La bicicleta del ‘Maligno’ Torres todavía “vuela” en el Kempes
El cordobés no guardó en su casa el oro olímpico conquistado en París 2024: lo dejó como una ofrenda en el Museo del Kempes, junto a la bicicleta con la que hizo historia y su credencial. Los tres objetos juntos forman una escena única. Custodiada con celo, las piezas atraen miradas y provoca una sensación compartida: la de estar frente a algo extraordinario.
Entrar la Museo del Deporte del Estadio Kempes provoca una serie de sensaciones y emociones, brotan los recuerdos y las historias. Uno tiene la sensación, al visitarlo, que el pasado deportivo se ordena en vitrinas como si fueran estaciones de un relato mayor. Hay camisetas que te hacen erizar la piel, botines que dan ganas de ponérselo para jugar, trofeos que evocan a grandes glorias. Todas cautivantes. Pero hay un objeto que detiene el paso incluso de los distraídos. No es el brillo (aunque lo tiene) ni el peso simbólico que arrastra, sino algo más difícil de precisar. Algo que ahora, en el lenguaje rápido de las redes, se llama “aura”.
Está ahí, suspendida en su propio pequeño altar: la medalla de oro de Juegos Olímpicos de París 2024 que ganó José ‘Maligno’ Torres. Y a su lado, como si todavía respirara la tensión del salto perfecto, la bicicleta con la que escribió la página más inesperada del deporte argentino reciente. Y también su credencial, ese documento austero que en París le abrió las puertas a la historia. Están ahí en el Museo del Kempes. “Es la original”, pregunta mucha gente cuando la ve y no lo puede creer; y a Gustavo Farías, el curador del Museo, le brillan los ojos sabiendo que su respuesta provocará más sorpresas: “Todo es original”.
La escena tiene algo de ceremonia íntima. Los visitantes se acercan sin apuro. Algunos rodean la vitrina, otros se inclinan apenas, como si quisieran descubrir una grieta en el relato, un detalle que explique cómo aquel pibe terminó dominando el aire ante los mejores del mundo. Pero no hay secreto visible. Solo una bicicleta, una medalla y la sospecha de que algo extraordinario ocurrió.
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Un triunfo colectivo
‘Maligno’ tiene muchos fans en todo el planeta y en Córdoba ni hablar. Su forma de ser llama la atención a los pibes. Y por eso es que ver la medalla de oro en el Kempes y no en su casa forma parte su carisma. Él no se llevó el oro a su casa. No lo guardó en una caja ni lo convirtió en trofeo doméstico.
Lo dejó en el Museo provincial para que todos lo puedan ver apreciar sacarle fotos, al trofeo y a la bicleta histórica e icónica. Al frente está la foto de uno de los saltos que cautivó a los jurados en París. Se puede confirmar, sí, sí, es la misma bicicleta para que la comunidad la pueda apreciar. El ‘Maligno’ Torres es como que quiere ofrendar en un gesto que tiene más de pertenencia que de desprendimiento. “Me siento feliz y valorado”, escribió en el Techo de las Estrellas cuando visitó el Museo del estadio, invitado por Agustín Calleri. La frase, breve, quedó flotando entre otros nombres ilustres, pero adquiere otro espesor cuando se la lee frente a la vitrina.
Acuerdo dorado
El Maligno, que posee además tres medallas panamericanas, tres en los X Games, un subcampeonato mundial, eligió que su mayor conquista no sea un objeto privado. Quizás porque el recorrido que lo llevó hasta París nunca fue lineal. Hubo viajes, entrenamientos en soledad, caídas que no siempre se ven en las repeticiones televisivas. Hubo también una persistencia casi obstinada, una manera de insistir cuando todo parecía lateral.
En el museo, ese trayecto no está narrado con palabras extensas ni con pantallas interactivas. Está condensado en la materia: el metal dorado, el cuadro de la bicicleta, los detalles gastados por el uso. Es una narrativa sin adjetivos, donde cada marca cumple la función de una frase. Gustavo Farías y el equipo del museo lo saben. Custodian la pieza con una atención que no es solo técnica. Entienden que no se trata de un objeto más, sino de una singularidad dentro de la colección. “Una perla”, dicen, con una mezcla de orgullo y responsabilidad. El contrato que asegura su permanencia —al menos por un año, renovable— es apenas un dato administrativo frente a la dimensión simbólica que adquirió.
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Aura
Hay algo en esa bicicleta que convoca. Tal vez sea su condición de herramienta elevada a mito. O tal vez el hecho de que, a diferencia de otros objetos históricos, no pertenece a una época lejana sino a un presente todavía caliente. La gente la mira y reconoce en ella algo más que un vehículo: la posibilidad de haber estado ahí, en ese instante preciso en el que todo salió bien.
En un rincón del museo, lejos del ruido de las tribunas, la historia reciente del deporte argentino respira en voz baja. No necesita estridencias. Le alcanza con esa medalla que refleja la luz y con esa bicicleta que parece, todavía, dispuesta a despegar.
Ahí es cuando la escena se repite: alguien se queda unos segundos más. Observa. Intenta descifrar. Y aunque no encuentre una respuesta, sale con la certeza de haber estado frente a algo que excede la lógica. Algo que, sin saber exactamente por qué, impone respeto. Como dicen los pibes de ahora: tiene aura.
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