El reloj que se detuvo para salvar una vida: la historia que invita a entender el sentido de lo que nos ocurre
Inspirada en una reflexión de Steve Jobs y una enseñanza de la Torá, esta historia muestra cómo un hecho que parecía un simple inconveniente terminó cambiando un destino. Una invitación a pensar que muchas respuestas solo aparecen cuando miramos la vida en retrospectiva.
Hay una frase que me acompaña desde hace años: la vida se vive hacia adelante, pero solo se entiende mirando hacia atrás.
Todos recordamos el famoso discurso de Steve Jobs en la Universidad de Stanford. Allí contó que fue dado en adopción, que abandonó la universidad y que fue despedido de la empresa que él mismo había creado. En cada uno de esos momentos sintió que su vida se desmoronaba. Solo muchos años después pudo decir: “No puedes conectar los puntos mirando hacia adelante; solo puedes conectarlos mirando hacia atrás.”
La Torá expresa exactamente la misma idea. Cuando Moshé le pide a Dios comprender Sus caminos, recibe una respuesta sorprendente: “No podrás ver Mi rostro… pero podrás ver Mi espalda.”
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Nuestros sabios explican que el “rostro” representa entender lo que está ocurriendo mientras sucede. Eso no nos fue concedido. La “espalda”, en cambio, representa comprender los acontecimientos una vez que ya pasaron. Recién entonces empezamos a descubrir el dibujo completo. La siguiente historia refleja esta idea de una manera conmovedora.
Un adolescente de 16 años salió una mañana de su casa rumbo a una actividad del colegio. Vivía en Londres. Subió al colectivo, miró distraídamente su reloj y sonrió. Marcaba las 8:30. Le llamó la atención porque la actividad recién empezaba a las 9:15.
—¿Cómo puede ser que llegue tan temprano? —pensó—. Parece que hoy el colectivo voló.
No le hacía ninguna gracia aparecer cuarenta o cuarenta y cinco minutos antes. A esa edad, llegar demasiado temprano era casi una invitación a que los amigos se burlaran de él. En la parada anterior al colegio vio un Starbucks.
—Me bajo, me compro un smoothie y después camino las últimas cuadras. Total, me sobra tiempo.
Tocó el timbre, bajó del colectivo y entró al local. Mientras esperaba su pedido, un estruendo sacudió la ciudad. Después otro. Los vidrios temblaron. La gente empezó a correr. Se escuchaban gritos y sirenas. Nadie entendía qué estaba pasando. Intentó llamar a sus padres, pero las líneas estaban completamente colapsadas.
Cuando por fin logró regresar a su casa, encontró a sus padres llorando desconsoladamente. Al verlo entrar, corrieron a abrazarlo con todas sus fuerzas. No podían creer que estuviera vivo.
Ese día, Londres había sido escenario de una serie de atentados terroristas coordinados. Uno de los colectivos que había explotado era exactamente el que él había abandonado apenas unos minutos antes. Después de unos minutos, cuando lograron calmarse un poco, su padre lo miró a los ojos y le preguntó:
—Hijo… ¿cómo te salvaste?
El muchacho no entendía la pregunta.
—¿Qué querés decir?
—La explosión fue justo antes de la parada de tu colegio. Ese era el colectivo en el que vos tenías que estar. ¿Qué te hizo bajarte?
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—No sé… Miré el reloj y marcaba las 8:30. Pensé que estaba llegando demasiado temprano. Vi un Starbucks y decidí bajar a tomar un smoothie para hacer un poco de tiempo.
El padre frunció el ceño y permaneció unos segundos en silencio.
—No puede ser…
—¿Qué cosa?
—Los atentados comenzaron alrededor de las nueve. Vos decís que bajaste del colectivo y casi enseguida escuchaste la explosión. Si eran las 8:30, eso no cierra…
Se hizo un silencio.
El padre extendió lentamente la mano.
—Hijo… ¿me mostrás tu reloj?
El muchacho se lo sacó de la muñeca.
El padre lo observó unos instantes. No dijo una palabra. Solo levantó la vista y, con la voz quebrada, susurró:
—Mirá…
El reloj seguía marcando exactamente las 8:30. No estaba atrasado. No se había adelantado. Simplemente… se había detenido. No horas antes. No la noche anterior. Se había detenido apenas unos minutos antes de que él mirara la hora. Los minutos justos para hacerle creer que llegaba demasiado temprano. Los minutos justos para que decidiera bajar del colectivo. Los minutos justos… para salvarle la vida.
Imaginate por un instante que ese muchacho hubiera descubierto que el reloj se había quedado sin pila antes de salir de su casa. Probablemente se habría enojado.
"¡Justo hoy tenía que dejar de funcionar!"
"¡Qué mala suerte!"
"Lo necesitaba para esta mañana… y también para la tarde."
Habría visto un problema. Pero, en realidad, ese "problema" era lo que terminó salvándole la vida. Y quizás ahí está una de las enseñanzas más profundas de la existencia.
Muchas veces nos enojamos con el tráfico que nos hace llegar tarde, con la reunión que se cancela, con la llamada que nunca llegó, con la puerta que se cerró o con ese plan que no salió como esperábamos.
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En el presente parecen relojes rotos. Parecen errores. Parecen obstáculos. Pero ¿y si justamente ahí, en aquello que creemos que no está funcionando, se está escribiendo una historia que todavía no alcanzamos a comprender?
Hay un viejo dicho que afirma que hasta un reloj detenido marca la hora correcta dos veces al día. Quizás la vida nos enseña algo todavía más profundo: incluso aquello que parece haber dejado de funcionar puede estar funcionando exactamente como tiene que funcionar.
No todo tiene sentido en el momento en que sucede. Hay cosas que solo revelan su propósito con el paso del tiempo. La vida, de vez en cuando, nos regala relojes sin pila. Y aunque hoy nos cueste entenderlos, tal vez algún día descubramos que fueron precisamente esos relojes los que marcaron la hora exacta de nuestro mayor milagro.
Al fin y al cabo, la vida se vive hacia adelante. Pero, una y otra vez, terminamos entendiéndola mirando hacia atrás.
Que tengas un hermoso fin de semana.
(*) Rafael Jashes - Rabino
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