¿Para qué estamos viviendo? La pregunta que puede convertirse en la brújula de nuestra vida
Preguntarnos por qué hacemos lo que hacemos puede ayudarnos a encontrar un propósito y orientar nuestras decisiones. Una reflexión sobre el crecimiento personal, el vínculo con los demás y la necesidad de hacer que nuestra espiritualidad se refleje en la manera en que vivimos.
Una de las mayores locuras de la vida es vivir sin preguntarnos por qué estamos acá o para qué. Cada proyecto de nuestra vida debería tener un propósito, un porqué. Nadie hace algo verdaderamente significativo porque sí.
Un empresario no crea una empresa sin un propósito detrás. Puede querer ganar dinero, solucionar un problema, generar empleo o construir algo que trascienda, pero tiene que existir un “¿para qué?”.
Imaginen que alguien me dice:
—Acabo de crear un proyecto increíble. Es un robot que se carga solo, se lava solo, se mantiene solo y funciona completamente por sí mismo.
Yo le preguntaría:
—¿Y qué hace?
—Nada.
—¿Cómo que nada?
—Nada. Se carga solo, se limpia solo y se mantiene solo.
Pensaríamos que es absurdo. ¿Para qué sirve? Porque una cosa puede funcionar perfectamente y, sin embargo, no tener sentido. Y quizás eso nos pasa muchas veces a nosotros. Aprendemos a funcionar. Estudiamos, trabajamos, ganamos dinero, formamos una familia, cumplimos responsabilidades y tenemos una agenda llena. Pero podemos pasar años funcionando perfectamente sin habernos detenido a preguntar: ¿para qué? ¿Cuál es el propósito?
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La ciencia puede explicarnos muchísimo sobre el qué y el cómo: qué somos, cómo funciona nuestro cuerpo, cómo funciona el universo y cómo suceden determinadas cosas. Pero hay una pregunta que va más allá: ¿por qué? ¿Para qué estamos acá?
No necesariamente importa que todos lleguemos exactamente a la misma respuesta. Lo importante es hacer el ejercicio de preguntarnos: ¿para qué estoy viviendo? Porque cuando tengo claro el propósito, aparece algo fundamental: una brújula. Puedo empezar a preguntarme frente a cada decisión si esto me acerca o me aleja de aquello para lo que estoy acá.
Incluso lo que consideramos bueno o malo puede cambiar dependiendo de cuál sea nuestro propósito. Si mi propósito es simplemente estar tranquilo y experimentar placer, voy a rechazar todo aquello que me quite tranquilidad o placer. Pero si mi propósito es crecer, ayudar y hacer de este mundo un lugar mejor, entonces voy a estar dispuesto a hacer muchas cosas que quizás no sean placenteras en el momento.
Pensemos incluso en estudiar una carrera. Si mi propósito es aprender y crecer, voy a estudiar para comprender, para formarme y para desarrollarme. Pero si mi único propósito es obtener un título, entonces quizás lo importante sea simplemente aprobar las materias y pasar los exámenes.
El mismo acto puede tener un significado completamente diferente dependiendo del propósito que haya detrás. Por eso necesitamos una brújula. Necesitamos saber para qué. Y quizás la vida nos da una pista extraordinaria sobre cuál puede ser ese propósito.
En la Biblia aparecen dos preguntas que Dios le hace al ser humano. La primera es: “¿Dónde estás?”. Y la segunda: “¿Dónde está tu hermano?”. Dos preguntas aparentemente simples, pero que quizás son, en realidad, las dos grandes preguntas de nuestra vida.
¿Dónde estás? ¿En quién te estás convirtiendo? ¿Qué aprendiste? ¿Cuánto creciste? ¿Qué mejoraste? ¿Qué hiciste con el potencial que recibiste? ¿Quién sos hoy en comparación con quien eras ayer? Esa es la primera parte de nuestro propósito: crecer, aprender, mejorar, evolucionar, convertirnos en una versión más desarrollada de nosotros mismos.
Pero después viene la segunda pregunta. Y es todavía más desafiante: “¿Dónde está tu hermano?”. ¿Qué hiciste con todo eso que recibiste? ¿A quién ayudaste? ¿Qué diste? ¿Qué aportaste? ¿Qué dejaste en el mundo que antes no estaba?
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Porque quizás no vinimos solamente a crecer nosotros. Vinimos a hacer algo con ese crecimiento. Primero trabajar sobre nosotros. Después preguntarnos qué hacemos por el otro. Primero transformarnos. Después transformar algo del mundo que nos rodea.
Y en última instancia, quizás todo esto pueda resumirse en una sola idea: parecernos a Dios. No físicamente, por supuesto, sino en nuestros atributos y en nuestra manera de vivir.
Si Dios es bondad, nosotros desarrollamos bondad. Si Dios es compasión, nosotros desarrollamos compasión. Si Dios da, nosotros aprendemos a dar. Si Dios se preocupa por el otro, nosotros aprendemos a preocuparnos por el otro.
Y quizás ese sea uno de los grandes propósitos de la vida espiritual: encarnar la espiritualidad en nuestra vida. Que nuestra espiritualidad se pueda ver en cómo vivimos.
Imaginen la escena. Un niño, muy pobre, está parado frente a una juguetería. Es un día cualquiera. La gente entra y sale. Algunos compran regalos, otros simplemente miran. Pero él está afuera, del otro lado del vidrio, y mira los juguetes, los autos, las cajas… todo aquello que sabe que probablemente nunca va a tener.
Mientras está ahí, mirando desde afuera, dentro de la juguetería hay una mujer con su hijo. La mujer se da cuenta de que el niño está ahí. Lo observa durante unos segundos y pasa algo: sale de la tienda, se acerca al niño y le pregunta:
—¿Hay algún juguete que te guste?
El niño probablemente piensa que simplemente le está hablando. Entonces ella le dice:
—Entrá. Elegí uno.
El niño entra. Mira. No sabe qué hacer. Y la mujer le dice:
—Elegí el que quieras. Yo te lo compro.
El niño finalmente elige uno. La mujer lo paga, se lo entrega y el niño se queda ahí, sosteniendo el juguete, mirando a esa mujer. Hay un momento de silencio. Porque para él esto no tiene explicación. ¿Cómo puede alguien que no lo conoce hacer algo así?
Entonces levanta la mirada y le pregunta:
—Señora…
Ella lo mira.
—¿Usted es Dios?
Y la mujer le responde:
—No, hijo. Soy una de Sus hijas.
El niño se queda pensando unos segundos. La mira, mira el juguete, vuelve a mirarla y finalmente le dice:
—Señora… se nota que son familiares.
Y quizás ese sea uno de los propósitos más profundos de nuestra vida espiritual: que se note. Que cuando caminemos por la calle, cuando alguien se encuentre con nosotros, pueda sentir que hay algo de esa Divinidad en nosotros.
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Quizás de eso se trata parecerse a Dios. No de que nosotros digamos que somos Sus hijos, sino de que, cuando alguien nos vea pasar, se note que somos familiares.
Y quizás ahí podamos volver a las dos preguntas: ¿Dónde estás? ¿En quién te estás convirtiendo? Y ¿dónde está tu hermano? ¿Qué estás haciendo con aquello en lo que te estás convirtiendo?
Porque quizás ese sea nuestro propósito: aprender, crecer, mejorar, evolucionar y hacer que el mundo sea un poquito mejor porque nosotros pasamos por él.
Y, sobre todo, encarnar la espiritualidad en nuestra vida. Que cuando caminemos por la calle, nuestra vida pueda decir algo que nosotros ni siquiera tengamos que explicar: “Se nota que somos familiares”.
Buen fin de semana.
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