como el propio folclore y el rock argentino.
A lo largo de su prolífica carrera, su rigor conceptual y talento vocal le valieron el reconocimiento unánime de la crítica y de sus pares. Entre sus distinciones más destacadas figuran dos Premios Gardel al mejor álbum de jazz, múltiples nominaciones a los Latin Grammy y la entrega del Diploma al Mérito de la Fundación Konex como una de las figuras más destacadas de la última década.
En su etapa más reciente, el sello de su obra quedó plasmado en el aclamado trabajo discográfico "Todos los fuegos", donde emprendió una sutil y ambiciosa relectura en clave jazzística de los grandes clásicos del rock nacional, rindiendo homenaje a compositores de la talla de Charly García, Luis Alberto Spinetta, Fito Páez y Gustavo Cerati. Con su partida, la cultura pierde a una creadora exigente e incansable que supo llevar la voz argentina a los escenarios más exigentes del mundo.
De Ramos Mejía a la historia del jazz, la voz de Amed deja un vacío irremplazable
Su relación con la música comenzó desde muy temprana edad. Nacida en el barrio porteño de Palermo y criada en Ramos Mejía, inició sus estudios de piano a los cuatro años. Criada en una familia sencilla de raíces italianas y de Medio Oriente, sin lazos con el mundo artístico, Amed solía definirse como una “chica de barrio” que debió construir su camino a fuerza de autogestión y vocación pura.
En su adolescencia, la discoteca familiar le abrió las puertas al universo del jazz a través de las voces de Judy Garland y Doris Day, aunque fue un casete de Sarah Vaughan a sus 18 años el que terminó de marcar el rumbo. Esa revelación la llevó a volcar su formación clásica hacia un género caracterizado por la versatilidad y la libertad interpretativa.
A la par de su prolífico camino en el jazz, desarrolló un destacado rol como compositora dentro de la música popular. Fue coautora de “La última noche”, interpretada por Diego Torres, y escribió el tema “Lucía” para Luciano Pereyra, además de colaborar con artistas como Sandra Mihanovich y Los Tekis. En 2001, su talento fue galardonado con un premio Martín Fierro por “Sobrevivientes”, canción interpretada por Mihanovich para la serie Vulnerables. En sus inicios, también volcó sus conocimientos como entrenadora vocal en la televisión, trabajando con las agrupaciones Bandana y Mambrú.

A lo largo de su vida, su vocación artística estuvo fuertemente entrelazada con el ámbito personal. Siendo hija única, atravesó un período decisivo cuando decidió postergar parte de sus proyectos musicales para acompañar a su padre durante una larga enfermedad que culminó con su fallecimiento en 2003. Fue tras esa dura pérdida cuando cobró impulso para concretar su álbum debut.
Aquel puntapié inicial llegó de la mano de Pedro Aznar, a quien convocó para producir Limbo (2004) y con quien volvió a colaborar en Entremundos (2006). Esos trabajos marcaron el origen de una búsqueda estética propia, que se alejaba de los estándares tradicionales del jazz para priorizar sus propias creaciones. Más tarde llegaron obras clave como Cinemateca Finlandesa (2010), junto a Adrián Iaies, y Los trabajos y las noches (2023), en colaboración con Frank Carlberg, donde le puso música a la poesía de Alejandra Pizarnik.
Con el tiempo, la proyección de su obra alcanzó escala internacional. Sus discos Ontology (2021) y Unánime (2022) cosecharon nominaciones a los Latin Grammy en la categoría de Mejor Álbum de Jazz Latino, permitiéndole compartir proyectos con figuras históricas como Chucho Valdés y recorrer escenarios de todo el mundo. En 2025, el otorgamiento del Diploma al Mérito de la Fundación Konex como solista de jazz reafirmó el legado y la huella imborrable de su trayectoria en la cultura argentina.
Todos los fuegos: el sofisticado puente entre el jazz contemporáneo y la memoria del rock argentino
En 2025, Roxana Amed consolidó la cima de su proyección internacional con el lanzamiento de Todos los fuegos, un álbum conceptual donde desplegó una sutil y rigurosa relectura de la memoria afectiva y poética del rock nacional argentino. El proyecto funcionó como un diálogo orgánico entre la sofisticación armónica del jazz contemporáneo y las raíces identitarias de las canciones que marcaron a generaciones enteras.
El recorrido sonoro del disco se inauguró con dos piezas esenciales de Charly García. Por un lado, abordó “Salir de la melancolía”, original de Peperina de Serú Girán, transformando su urgencia melódica en un espacio de vuelo expresivo e íntimo; por el otro, desenterró la tensión sofisticada de “Cinema verité”, dotándola de una densidad interpretativa única que revalorizó la pluma y la complejidad armónica del autor.
La obra continuó profundizando en la sensibilidad poética a través de la obra de Luis Alberto Spinetta, de quien reinterpretó tres momentos cumbres. En “Asilo en tu corazón” (emblemático cruce junto a Fito Páez editado originalmente en La la la), la voz de Amed dialogó con la hondura lírica del Flaco, mientras que en “La sed verdadera”, presente en el disco en dos versiones, incluyendo una toma alternativa, despojó a la canción de su formato original para llevarla a un terreno de improvisación y post-bop.

El mapa de compositores esenciales se expandió con la inclusión de “Vida siempre”, obra de Leonardo Sujatovich, que aportó una atmósfera luminosa y textural al engranaje estético del disco, conectando directamente con las corrientes más vanguardistas de la música rioplatense.
La segunda mitad del álbum adentró al oyente en paisajes de profunda dramaticidad y linaje rockero. De Gustavo Cerati, Amed escogió dos obras de alto voltaje poético: “Corazón delator”, llevada a un plano de sutil suspensión jazzística, y “Verbo carne”, donde la solemnidad y la densidad lírica del ex-Soda Stereo encontraron en el fraseo de la cantante un vehículo perfecto exploración artística.
Por su parte, la impronta visceral y urbana de Fito Páez quedó plasmada en las lecturas de “Ciudad de pobres corazones” y “Dejaste ver tu corazón”. Ambas canciones fueron despojadas de su aspereza eléctrica original para emerger con una nueva arquitectura formal, donde la improvisación y el rigor de los arreglos instrumentales abrieron lecturas inéditas sobre los textos de Páez.
El álbum se completó con piezas originales y de integración conceptual como “Diamonds”, compuesta junto al pianista y arreglador Leo Genovese, obra que funcionó como un puente natural entre el jazz moderno de los Estados Unidos y la herencia del rock progresivo sudamericano. Con un despliegue instrumental de primer nivel que contó con la complicidad de destacados músicos de la escena global, Todos los fuegos se consagró como el testamento definitivo de la madurez de una creadora incansable que supo fundir dos mundos con elegancia inigualable.
MP/ML