CIUDADANO ILUSTRE

Enrique Angelelli, el obispo cordobés que hizo de la fe un compromiso con los pobres

En el día de San Jerónimo, patrono de la Ciudad, el padre Horacio Saravia recuerda a monseñor Enrique Angelelli, su compromiso con los empobrecidos, su impulso a la organización popular y una coherencia evangélica que lo llevó al martirio.

San Jerónimo, patrono de la Ciudad Foto: .

San Jerónimo fue elegido como patrono de la sociedad cordobesa. Un acto de cierta egolatría del fundador de la ciudad Don Jerónimo Luis de Cabrera. Hoy, cuando se celebra al Patrono de la sociedad civil cordobesa, quiero referirme a uno de sus ciudadanos más Ilustre: a Monseñor Enrique Ángel Angelelli, un cordobés del siglo 20, enamorado como San Jerónimo de la Palabra de Dios. 

Aconsejaba poner un oído en el Evangelio y el otro en el pueblo, invitando a la confrontación de las Sagradas Escrituras con la realidad social; Angelelli nació en la ciudad de Córdoba en 1923 y fue asesinado el 4 de agosto de 1976 en Punta de Los llanos, provincia de La Rioja. Tanto como presbítero y luego como Obispo vivió su sacerdocio sin olvidarse nunca de Jesús y por lo tanto de los pobres con quienes Cristo se identificó. 

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Angelelli murió como vivió. “Por algo fue”, sospechaban los desconfiados de quienes eran asesinados en la dictadura militar iniciada en 1976. ¡si! Por supuesto que por algo fue, y ese “algo” no es incognito sino coherencia. Muchas de las razones por la que mataron al Obispo de La Rioja, comienzan cuando él era un simple sacerdote cordobés. Cuando fue ordenado Obispo en 1961, sorprendió gratamente la cantidad de obreros y jóvenes universitarios que fueron a su consagración episcopal; nunca se había visto en Córdoba una imagen como esa.

Esperanzado por el Concilio Vaticano II, en el cual participa, fue consciente de que este concilio era martirial, porque según dijo en una homilía “iban a desaparecer algunas estructuras caducas” y eso indignaba a los sectores conservadores como el cabildo de canónicos en la Catedral cordobesa y en las familias de abolengo en esta provincia conservadora. 

Cuando Monseñor Angelelli es designado Obispo de la Rioja en 1968 puso en marcha un proyecto nacido en la eclesiología del Concilio Vaticano II. Nombró dos aristas de dicho plan pastoral: por una parte, tenía un propósito sinodal, es decir, organizar la Iglesia “en un caminar juntos”, una comunidad cristiana en la que caminen cada uno con su postura, su historia y su realidad, pero en una misma dirección en la que el gran protagonista debía ser el Espíritu Santo. 

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En esta Pastoral de Conjunto, toda la comunidad gozaba del derecho de participar aconsejando. Esto era un golpe mortal para el clericalismo, un vicio en la Iglesia que hace mucho daño. El conservadurismo se enfureció, no estaba dispuesto a compartir las decisiones con el “don nadie”. El clericalismo que fortalece el verticalismo, se vio seriamente amenazado y no tardó en responder de manera contestataria. 

Otra de las costumbres era la de asistir a los pobres. La asistencia a los pobres siempre fue evangélica, pero cuando se reduce al asistencialismo, fortalece una estructura de emergencia, que perjudica a los pobres porque los deja sin salida y atrapados en las sociedades de beneficencia administradas por pudientes, pero con plata del Estado. 

Nadie puede negar que todo pobre alguna vez ha sido empobrecido y no es lo mismo decirles “pobres”, un sustantivo indicador que llamarlos “empobrecidos” de un verbo cuestionador, que obliga a las preguntas ¿desde cuándo? ¿por quienes? Angelelli alentó a que los empobrecidos se organicen y eso trae serias consecuencias. 

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Los pequeños propietarios de tierra no podían competir con los latifundistas, entonces, la Iglesia riojana participó en las cooperativas agrarias, en las cuales “monjas” y laicos como el mártir Wenceslao Pedernera tuvieron un protagonismo importante. La formación de las cooperativas forjaba una competencia más igualitaria que preocupaba a los terratenientes. 

Los mártires riojanos son la expresión visible y sangrienta de una Iglesia evangélicamente dócil al Concilio y atravesada por el profetismo, y el Obispo era la vanguardia de ese profetismo. Todo profeta es un hombre solidario que queda solitario. ¡Solo! Muchos eran los Obispos argentinos, pero él murió solo y hasta negado por algunos de sus hermanos de mitra.