Milei profundiza un seguidismo rudimentario de las decisiones de Trump
Giro riesgoso. Trump estrenó en Venezuela el nuevo orden internacional que impulsa. Rompe el orden jurídico internacional y prioriza una lógica imperial y transaccional.
Javier Milei encontró la fórmula perfecta para ratificar el sesgo partidista de su política exterior, un seguidismo rudimentario de las decisiones de Donald Trump, cualesquiera sean. Ante la incursión militar norteamericana, exclamó: “La libertad avanza. ¡Viva la libertad, carajo!”, Asumió como propio el triunfalismo trumpista.
Celebró la captura de Nicolás Maduro como “la caída de un dictador”, un “terrorista” y “narcotraficante”. Maduro era un dictador. Usurpaba el poder desde 2024 tras una elección tan fraudulenta que ni siquiera pudo mostrar las actas del escrutinio. Su régimen –aún en el poder– ejecutó, “desapareció”, encarceló, torturó y proscribió a miles de dirigentes opositores, según consta en los informes Bachelet de las Naciones Unidas.
La autocracia chavista empujó a la emigración a casi el 30% de la población. En busca de asilo político o de oportunidades de trabajo tras el colapso del modelo económico del “Socialismo del Siglo XXI”.
En nombre de la democracia
Estados Unidos no actuó en defensa de la democracia. Como ya se ha señalado, Trump ni siquiera mencionó el concepto en su comunicación de los hechos. Se limitó a arrogarse el derecho al uso de la fuerza en nombre de la seguridad nacional de Estados Unidos. Argumentó que la amenazaba el “narcoterrorismo” del “Cartel de los Soles” bajo el liderazgo de Maduro. Y revindicó el objetivo explícito de que las empresas estadounidenses expropiadas por Hugo Chávez retomen la explotación de petróleo en Venezuela, el país con las mayores reservas probadas.
La captura de Maduro fue el estreno simbólico del nuevo orden mundial que impulsa Trump. Lo explicitó en diciembre el documento “Estrategia de Seguridad Nacional 2025” del gobierno de Estados Unidos. El texto legitima el uso de la fuerza para afirmar “los intereses nacionales estratégicos”.
Ese enfoque ignora los principios de la soberanía de los estados y la autodeterminación de los pueblos. Rompe el orden jurídico internacional preexistente. Y abandona la defensa de los valores de la democracia liberal, en favor de una lógica imperial y transaccional. Al punto de que la política exterior se subordina a la obtención y control de recursos estratégicos (petróleo, minerales y tecnologías críticas) “necesarios para la defensa de Estados Unidos”.
El ”colorario” Trump
La arquitectura del orden internacional concebido por Trump establece áreas de influencia regidas de hecho por las principales potencias. Y fija, específicamente, lo que el propio documento menciona como el “corolario Trump” de la Doctrina Monroe. La versión inicial justificó en el siglo pasado intervenciones armadas de Estados Unidos en América Latina para conjurar agresiones extrarregionales, reales o supuestas. Los casos más notorios fueron los de Cuba, Puerto Rico, República Dominicana, Haití, Nicaragua y Panamá.
El “corolario Trump” redefine el concepto de “hemisferio Occidental”, sobre el que reivindica la supremacía estadounidense. Explicita una voluntad expansionista hacia Canadá y Groenlandia, la mayor isla del planeta, hoy bajo soberanía danesa. “La necesitamos para asegurar nuestra seguridad”, ratificó ayer Trump.
El nuevo diseño estratégico se propone “expulsar” a potencias competidoras de esa geografía y, según ratificó ahora Trump, a gobiernos que las sostienen. Mencionó a Cuba, Nicaragua y Colombia. Por sus vínculos con China y Rusia y, en menor medida, Irán. Países con fuerte presencia económica y militar en Venezuela. Pero también con intereses en el resto de la región.
El borrador del acuerdo arancelario con Argentina, hoy pausado por Washington, incluye una cláusula para frenar exportaciones e inversiones chinas en nuestro país. Y su reemplazo por la gestión de empresas norteamericanas. Sobre todo, en áreas sensibles como energía, minerales críticos (uranio, litio y tierras raras) y tecnologías sensibles como el 5G.
Antecedente riesgoso
El alineamiento del gobierno de Milei con la doctrina estratégica de Trump no sólo profundiza una relación asimétrica con Estados Unidos, cuyos resultados aún no es posible dimensionar. El respaldo de la incursión militar en Venezuela es contrario a los fundamentos jurídicos del reclamo histórico de los derechos soberanos argentinos sobre Malvinas. Y un antecedente riesgoso para potenciales conflictos futuros.
Los gobiernos kirchneristas desplegaron una política exterior facciosa. Entre otros efectos negativos, dejó una enorme deuda moral, como el alineamiento sin reservas y los negocios opacos con la dictadura bolivariana. Una malversación de los valores del progresismo democrático que, de a ratos, reivindicaba su relato.
El gobierno de Milei avanza también en la utilización facciosa de la política exterior, con otro signo. E incurre en una malversación de las “ideas de la libertad” que dice defender. Esa pendularidad entre dos faccionalismos lesiona los intereses permanentes de la Argentina. Y los principios básicos del consenso democrático y del estado de derecho restaurados a partir de 1983.
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