Día 764: Venezuela y su patético socialismo tropical del siglo XXI
El socialismo de este siglo no fracasó por falta de recursos ni por exceso de enemigos externos, sino porque renunció desde el inicio a la tarea central: mejorar sustentablemente la vida de la gente.
El socialismo que pensó Karl Marx no era una estética ni una identidad cultural: era un proyecto de transformación material de la sociedad, con eje en la organización consciente de la clase trabajadora, la planificación de la producción y la ruptura efectiva con la lógica del capitalismo.
En América Latina el socialismo se tropicalizó: se volvió relato, épica nacionalista, liturgia popular y liderazgo carismático, pero sin tocar los cimientos económicos que Marx había identificado como el corazón del problema, sin reemplazar, tampoco, un sistema de asignación de recursos orientado por el mercado por otro planificado. De ese divorcio entre teoría y realidad nació una criatura nueva, híbrida y contradictoria, que ya no se parece al socialismo histórico y concentra rasgos de tiranía.
Marx dice, en su célebre texto "El 18 brumario de Luis Bonaparte", que la historia se repite: ocurre primero como tragedia, luego como farsa. Y esa mutación de épica revolucionaria a caricatura grotesca es quizá la mejor forma de entender el llamado socialismo latinoamericano del siglo XXI.
Durante décadas, incluso los soviéticos miraban con desconfianza a lo que llamaban “el marxismo silvestre y tropical”. El “Che” Guevara mismo era visto con escepticismo. Para ellos, la idea de que en estas latitudes pudiera desarrollarse una estrategia seria de planificación socialista parecía más una postal exótica que un proyecto histórico consistente.
En el corazón de la ex URSS, a metros del Kremlin, funcionaba la Gosplan, el ministerio de Planificación: una maquinaria burocrática colosal integrada por algunos de los mejores matemáticos y economistas del planeta, capaz de coordinar la producción de un país continental y, al mismo tiempo, poner un hombre en el espacio antes que nadie. Los logros de la URSS fueron palpables y convirtieron a Rusia en una potencia.
Sin dudas, sin la revolución rusa de 1917 o la revolución china de Mao en 1949, ni China ni Rusia hubieran salido del atraso económico. El empuje revolucionario de las masas y el control revolucionario de la producción lograron algo que es muy difícil: que esos países quemen etapas en su desarrollo y salten hacia adelante, rompiendo la lógica de la división internacional de la producción propia de la globalización.
Pero el llamado “socialismo del siglo XXI”, en cambio, no logró romper el lugar económico que esos países tenían. Tampoco lo logró Cuba, más allá de avances en materia educativa y de salud. Reemplazó la venta de azúcar a Estados Unidos por la venta a la URSS. En el caso de Venezuela, el país fue llevado a una catástrofe económica.
Los cubanos que custodiaban a Nicolás Maduro los primeros días de enero no pudieron matar ni a un solo soldado norteamericano, y las Fuerzas Armadas bolivarianas ni siquiera dispararon contra helicópteros extranjeros. Todo el relato épico se disolvió en un silencio humillante cuando hubo una confrontación con Estados Unidos. Esto, comparado con el peligro mutuo que representaban la URSS y Estados Unidos, refuerza la idea de “farsa” o “comedia” frente a lo que fue una verdadera disputa geopolítica.
Aclaremos que nada de lo que ocurrió en Venezuela, ni la deriva autoritaria del chavismo, ni el colapso económico, ni la degradación moral de su dirigencia, puede ser utilizado para legitimar la intervención militar de una potencia extranjera. Los bombardeos, la captura de un presidente por fuerzas externas y la ocupación de facto del territorio constituyen una violación flagrante del derecho internacional y de los principios básicos de soberanía que rigen la convivencia entre naciones.
Aceptar esa lógica implica retroceder décadas en la historia de América Latina, a la época en que los problemas internos de nuestros países se resolvían desde Washington a fuerza de marines, bases militares y gobiernos títeres. Que el chavismo haya fracasado no convierte a Estados Unidos en un árbitro moral ni político del continente; al contrario, reinstala una tradición imperial que ha sido una de las principales fuentes de inestabilidad, resentimiento, dependencia en la región y el surgimiento de movimientos como el "socialismo del siglo XXI".
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La irrupción de gobiernos como los de Hugo Chávez, Evo Morales o Rafael Correa reabrió una discusión histórica en la izquierda latinoamericana que venía del marxismo clásico: a pesar de que los “nacionalismos” son contrarios a la idea de internacionalismo obrero que sostenía Marx, sectores de la izquierda sostuvieron que no hay alternativa por fuera del sentimiento nacional-popular que atraviesa a las masas, por lo que solo participando del corazón de esos gobiernos se podría avanzar en un sentido socialista.
La película "Bananas", de Woody Allen, presenta una genial parodia de este fenómeno. Se trata de una sátira de 1971 en la que un empleado, tras ser abandonado por su novia, viaja a la república ficticia de San Marcos y se ve envuelto en una revolución, terminando como líder provisional de una dictadura bananera, parodiando revoluciones latinoamericanas.
"Por fin, este simpático país podrá descansar al sol de una verdadera democracia. Una tierra donde ningún hombre es mejor que otro, donde hay igualdad de oportunidades y respeto por la ley y el orden", dice uno de los personajes, a lo que el líder responde: "Ahora la ley soy yo, amigo".
Ante esa afirmación, el personaje de Woody Allen dice: "Sí, pero pronto habrá elecciones libres y la gente podrá elegir a sus propios jefes. Usted puede dimitir voluntariamente y volver a trabajar con agricultor. ¿Qué le pasa? ¿Se ha puesto serio?". Y el compañero replica: "Esta gente son campesinos demasiado ignorantes para votar. Ahora soy yo quien gobierna este país. No habrá elecciones hasta que yo lo decrete".
En Modo Fontevecchia entrevistamos a Jaime Duran Barba, quien sostuvo una posición nítida contra cualquier forma de autoritarismo y equiparó sin matices a Jorge Rafael Videla, Maduro y Daniel Ortega. “Dictadura militar es dictadura militar", dijo. Sin embargo, para explicar por qué algunas dictaduras caen y otras resisten, compara con Irán y la Alemania oriental. Cuando la sociedad está masivamente en contra, el régimen se derrumba aun teniendo detrás enormes fuerzas armadas.
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En Venezuela subraya la herencia material y simbólica del chavismo: durante la era Chávez hubo “una cantidad de recursos descomunal” que financió misiones sociales, casas gratuitas y transferencias dentro y fuera del país. Eso dejó una base social y emocional que no desaparece de un día para otro. También sostuvo que la política agresiva de Trump es contraproducente, porque empuja las simpatías contra los bombardeos a Venezuela.
Pero además, Duran Barba aportó una definición clásica del socialismo en el siglo XX. La revolución tiene sentido cuando es un proyecto mundial. “Económicamente, la Cuba comunista fue un fracaso total, mientras que la Cuba en el exilio ha sido muy exitosa: cuentan con una ciudad bonita, próspera y desarrollada. Es un escombro flotando en el mar de los zargazos, destinado a hundirse. No tiene ninguna posibilidad, porque la revolución tuvo sentido cuando era mundial", aseguró el analista.
Y añadió: "Esta revolución bolivariana, o la de Correa en Ecuador, o la de Evo en Bolivia, eran revoluciones nacionalistas. Y creo que si hay algo contrapuesto al pensamiento revolucionario es el nacionalismo y la religiosidad iraní".
La discusión en la izquierda en torno al “socialismo del siglo XXI” es una reedición de los debates que atravesaron al movimiento socialista frente a Juan Domingo Perón, Getúlio Dornelles Vargas, Lázaro Cárdenas o Víctor Paz Estenssoro en el siglo pasado. Ya entonces se discutía si esos regímenes nacionalistas podían ser un puente hacia el socialismo o si, por el contrario, eran un obstáculo estructural. El propio Perón reconoció en varias de sus declaraciones que era necesario dar concesiones a la clase trabajadora para que no se radicalizara hacia el socialismo.
Por el contrario, el chavismo se presentó abiertamente como un “socialismo del siglo XXI”. Y de allí nació la idea del llamado “socialismo nacional”: la idea de que la clase trabajadora debía subordinarse durante un largo período a liderazgos nacionalistas porque todavía no estaba “madura” para una revolución socialista obrera como la que proponía Marx.
En el plano económico, estos gobiernos se asentaron en el capitalismo de Estado. El Estado pasó a gestionar ramas clave de la economía, pero sin romper con la lógica del valor ni con la propiedad privada, como sí pasó en la Unión Soviética y también en Cuba, aunque Cuba lo hizo gracias a que existía como polo gravitatorio la URSS.
Probablemente, sin la existencia de la Unión Soviética jamás se hubiera llegado a la expropiación de la producción en Cuba. Recordemos que Fidel Castro y el "Che" Guevara ingresan al Partido Comunista recién luego de la toma del poder en Cuba. La revolución de Fidel comenzó como un levantamiento contra Batista, es decir, como un reclamo republicano y democrático frente a una dictadura militar. Todas comienzan así: alentando a la libertad y a favor de la democracia, como lo hace Donald Trump en este momento.
Apostar a que de allí emerja el socialismo representó incorporar algo que jamás se le hubiera ocurrido a Marx: reemplazar la construcción de una alternativa socialista obrera, con sus organizaciones, como ocurrió en Rusia con los soviets, por la esperanza de que un grupo cerrado, militarizado y burocrático haga la revolución y el socialismo.
Diosdado Cabello, probablemente el sucesor de Maduro en la conducción del movimiento chavista, representa el arquetipo de dictador populista del socialismo tropical. En una escena un tanto machista, se burló de María Corina Machado en el programa que tiene en la televisión venezolana. En enero de 2025, la líder opositora afirmó que estaba a salvo tras su detención y que se le había caído la cartera.
Como respuesta, el ministro chavista desmintió la detención de la líder opositora y exhibió una cartera azul. Luego, abrió el bolso y comenzó a sacar elementos, como una receta médica para ansiolíticos y antipsicóticos y una tableta de pastillas. “Esta cartera tiene secretos. Que no sea que en el bolso existan cosas que me comprometan”, siguió.
Nacido en 1963 en el estado Monagas, Cabello proviene de una familia de clase media y se formó en la Academia Militar. Allí conoció a Chávez, a quien siempre describió como su mentor, padrino y protector político. Esa relación de devoción personal con el líder bolivariano marcó su ascenso dentro del movimiento que terminaría dominando la política venezolana.
En febrero de 1992 participó del fallido golpe de Estado contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez, encabezado por Chávez. Por su bajo rango evitó la cárcel, pero quedó marcado como parte del núcleo conspirativo que luego capitalizaría el desgaste del sistema político tradicional.
Diosdado Cabello y Hugo Chávez, entre los oficiales que lideraron el intento de golpe de Estado en 1992.
Tras la llegada de Chávez al poder en 1998, Cabello se convirtió en uno de los principales operadores del nuevo régimen. Fue ministro secretario de la Presidencia y, más tarde, ocupó carteras estratégicas como Interior e Infraestructura, desde donde tejió redes de control sobre la administración pública, los servicios de inteligencia y los aparatos de seguridad.
El momento que selló su condición de hombre fuerte ocurrió durante el golpe de abril de 2002. Mientras Chávez estaba detenido, Cabello logró mantenerse oculto durante horas, reapareció cuando las movilizaciones populares reclamaban el regreso del líder bolivariano y llegó a ejercer la presidencia de manera interina. Fue él quien ordenó el rescate de Chávez y, en la madrugada del 13 de abril, le devolvió el poder en un gesto de lealtad que nunca sería olvidado.
Esa fidelidad fue ampliamente recompensada. Chávez lo convirtió en una pieza central del aparato político y militar del chavismo, confiándole áreas sensibles del Estado. Desde el Ministerio del Interior, Cabello pasó a controlar estructuras de inteligencia y a consolidar su influencia dentro de las Fuerzas Armadas.
En 2004 fue electo gobernador del estado Miranda, donde permaneció hasta 2008, cuando fue derrotado por Henrique Capriles, una derrota que marcó uno de los pocos reveses de su carrera. En 2012 llegó a la presidencia de la Asamblea Nacional, cargo que repetiría en distintos períodos, convirtiéndose en uno de los funcionarios con mayor peso institucional. Desde ese lugar, Cabello se consolidó como jefe del ala dura del chavismo y referente indiscutido del sector militar dentro del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV).
Su figura también estuvo rodeada de denuncias por enriquecimiento y acumulación de una fortuna millonaria, lo que alimentó la imagen de un dirigente que no solo detenta poder político, sino también económico. Para muchos opositores, Cabello representa la síntesis entre partido, Estado, Fuerzas Armadas y negocios.
Algunos analistas sostuvieron que, por las características que tuvo la captura de Maduro, con la licencia de los militares venezolanos por Año Nuevo y la falta de defensas antiaéreas, debió haber un pacto en el que participó Cabello. Tras la captura de Maduro, dio sus primeras declaraciones, mientras patrullaba las calles de Caracas junto a una pequeña delegación militar. “Llamo a la calma”, afirmó.
El viernes pasado, en Modo Fontevecchia, el politólogo y escritor venezolano Walter Molina dijo que la liberación de presos políticos en Venezuela está siendo deliberadamente entorpecida por el núcleo duro del chavismo, en especial por Cabello, a quien señaló como el principal obstáculo para cualquier transición real.
Según relató, familiares de detenidos fueron contactados con falsas promesas de liberación y pasaron más de 24 horas aguardando sin información concreta. Para Molina, esta conducta no es caótica sino parte de un mecanismo de castigo sádico.
El politólogo explicó además que el régimen fragmentó el sistema de detenciones en feudos personales. “En Venezuela hay presos políticos dependiendo de personas. Hay presos políticos de los Maduro, hay presos políticos de Diosdado Cabello, hay presos políticos de Delcy Rodríguez. Entonces, ellos no quieren entregar a los suyos, que son muchos y que, fundamentalmente, son militares. Cabello va a ser un obstáculo. Él ya ha sido advertido por parte de los Estados Unidos. Vamos a ver si cumple esto o si sigue siendo una piedra en el camino", declaró.
Pero hay un punto en el que el análisis político se queda corto y empieza a emerger otra dimensión del poder: la del delirio personal, la degradación moral y la patología del mando sin límites. Cuando los liderazgos dejan de ser apenas autoritarios o estratégicos y pasan a estar regidos por la humillación, el sadismo y el goce en el sufrimiento ajeno, ya no alcanza con explicarlos por ideologías, intereses o correlaciones de fuerzas.
En ese umbral, la política empieza a parecerse menos a la historia contemporánea y más a una tragedia antigua, donde el poder absoluto se confunde con la locura. Es allí donde la figura de Cabello deja de ser solo la de un operador político y comienza a resonar con un arquetipo mucho más viejo: el del tirano clásico.
Calígula, cuyo nombre real fue Cayo Julio César Augusto Germánico, gobernó entre 37 y 41 d. C. y quedó como símbolo del poder sin frenos. Llegó al trono con entusiasmo popular tras el gobierno de Tiberio y al inicio liberó presos y prometió restaurar las virtudes republicanas, pero pronto ese clima se desvaneció.
Según Suetonio y Dión Casio, sufrió una mutación marcada por crueldad, derroche y delirios de divinidad. Mandó a ejecutar senadores por sospechas mínimas, humilló a la aristocracia y despilfarró el tesoro en extravagancias, como la célebre intención de nombrar cónsul a su caballo. En enero del año 41 fue asesinado por la Guardia Pretoriana. Con solo 28 años dejó como legado el trauma de un poder convertido en monarquía sin límites.
Casualmente, Diosdado Cabello era quien amenazaba a Alberto Fernández con que no se le subiera el poder a la cabeza apenas asumió. "Hubo elecciones en Argentina. Ojalá que a quienes están eligiendo vaya a creer que lo están eligiendo a él. El pueblo argentino le dice "no" al liberalismo. El único que entendió eso fue Néstor Kirchner. Acá nosotros podemos contra el imperio si nos mantenemos unidos desde la Patagonia hasta el Río Grande", sostuvo en diciembre de 2019.
El llamado “socialismo del siglo XXI” no fracasó por falta de recursos ni por exceso de enemigos externos, sino porque renunció desde el inicio a la tarea central: mejorar sustentablemente la vida de la gente. En su lugar, eligió el atajo del caudillo, la épica hueca que produjo regímenes que no emanciparon a nadie y terminaron pareciéndose demasiado a aquello que decían combatir: el autoritarismo.
Al hacerlo, no solo dilapidaron una oportunidad histórica, sino que vaciaron de sentido a la propia idea de socialismo en la conciencia popular. Allí donde Marx había pensado planificación y poder ciudadano, América Latina dejó como herencia burocracias corruptas, jerarquías militares y una liturgia autoritaria que convirtió la promesa de igualdad en un espectáculo grotesco.
Tal vez la lección más dura sea que no hay atajos: sin democracia real, sin apoyo de las masas y sin su organización libre, no existe “socialismo nacional” posible. Solo queda el tirano, la farsa y, detrás de ambos, pueblos enteros condenados a pagar el precio de una revolución que nunca ocurrió.
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LT
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