Que lo parió, no quería esta final. Ni este final.
Se me hace un Alejandro Sanz en el pecho, levemente a la izquierda.
No quiero este dilema, este “a quien querés más, a mamá o papá” que alguna vecina insidiosa me tiraba encima de mi niñez, cándida hasta ese momento.
Precisamente por aquellas tempranas edades comienza uno a forjar la identidad social, el sentido de tribu y su simbología. En aquel anclaje sentimental se podría justificar mi apoyo incondicional y exclusivo al equipo que mañana domingo estará encabezado por el mejor futbolista del mundo.
Y ya estaría, así de fácil, así de simple.
Pero, qué hago con la otra mitad de mi vida, la que transcurre desde hace 36 años en otro país, cuya selección es la alternativa a levantar en unas horas la copa del mundo. Esa tierra donde he adoptado gradualmente otra cultura, tan semejante y diferente a la vez, y tan complementaria con la de mi país natal.
Estilos de vida amalgamados casi sin conflictos, mezclando entre uno y otro las costumbres y rutinas que me permiten moverme cómodamente entre mates y tostadas con aceite, gazpachos y ñoquis del 29, fernet con coca y cava, Charly y Sabina, el vale y el dale, los abrazos profundos y los dos besos, el truco y el mus, Delibes y Borges, la chacarera y el flamenco, la mesa del café junto a la ventana y la caña de pie en la barra.
La albiceleste y la roja…no, pará. Aquí ni juntas ni revueltas. Distingo ambas, claramente.
En una orilla, con los championes gastados, el potrero de la magia posible, el fervor pirata, los ídolos y los tres dioses.
Del otro lado, el orden, la evolución, el desborde amarrado, el talento externo atraído con chequera, de “la Furia” al “tikitaka”.
No se mezclan, pero me representan; uno es Patoruzú, el otro un Quijote menos díscolo que el cervantino.
No los quiero por igual, pero no me hagan elegir.
Sístole celeste y blanca, diástole rojigualda.
En cada una me reconozco, me identifico, los puteo y los aplaudo con la confianza que da la cercanía, la intimidad, la identidad.
Por eso mañana, con el 'Corazón partío', gane quien gane, tengo garantizada una alegría y una tristeza. Simultáneas e inevitables.
Que lo parió, yo no quería.