Riesling y Bonarda: las joyas ocultas del vino argentino que buscan su lugar en el mundo
El especialista José Luis Belluscio analizó el presente y potencial de dos cepas poco masivas pero de gran calidad en la vitivinicultura argentina.
La vitivinicultura argentina sigue dominada por el Malbec, pero existen cepas menos difundidas que despiertan creciente interés por su calidad y potencial. En ese escenario, el especialista en vinos, José Luis Belluscio puso el foco en el Riesling y la Bonarda, dos variedades con historia, identidad y desafíos propios.
“Estamos hablando de tan solo 67 hectáreas que tiene el Riesling en la Argentina”, remarcó, al comparar su baja presencia con las casi 196.000 hectáreas totales cultivadas en el país. Sin embargo, aclaró que su escasa superficie no refleja su importancia: “Es una de las cepas blancas más importantes que hay en el mundo por su fineza”.
El Riesling: una cepa de nicho con potencial de exportación
Belluscio explicó que el Riesling se destaca por su perfil aromático complejo, donde predominan flores blancas y cítricos, pero con una particularidad que lo distingue: “Una nota a combustible o a petróleo cuando tiene años en botella, que es una característica de gran fineza”.
El especialista también resaltó su capacidad de guarda, poco común en vinos blancos. En ese sentido, compartió una experiencia concreta: “Probamos un Riesling del 92 y había inundado de aroma todo el lugar, la gente quería entrar a ver qué habíamos abierto”.
A pesar de estas virtudes, su desarrollo en Argentina sigue siendo limitado. “Exportamos apenas 236 mil litros, que es muy poco frente a los 700 millones anuales”, explicó, y planteó el dilema del sector: aumentar su producción o priorizar cepas ya consolidadas.
“Primero tenemos que saber qué nos demanda el mundo para definir qué plantar”, sostuvo, dejando en claro que la estrategia productiva debe estar alineada con el mercado internacional.
Bonarda: historia, confusión y una identidad en recuperación
En cuanto a la Bonarda, Belluscio la definió como una variedad histórica y subvalorada: “Es la tercera variedad fina más implantada en Argentina, con más de 16.000 hectáreas”.
Su origen, sin embargo, estuvo rodeado de confusión durante décadas. “Se creyó que era Bonarda Piamontesa, pero en realidad es la de la Saboya francesa”, explicó, detallando que esta identificación se confirmó científicamente recién en 2008.
Tradicionalmente, su uso estuvo más vinculado a cortes que a vinos varietales. “La Bonarda fue usada durante décadas para blends porque tiene un color muy importante”, indicó. Esa característica la convertía en una aliada clave para mejorar el aspecto visual de los vinos.
Belluscio también subrayó el rol de la percepción en el consumo: “El primer sentido que utilizás cuando servís una copa es la vista, y la Bonarda te permitía lograr colores intensos que parecían de grandes vinos”.
Finalmente, aclaró un punto clave sobre la regulación: “En la Argentina no está permitido agregar colorantes que no provengan de la uva”, lo que refuerza el valor natural de esta cepa en la elaboración.
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