Cuando la presencia transforma: por qué algunas personas nos hacen mejores
Una historia sobre un abrigo revela una ley profunda de los vínculos humanos: lo que irradiamos emocionalmente define lo que recibimos del mundo. Presencia, conciencia y empatía como fuerzas reales de transformación.
Hay personas cuya sola presencia nos modifica. No por discursos brillantes ni consejos grandilocuentes, sino por algo más sutil: su modo de estar en el mundo. Su calma, su mirada, su sonrisa, su forma de escuchar.
Cuando estamos cerca de alguien así, algo en nosotros cambia de temperatura. Pensamos distinto, sentimos distinto, reaccionamos distinto. Es como si su manera de ser despertara en nosotros una versión más amplia, más sensible, más humana.
Esa misteriosa dinámica, cómo lo que el otro irradia nos transforma, se entiende mejor a través de una antigua historia.
En una aldea helada de Rusia vivían un padre anciano y su hijo. La pobreza los abrazaba con la misma fuerza que el frío. Poseían un solo chaleco para ambos. El padre tenía 90 años; el hijo salía cada día a trabajar bajo un viento que cortaba la piel.
Una noche, el padre habló con dureza, casi con desesperación:
—Hijo mío, tengo noventa años. Mis huesos ya no resisten este frío. Si me enfermo, moriré. Ese abrigo me pertenece por necesidad, y lo voy a usar.
El hijo, con la voz temblando entre rabia y angustia, respondió:
—¡Pero yo soy quien sale a trabajar! Yo me enfrento a la tormenta, al hielo, al viento que corta la piel. Si yo caigo enfermo, no habrá comida para ninguno de los dos. ¡Ese abrigo lo necesito yo!
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El tono subió. Ya no hablaban con calma, sino con tensión, con miedo y frustración acumulada.
—¡Yo soy tu padre! —gritó el anciano—. ¡Me debes respeto y cuidado!
—¡Y yo soy quien sostiene esta casa! —replicó el hijo— ¡Sin mí no sobrevivimos!
Las palabras se volvieron punzantes, los rostros se tensaron, y cada uno se aferró al abrigo como si en él estuviera su vida. No era solo tela: era supervivencia, orgullo y una lucha por ser visto.
Así, atrapados en su necesidad y su temor, decidieron ir al rabino, cada uno convencido de que la justicia debía estar de su lado.
Al escucharlos, el rabino no respondió de inmediato. Solo dijo:
—Vuelvan la semana que viene.
Cuando salieron de la casa del rabino, el viento los azotó con ferocidad. El anciano empezó a temblar violentamente; sus manos se sacudían, su respiración era entrecortada.
El hijo lo miró y sintió un golpe en el pecho.
—Papá… —dijo con voz quebrada—. No puedo permitir esto. Tomá el abrigo. Prefiero congelarme yo antes que verte así. Le puso el chaleco sobre los hombros casi a la fuerza.
Pero el padre, con lágrimas corriendo por su rostro arrugado, lo empujó suavemente de vuelta: —¡No! ¿Cómo voy a aceptar esto? Vos trabajás bajo este frío asesino. Si algo te pasa, mi vida ya no tiene sentido. ¡Vos lo necesitás más que yo!
Y así comenzó una discusión completamente distinta, pero igual de apasionada:
—¡Papá, por favor, aceptalo! —suplicó el hijo.
—¡De ninguna manera! —respondió el padre, temblando pero firme—. Mi vida no vale más que la tuya.
Se miraban a los ojos, ambos llorando, ambos desesperados por cuidar al otro. Ya no peleaban por poseer el abrigo; peleaban por entregarlo.
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Con el corazón desbordado, decidieron volver de inmediato al rabino.
Al entrar, el padre habló primero, casi sin aliento:
—Rabino, no puedo quedarme con el abrigo. Vi a mi hijo temblar en el frío. Prefiero sufrir yo antes que verlo sufrir a él.
El hijo lo interrumpió con vehemencia:
—¡No, rabino! Mi padre es anciano. Un golpe de frío puede matarlo. Si alguien debe usarlo, es él!
Y así siguieron, uno tras otro, elevando la voz, gesticulando, con lágrimas y emoción:
—¡Que lo use mi hijo!
—¡Que lo use mi padre!
—¡Yo puedo resistir!
—¡No, yo puedo resistir!
Fue en ese momento cuando el rabino se levantó y dijo:
—¡Basta! Arriba tengo un abrigo que no uso. Se los prestaré para que los dos estén abrigados.
Cuando se los entregó, el hijo, desconcertado, preguntó:
—Rabino, ¿por qué no nos dijiste esto la primera vez?
Y la respuesta fue tan simple como profunda:
—Porque la primera vez vinieron gritando “es mío”. Y sin darme cuenta, ese “es mío” despertó lo mismo en mí. Pero hoy llegaron diciendo “es tuyo”. Y eso despertó en mí el deseo de compartir.
Esta historia no habla solo de un abrigo. Habla de una ley invisible de las relaciones humanas.
La respuesta que recibimos del mundo suele nacer de lo que sembramos en él. Cuando nos acercamos desde la lucha, activamos lucha. Cuando nos acercamos desde la sensibilidad, activamos sensibilidad. Cuando miramos solo nuestras necesidades, el otro se cierra; cuando miramos también las del otro, algo en su corazón se abre.
Lo vemos también en otra experiencia humana.
Uno puede visitar a líderes brillantes, mentes excepcionales, personas que deslumbran por su inteligencia. Salís de ese encuentro diciendo: “qué genio, qué sabio, qué increíble ser humano”. Y es verdad: te impresiona su grandeza… pero te vas convirtiendo, nuevamente en el mismo de antes.
Sin embargo, hay una excepción.
Cuando te encontrás con un verdadero creyente —alguien que cree profundamente, y sobre todo cree en vos— sucede algo distinto. No solo decís “qué genio es él”, sino que salís pensando: “tal vez yo también puedo serlo”. No te achica su luz; al contrario, te expande. Ese es el poder transformador de ciertas presencias.
Y en ese mirarte distinto, las pavadas dejan de ocupar espacio. Las pequeñas miserias se desvanecen. Ya no hay tanta necesidad de defenderte, de imponerte, de ganar.
Cuántas familias se han roto por herencias. Cuántos hermanos que alguna vez se abrazaron hoy ya no se hablan por dinero, por orgullo, por pequeñas mezquindades. Cuántos lazos sagrados quebrados por cosas que, con el tiempo, se vuelven insignificantes.
Porque, al final, muchas veces el abrigo que recibimos del mundo depende del clima que generamos con nuestro propio corazón.
Y cuando más personas eligen vivir en lo grande… el mundo, inevitablemente, se vuelve un lugar mejor. Buen fin de semana.
(*) Rabino Rafael Jashes
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